Ya lo tenemos
Roma, de julio a diciembre
Los males de Cayo, no obstante, no habían hecho más que comenzar, porque en la asamblea plebeya celebrada a finales de quintilis para la elección de los nuevos tribunos de la plebe Cayo no fue reelegido.
Tampoco Flaco ni el resto de los tribunos gracanos.
Hubo ciertas sospechas de manipulación en las votaciones, e incluso que el presidente de la asamblea aquel día, un tribuno adepto al Senado, había regulado maliciosamente el desarrollo del plebiscito, pero nada pudo probarse. Cayo, enfurecido en cualquier caso, despojado de su masiva fuerza popular, volvía a ser solo un comisionado agrario encargado de los repartos de tierras públicas.
Era un desastre.
El pueblo, incapaz de asumir propuestas como la de la ciudadanía, unido a un Druso magistral, le daba la espalda por completo.
Era desolador.
Por si esto fuera poco, entre los nuevos tribunos enseñoreaba prepotente haber sido el más votado un hombre de reconocida nobleza y senatorial hasta la médula, Marco Minucio Rufo.
Todo se estaba poniendo muy feo.
La tormenta crecía en un horizonte no muy lejano.
Las cosas, sin embargo, fueron incluso de mal en peor cuando en november fue elegido cónsul para el año entrante, esta vez sí, Lucio Opimio, quien no se privó de pavonear su éxito y restregárselo a Cayo a la cara cuando pasó a su lado al dirigirse al templo de Júpiter para hacer sus primeras ofrendas como cónsul electo. Cayo, eso sí, mantuvo la mirada largo rato ante la de Opimio, una que rozaba la enajenación y, cómo no, el odio más intenso.
—Preparémonos para lo que ha de venir. La locura togada camina por Roma —desdeñó Flaco cuando Opimio los rebasó.
Cayo miró a su amigo. La cicatriz de su cara era nuevamente una riada de lava rojiza corriendo sin control sobre su rostro. Si Opimio estaba dominado por el rencor y la demencia más destructiva, Flaco no se quedaba atrás. Se le veía descompuesto, sin poder dejar de mirar a todas partes, acorralado por unas circunstancias que apenas unos meses atrás no podían tan siquiera imaginar en sus peores pesadillas.
—Vámonos de aquí —se limitó a decirle Cayo, cogiéndolo del brazo para llevárselo del Campo de Marte.
Era lo más prudente.
A lo largo de aquella jornada, Opimio disfrutó como un chiquillo de su sonada victoria. Ofrendó a Júpiter cuanto se le antojó, se dejó adular por un Senado alborotado y feliz porque uno de los suyos, el más extremista, hubiera vencido en los comicios junto a otro hombre que, aun siendo menos radical, albergaba las ideas de un Senado tradicional.
Se trataba de Quintillo o, lo que era lo mismo, Quinto Fabio Máximo Emiliano, hijo de Fabio y sobrino de Emiliano, además de antiguo miembro del contubernio de los pedos.
El círculo para el Senado se cerraba de modo maravilloso.
Hechos los oportunos sacrificios, Opimio gozó como el que más del posterior banquete en el Capitolio. Rio a carcajadas. Eructó como un sapo cuando le vino en gana llevado por la embriaguez. Se mofó de los defectos físicos de senadores y caballeros, apodándolos sin mesura. Criticó con la boca llena de espuma a Cayo y a Flaco cuando alguien los sacó a relucir. E incluso se atrevió a profetizar por lo bajo y entre risas ante sus más allegados que ambos terminarían en el Tíber.
Comoquiera que el convite oficial no le fue suficiente, Opimio continuó la fiesta en su propia domus hasta altas horas de la madrugada. Para entonces ya se habían retirado los Pompeyo, Druso y demás asociación de carcamales —porque así los veía ahora que iba a ser cónsul—, pero no el tribuno de la plebe Marco Minucio Rufo, compañía esta de lo más excitante, al que sentó en el triclinio de su derecha para observarlo con detenimiento.
Rufo, además de piel muy blanca llena de pecas, que lucía unos cabellos tan pelirrojos como su cognomen delataba, era un tipo delgado y de lo más retorcido y malpensado, aunque, eso sí, vivaz, inteligente y escurridizo como una víbora, y no tardó en demostrarlo.
—Ha llegado a mis oídos —dejó caer en un momento con un canturreo mordaz— que en la colonia de Junonia los chacales están desenterrando los mojones y lanzándolos al suelo. Después orinan sobre la piedra y van a por el siguiente, así uno tras otro.
Opimio, que bebía su enésima copa de vino, detuvo todo conato de carcajeo, limitándose a desplazar sus globos oculares en el interior de sus cuencas para clavarlos en Rufo.
—Continúa —le dijo.
—También tengo entendido que cuando Cayo llegó a Cartago una ráfaga de viento destrozó la primera enseña que habían colocado en el lugar en el que debía comenzar a edificarse la colonia.
—Sigue —repitió Opimio, sintiendo que el orgasmo le sobrevenía y que se le erizaban todos los cabellos de su cuerpo.
—Y sé que otra racha de viento levantó por los aires los restos de las víctimas que estaban sobre el altar de ofrendas, esparciéndolas por todo el perímetro delineado.
—¿Algo más? —barbotó Opimio.
—¿Te parece poco? —ironizó Rufo con soberbia.
Opimio sonrió de oreja a oreja, muy poco a poco, regodeándose del momento. Luego dio un sorbo de vino sin dejar de mirar a Rufo por encima de la copa, soltó un sonoro y profundo «aaaah» de placer, se relamió los labios, dejó la copa sobre una mesita y se puso en pie.
—Sígueme —ordenó tambaleante.
—¿A dónde, si puede saberse?
—Que me sigas.
Poco después, bien secundados ambos por una buena escolta de matones con antorchas, zigzagueaban en la noche la colina palatina, la descendían hasta el foro y se acercaban hasta la entrada al callejón abierto entre la curia Hostilia y la basílica Porcia.
—¿Me quieres explicar qué hacemos aquí? —balbució Rufo entre risas con una melopea de espanto.
—Adentrémonos —dijo Opimio, antes de arrancar de las manos de uno de sus escoltas una antorcha y colarse como una veloz ratilla en el hueco entre ambas construcciones. Rufo, encogiendo los hombros, fue tras él, no sin volverse al hombre al que Opimio le había arrebatado el hachón, que no era otro que Quinto Atilio el Númida.
—Tienes un imperator de lo más impredecible —le dijo por lo bajo y con todo sarcasmo, utilizando el término de los cónsules victoriosos al mando de sus legiones.
—Yo solo soy su excremento social —contestó Atilio.
—¿Su qué? —preguntó Rufo divertido.
—¡Rufo, que entres! —lo llamó Opimio, y así lo hizo, acercándose a él que, con la antorcha en alto, babeaba con los colores brillantes de la tabla Valeria a la luz de la tea—. Es maravillosa —barbotó Opimio.
Rufo, sin embargo, no se fijaba en la grandiosidad del mural, sino en el socavón que había hecho desaparecer una parte de la pintura, en concreto la cara de un púnico pisoteado por Manio Valerio Máximo Mesala.
—¿Y aquí qué ha pasado?
—Creo que deberías preguntar que qué significa —dijo Opimio.
Rufo miró a Opimio, o más bien a sus ojos de desvarío ondulantes por el calor desprendido por la antorcha.
—¿Qué significa? —accedió, totalmente despistado.
Opimio dejó enseñar sus caninos en una mueca indescriptible.
—Significa que ya lo tenemos —murmuró—. Significa que en menos de dos lunas estará muerto.
Rufo sintió que la borrachera le desaparecía de golpe.
—Muerto…
—Más muerto que vivo, porque vamos a provocarlo.
—¿Provocarlo?
—Sí, idiota, provocarlo, y lo harás tú.
—¿Yo?
—¿Estás conmigo? —ronroneó Opimio lascivo.
Rufo volvió a contemplar la tabla Valeria. Después, el socavón. Finalmente, de nuevo a Opimio. Por fin lo comprendía todo. Iba a ser de lo más divertido y estimulante.
—Estoy contigo.