Chispa vital
Roma, inicios de enero
Licinia regresó a Roma a comienzos de enero.
Lo hizo sola, dejando a la pequeña Sempronia con su abuela en Miseno, un verdadero bálsamo para una Cornelia que, firme siempre como las columnas del Partenón de Atenas, no había podido sin embargo evitar el llanto por la muerte en el mar Tirreno de su nieto Tiberio.
—¿Los dioses me van a castigar con más muertes? ¡Con mi nieto muere también toda la descendencia de mi hijo Tiberio! —había sollozado con infinito desconsuelo antes de elevar de pronto una mirada grave e inextinguible y dedicar su tiempo a los coloquios con filósofos y literatos, a la lectura junto al mar y a los paseos con su nieta Sempronia, al tiempo que loaba las vidas de su propio padre Escipión Africano, de su fallecido esposo y de su propio hijo Tiberio.
Cornelia, invariablemente ella.
Cayo y Licinia, por su parte, protegidos en el abrigo de su hogar de un invierno de abundantes nevadas y ventiscas, se encerraron para dar rienda suelta a su pasión. Era su modo de abstraerse de las fatalidades y de los reveses políticos. Y también su forma de amarse sin límites en la búsqueda de un nuevo hijo, de uno varón que perpetuase la rama Graco de los Sempronio, más si cabe tras las desaparición de todos sus sobrinos.
—Habrá quien te suceda en las ofrendas a los lares y a los penates que protegen el fuego de este hogar. Los dioses familiares no desaparecerán en el olvido —gemía Licinia, abrazando a Cayo con inusitada fuerza en una de aquellas muestras de ardor.
Cayo no decía nada, simplemente amaba a la espera de que se iniciase el combate, porque no tenía ninguna duda de que, despojado ya de su cargo como tribuno de la plebe, Opimio y Rufo iban a cargar contra él como elefantes númidas a la carrera.
Lo odiaban, y bien que lo sabía.
Ese día llegó poco antes de las Carmentalia, justo cuando Flaco apareció en su domus para traer un mensaje muy escueto.
—Rufo ha convocado una contio.
—¿Para cuándo? —preguntó un pensativo Cayo.
—Para dentro de dos días.
—De acuerdo, ahora déjame solo —suspiró Cayo.
Flaco asintió, pero no se marchó, no de inmediato, escrutando a su amigo unos instantes, viendo en Cayo a un hombre ausente, muy lejano de su impulso natural. El Cayo dominado por la tristeza tras la muerte de su sobrino Tiberio, e incluso el Cayo decepcionado tras su pérdida de popularidad por la irrupción de Druso, habían tomado nuevamente las riendas de su carácter, y lo mismo un día podía estar animado como otro decaído. Tal vez hiciera falta tiempo, pero el fracaso de la ley de ciudadanía romana y, sin solución de continuidad, la pérdida de las elecciones a tribunos le había hecho mucha mella. «Un ascenso muy rápido para una caída estrepitosa», le había dicho Cayo pocos días antes, lleno de pesimismo. Tal vez fuese cierto, pero la rendición no era una opción. Su cicatriz, siempre palpitante y rojiza, le recordaba cada día que rendirse no era una salida.
Flaco escrutó a Cayo de nuevo.
—Recuerda, amigo, que has aprobado más de diez leyes, todas ellas buenas para el pueblo —le dijo.
—Pero, aun así, no es suficiente —replicó Cayo, exhibiendo sin embargo una inesperada chispa vital en su mirada que satisfizo a Flaco.
Igual estaba equivocado.
Quizás su amigo no adolecía de simple tristeza por la derrota.
Tal vez Cayo sufría por no haber podido hacer más por el pueblo y por limitar los caprichos y arbitrariedades de un Senado manchado de sangre. Y esa fuerza, ese empuje, emergerían de nuevo en algún momento, ya fuese en días, en meses o en años cuando fuese elegido cónsul. Porque Cayo iba a ser el más grande de todos ellos, equiparable a los fundadores de Roma. Saltaba a la vista.
Con esa esperanza, Flaco abandonó la casa de Cayo.