Provocación
Roma, dos días después
Cayo y Flaco, acompañados por Matón, Septimuleyo y varias decenas de amigos y partidarios, se apostaron en la plataforma del templo de Cástor y Pólux, desde donde escucharían la intervención de Rufo desde los cercanos rostra, prácticamente casi enfrente.
El aludido no tardó en dejarse ver. Emergió de la cercana basílica Porcia y ascendió a los rostra con gesto presuntuoso, nada de lo que extrañarse, pero sí de cómo lo observaba otro hombre.
—Puede ser peor de lo que imaginábamos —le dijo Flaco a Cayo, advirtiendo este hecho—. Mira allí.
Cayo rotó el cuello hacia el punto en el que le señalaba Flaco, el senaculum, donde el Senado, o más bien los senadores conservadores más extremistas, se habían reunido de nuevo.
—¿Qué tengo que ver? —preguntó confuso.
—A él —aclaró Flaco.
Cayo lo comprendió de inmediato, encontrando a Opimio en primera fila con un rictus poderosamente llamativo. Sus ojos estaban muy abiertos, su poderosa nuez se propulsaba todavía más de lo normal desde su fibroso cuello y mostraba una sonrisa sardónica, con sus músculos contraídos, dejando enseñar todos sus dientes superiores, sin quitarle la vista de encima a Rufo. Diríase que estaba en pleno éxtasis, ¿pero en un éxtasis por qué?
Cayo no tuvo tiempo para responderse. Rufo comenzaba su discurso ante un foro nuevamente atestado.
—¡Es esta la primera vez que hablo ante vosotros! —dijo con los ojos tan abiertos como los de Opimio, pero con cara de niño teatralmente atemorizado—. ¡He esperado este tiempo desde mi toma de posesión para recomponerme de unos hechos que me causaron pavor! ¡Qué digo pavor! ¡Terror! ¡Porque terror es lo que siento cuando los dioses mismos alargan sus manos y deciden destruir lo que el hombre nunca debió tocar!
—¡Por Marte! —protestó Matón cuando aquellas palabras se estrellaron contra los muros del templo de Cástor y Pólux—. Ni Apio Claudio Pulcro podría superarlo en tanta gestualidad.
—¿A dónde quiere llegar ese miserable? —escupió Septimuleyo.
—Sigamos escuchándole —los acalló Cayo.
—¡Y cuando digo que no debió tocarse —continuaba Rufo, cual actor de un drama barato de Esparta— me refiero a Cartago!
—Justo ahí quiere llegar —porfió Flaco.
—Callad —pidió Cayo.
—¡Porque todos sabemos que Escipión Emiliano juró ante los dioses que Cartago solo debía servir para pasto de ovejas! —proseguía Rufo, volcado sobre la baranda—. ¡Y si esto es lo que fue prometido a los dioses, estos no tardan en mostrar su antipatía para con Roma si incumplimos los juramentos sagrados! ¡Solo con pensarlo un escalofrío recorre mi espinazo!
—Como si se te parte —eructó Septimuleyo.
—¡Callad! —insistió un Cayo cada vez más sombrío al tiempo que Rufo daba un paso atrás y elevaba las manos como queriendo protegerse de un mal, poniendo voz de oráculo.
—¿Sabéis, quirites, que los chacales desordenan y tumban los mojones de las nuevas parcelas en Cartago? —dijo, y la multitud, impresionada por tamaño prodigio, se quedó sin aliento—. ¿Conocéis que la primera enseña fue arrancada por un viento repentino que traía una voz lastimera? —exageró, y la muchedumbre contuvo el grito—. ¿Y estáis enterados de que cuando Graco ofrecía víctimas en el altar otra ráfaga hizo volar las ofrendas, esparciéndose por todas partes mientras un trueno golpeaba las nubes y afirmaba «Esta tierra está maldita»? —adulteró ya descaradamente, provocando que los ciudadanos, pávidos y aterrados, se echaran las manos a la cabeza. Prodigios tan pavorosos como aquellos era tanto como si todas las larvas malignas del inframundo se les colaran en sus hogares con el firme propósito de hacerles la vida imposible cada noche. Era realmente acongojante, pero no para Flaco.
—¡Eso es mentira! —chilló de pronto, incapaz de seguir oyendo aquella sarta de tonterías, al tiempo que, con su brazo en alto y el dedo acusador bien estirado, señalaba a Rufo con ganas de deglutirlo.
Por supuesto, Rufo estaba preparado para eso y mucho más.
—¡Y tú me has interrumpido, Marco Fulvio Flaco! —repuso como una colérica centella—. ¡Respeta la lex Icilia sacrata o yo mismo te impondré las multas más severas! —añadió, y se dirigió de nuevo al pueblo con los brazos en alto—: ¡Estos hechos tenebrosos son cosa de los dioses! —exaltó—. ¡Y por ello mismo el colegio de augures me ha autorizado a deciros que los dioses están disgustados con la nueva colonia de Junonia! ¡Los trabajos allí deben paralizarse de inmediato! ¡Es más, debe derogarse ipso facto la ley de fundación de Junonia so pena de que la pax deorum sea quebrada! ¿Es esto lo que queréis? ¿Contrariar a los dioses? ¡Esa ciudad está maldita! —gritó con cara de fingido pánico, pero con un éxito inmediato, porque miles de ciudadanos comenzaron a temblar como chiquillos.
—Esto es humillante —murmuró por lo bajo Flaco, deseando acometer el descenso de la escalinata del templo, apartar a manotazos a los miles de ciudadanos cuya ingenuidad era estrambótica y clavar sus colmillos en aquel tribunillo de comedia barata.
—¡Escriba, da lectura a la rogatio Minucia de colonia Iunonia abrogando! —seguía a lo suyo Rufo.
—¡Esto es ridículo! —pasó Flaco al grito mientras Cayo se limitaba a cruzar sus brazos sobre el pecho, llevándose la mano a la cara.
—Cayo… —oyó que imploraba a su lado Flaco.
—No —dijo rotundo.
—¡Cayo! —demandó Flaco de nuevo.
—No.
—¡No podemos permitirlo! ¡Hagamos algo! —suplicó Flaco mientras la voz de pito del escriba leyendo la propuesta de ley se le metía por los oídos como un soniquete estridente y sangrante.
—Cayo, debemos hacer algo —rogó también Matón.
—Echemos de la tribuna a ese saco de pedos —bufó igualmente Septimuleyo. Ninguno lo soportaba más. La humillación era excesiva.
—Cayo… —invocó una última vez Flaco.
—No —aseveró de nuevo, retirando la mano que cubría todavía su rostro—. Solo quieren provocarnos —intuyó.
—¡Pero no lo podemos permitir! —insistió Flaco.
Cayo negó con la cabeza de lado a lado.
—El pueblo no votará la derogación de la ley de Junonia. Nunca lo hará. Vámonos —se enrocó al tiempo que el escriba finalizaba la lectura y la promulgatio misma como acto formal de aquel día.
—¡La propuesta ha sido leída! —anunció entonces un eufórico Rufo—. ¡Como es costumbre, dentro de tres semanas será votada! ¡No contrariemos más a los dioses! ¡Maldita! ¡La ciudad está maldita! —tronó una última vez, por si aquello no había quedado claro.
—Vámonos —zanjó Cayo, haciendo caso omiso a las renovadas muestras de incomprensión de Flaco, Matón y Septimuleyo, que se subían por las paredes.