Muertos de risa
Roma, esa misma noche. En la domus de Opimio
—¿Has visto la cara de Flaco? ¡Parecía que su cicatriz iba a supurar pus! ¡Me parto!
—La he visto —contestó Opimio con indolencia.
—¡Por no hablar del odio en las miradas torvas de esos mequetrefes que siguen a Graco a todas partes! —se desternillaba de risa Rufo—. ¿Cómo se llaman? ¡Ya ni lo recuerdo! ¡Me son indiferentes!
—Matón y Septimuleyo —siseó Opimio, de nuevo con indiferencia, nada en cualquier caso que detuviera a un Rufo encantado de sí mismo por su éxito.
—¿Y los ciudadanos? —mantuvo su carcajeo—. ¡Les hablas de los dioses y de cuatro prodigios ridículos y chillan como ratones asustados! ¡Por todos los dioses, qué estúpidos son! —regurgitó en su embelesamiento hasta que, de pronto, interrumpió toda risotada y se puso muy serio—. Pero hay algo que no me gusta —rumió.
—¿Y qué se supone que es? —preguntó Opimio con fastidio. Aquella noche, pese al estreno prometedor de Rufo, no estaba de humor.
—Su cara —dijo Rufo.
—La de quién —bufó Opimio.
Rufo abrió los ojos como platos.
—¡La de Cayo! —exclamó, y añadió—: Junonia es para él algo más que una simple fundación. Es una hija. Es una amante. ¡Más aún! ¡Es su fulana de la Subura! ¡Nunca querrá perderla! ¡Morderá la mano de quien intente arrebatársela! —creció en su énfasis argumental—. ¡Pero, aun así, al escucharme, no había odio en su rostro, solo hartazgo y paciencia! ¡Pero no odio! —clamó, disgustado.
Opimio salió de su apatía. Disfrutaba dando lecciones estratégicas a cachorrillos como Rufo. Cual serpiente nocturna, arqueó su espalda y se separó ligeramente del triclinio.
—Mi buen Rufo, no es la cara de Cayo aquella a la que debes prestar tu atención —aleccionó.
—Ah, ¿no? —titubeó Rufo.
—En absoluto —afirmó Opimio con una risita hiriente—. Cayo es apasionado e impetuoso, pero muy inteligente. Intuye que queremos provocarlo y sabe que la propuesta de abrogación no saldrá adelante. Por eso solo verás en él lo que hoy ha mostrado, hartazgo y paciencia, pero nunca deseo de aniquilarte.
—Pero sí en sus amigos y partidarios… —murmuró Rufo, que comenzaba a comprenderlo.
—Exacto —murmuró Opimio lleno de placer—. Los Flaco, Matón, Septimuleyo y demás morralla gracana son el objetivo a abatir, mi querido Rufo. A ellos hay que provocar. A ellos hay que seguir excitando, porque, tarde o temprano, saltarán como animales salvajes y cometerán una torpeza. Y cuando eso ocurra, que sucederá, nos vamos a divertir como nunca lo soñaste.
—Pues tengo una idea para seguir pinchando —se relamió Rufo.
—Y yo estoy deseando escucharla —se relamió aún más Opimio.
—Y yo también —intervino por primera vez el tercero en discordia en aquella reunión, Pompeyo, que hasta el momento no había abierto la boca ni falta que hacía. Al fin y al cabo, Opimio y Rufo se bastaban por sí mismos para aquella empresa, realidad que le agradaba en extremo. Él se estaba ya cansando de tan intensa intriga. Su trabajo estaba hecho. Debía dar paso a jóvenes tan acreditadamente competentes en la más alta malicia como Opimio y Rufo.
—Esto es lo que he pensado —dijo Rufo.
Y justamente lo que pensaba y no otra cosa fue lo que Opimio y Pompeyo consintieron dando palmas de entusiasmo hasta que el día desplazó a la noche.