Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Una sola palabra
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Una sola palabra

Roma, dos semanas después

Cayo caminó muy despacio hasta el altar de los lares, en una de las esquinas del atrio. Estaba solo. Todos le esperaban fuera. No había querido que nadie importunara su intimidad, no aquel día en el que se iba a dilucidar si la balanza se inclinaba de un lado o del otro.

Desde su regreso, durante dos semanas, había tomado enérgicamente el mando de los acontecimientos, adoptando una primera decisión que había provocado que los senatoriales chillaran como cerdos el día de la matanza. Esa decisión no había sido otra que dejar su domus palatina y mudarse a una sencilla casa junto al foro, en uno de los barrios más pobres de Roma, gritando a los cuatro vientos que él era uno más del pueblo, un ciudadano del común que luchaba por sus intereses.

Después, acusado sin descanso de populista y demagogo por los senatoriales, no había habido día que no subiera a la tribuna a defender sus leyes y su actos, todo ello en una creciente y peligrosa tensión que bien podía tragarse la ciudad entera. Sin embargo, pese a que Flaco torcía el morro, e incluso Matón y Septimuleyo lo hacían, había dictado una consigna irrenunciable: sin violencia. Nadie debía caer en las provocaciones y emboscadas verbales que los esbirros del Senado, algunos tan deleznables como Atilio el Númida, eructaban de sus bocas. Cualquier conato de pelea solo les haría perder fuerza moral.

Nada de altercados.

Sea como sea, aunque fuese un secreto a voces, en ninguna de sus intervenciones había hablado de su nueva propuesta. Durante esas dos semanas se había limitado a pulsar su fuerza, su popularidad, observando los movimientos de Druso, escrutando sus palabras en las también múltiples contiones que su colega había convocado. Ambos se habían vigilado como dos leones cada uno al frente de su manada, y ya solo restaba saber si una sola palabra, una sola, decantaba el triunfo a su favor o al de Druso. Todo estaba en el aire, pero tenía confianza.

—Señor —oyó Cayo a su espalda.

—Dime, Europo —contestó.

—Todos aguardan en la calle. Es la hora. El señor me pidió que le avisara —se excusó Europo.

Cayo susurró una plegaria y ofrendó pan y leche. Después, se mantuvo quieto un rato más, sintiendo el silencio de Europo y su corazón mismo. La respuesta la tenía el pueblo. Que hablasen los ciudadanos.

—Ábreme la puerta, Europo —pidió, y salió a la calle donde las gargantas de miles de amigos y clientes ensordecieron sus oídos.

Druso también se detuvo ante el altar de los lares del hogar. Tampoco estaba solo. Su esposa Cornelia Léntulo le acompañaba. La sentía a su espalda, amenazante incluso. Se la imaginaba con las manos cruzadas en el bajo vientre, escudriñando con gesto censorial cada uno de sus movimientos, inquisitiva, para que todo se condujera como era debido en aquel día tan señalado.

—No debes preocuparte en exceso —le dijo Bruto sin girarse, atareado en las ofrendas incruentas.

—Y tú debes intuir las reacciones del populacho —espetó ella.

Druso se dio la vuelta y encaró a su particular Catón.

—He hecho las cosas bien —dijo—. Le he vencido con sus mismas armas. Primero gané el favor del pueblo con las supercherías por las que pierden la cabeza y después sembré la duda de la corrupción de Graco y Flaco en sus mentes simples. Es suficiente para que hoy tenga la fuerza y legitimidad necesaria para decir lo que tengo que decir de modo alto y claro. Es una sola palabra. Una. Y por ello, mi querida esposa, como te he dicho, no debes preocuparte en exceso.

Cornelia frunció los labios.

—Tanta confianza es peligrosa —porfió.

—Si no la tuviera, me rechazarías.

Cornelia esbozó una media sonrisa.

—Intuye las reacciones —insistió—. Observa los gestos de los ciudadanos en el foro, cómo se contraen, si enseñan los dientes, si murmuran de soslayo, si resoplan o si sus ojos se encienden. Solo entonces lo sabrás. Hasta que no estés seguro, no lo hagas. Y si no estás seguro en absoluto, calla y espera. Hoy no se votará la propuesta.

—Pero cuanto antes acabemos con esto, mejor —deseó su esposo.

—¡Marco Livio Druso! —alzó Cornelia súbitamente la voz. Su esposo se quedó quieto—. ¡Si Graco lo consigue, no habrá quien pueda vencerlo! ¡Tendrá miles de nuevos ciudadanos dispuestos a entregarle sus votos! ¡Donde Flaco fracasó, él puede vencer! ¡Impídelo, pero no des razones para tu destitución! ¡Nada está decidido! —advirtió circunspecta como un cónsul con todo su imperio en mitad de la curia.

Druso, que la conocía bien, no añadió nada más. No era necesario. Se limitó a ajustar su toga y a salir a la calle donde los Pompeyo, Bruto, Opimio y demás comandita senatorial iban a acompañarle hasta el foro donde, efectivamente, nada estaba decidido, lo que se apreciaba en los rostros, estirados, enjutos y circunspectos. Cayo los llevaba hasta el límite. Los conducía hasta los triarios. Allí se dilucidaría la batalla.

Cayo ascendió a la tribuna de los oradores.

A lo largo de los últimos meses lo había hecho en infinidad de ocasiones, pero esta vez, sin embargo, era muy distinto. Lo hacía sin la confortable seguridad de poder enardecer a las masas. Ese era el éxito de Bruto, que la balanza oscilara, que pudiera inclinarse hacia un lado o hacia el otro, que al pueblo en realidad le importara un bledo quién le prestara sus atenciones, sensación amarga que allí, en los rostra, dominando las miles de cabecitas con sus pares de ojos, podía sentir como el olor de la tierra tras caer unas pocas gotas de lluvia.

Antes de hablar se giró hacia atrás, encontrando sentados al resto de los tribunos de la plebe, todos ellos serios y expectantes, ya fuese Flaco, Glabrio, Rubrio o, especialmente, Druso, que mostraba su habitual gesto de serenidad distinguida, pero con una sublime diferencia: una gota de sudor resbalaba por su sien. Una sola, lenta y perezosa, cuando Druso en su elegancia jamás sudaba, ni en los días de más calor. Druso también sufría del mal de la incertidumbre, de saber si aquella mañana los niños caprichosos que poblaban el foro elegirían a su padre o a su madre.

Cayo volvió a encarar a la muchedumbre. Antes de iniciar su discurso buscó a alguien.

Y lo encontró.

Su rostro se transformó entonces.

La duda debía extinguirse.

Sus ojos centellearon. El mentón se le disparó hacia arriba. Y el gesto mismo se le afiló de un modo felino.

Era el tribuno de todos, el primero y original.

—¡Tú, Cayo Elio! —se arrancó, y señaló al hombre que acababa de buscar y encontrar, prácticamente un anciano—. ¡Si no recuerdo mal, luchaste en Pidna contra los macedonios! ¿Me equivoco?

—¡No te equivocas! —contestó un Elio que, por muy mayor que fuera, conservaba una buena voz y mucha energía.

—¿Y quién ganó la batalla? —le preguntó Cayo con malicia.

—¿Quién va a ser? ¡Los de la segunda legión! —repuso Elio divertidamente orgulloso, y añadió—: ¡Nosotros, y no los de la cuarta, fuimos los que sostuvimos en el centro el avance de la falange! ¡Aquellas malditas sarisas nos entraban por la boca y los ojos, pero resistimos a aquellos hijos de la gran puta a los que Perseo enculaba, si es que se me permite hablar llanamente!

—¡Se te permite! —rio Cayo—. ¡Pero dime una cosa más!

—¡Lo haré!

—¿Fue la falange la primera en descomponerse entre las filas macedonias? —interpeló Cayo sin perder su malicia.

—¡Oh, claro que no! —tronó Elio—. ¡Primero se rompió el ala izquierda de Perseo por el ataque de los elefantes!

—¿Solo de los elefantes? —insistió Cayo con cara de guasa.

—¡Edepol, no, qué tontería! ¡De los elefantes y de la caballería itálica con las cohortes de los latinos y de los aliados itálicos! ¡Otros hijos de la gran perra! ¡Cómo peleaban los muy cabrones! —aulló Elio, provocando las risas de casi todo el foro.

—¡Latinos e itálicos! —rumió Cayo a pleno pulmón antes de señalar a otro hombre—. Y tú, Marco Trebonio, ¿no luchaste en Numantia? ¡Yo te vi allí!

—Sí, lo hice —susurró el aludido con cierta timidez.

—¿Lo hiciste? ¡Dilo más alto para que todos te oigamos! ¡Es un honor tenerte con nosotros! —lo espoleó Cayo.

—¡Sí, estuve en Numantia! —gritó Trebonio.

—Y si estuviste, ¿luchaste entonces aquella noche en la que los numantinos atacaron por sorpresa por cuatro sitios a la vez?

—¡Esa noche fue terrible!

—¡Lo fue, Trebonio! —voceó Cayo—. ¡Lo fue! —repitió, pero esta vez barriendo a la multitud con ojos vehementes—. ¡Yo también estaba allí, lo estaba, y yo te pregunto Trebonio! —dijo, volviendo al veterano—, ¿quiénes detuvieron el ataque junto al campamento Fabio? ¡Dinos quiénes lo hicieron! —pidió apremiante y con ojos muy abiertos al tiempo que los hombres y los dioses contemplaban a Trebonio.

—Una cohorte de marsos —balbució este, nuevamente apocado.

—¿Una cohorte de qué? —le incitó Cayo.

—De marsos itálicos.

—¿De qué?

—¡De marsos itálicos!

—¡De marsos itálicos! —repitió Cayo en un rugido, elevando de nuevo la vista y arrasando a todo ser viviente con su fuerza natural—. ¿Y todavía queremos negarles lo que es de justicia cuando luchan y mueren por nosotros y junto a nosotros? ¡Por todos los dioses, yo he luchado por vosotros para que se hiciera justicia! ¡Dejad que la justicia lo sea también para marsos, pelignos, marrucinos o samnitas! —bramó en estado de éxtasis—. ¡Hace trescientos años el pueblo, vosotros, concedió la ciudadanía romana a los sabinos en un solo día! ¡Emulad a vuestros mayores! ¡Solo habrá grandeza en esta decisión! ¡Roma será más poderosa y amplia! ¡Aprobad la rogatio Sempronia…!

—Veto.

Cayo se quedó paralizado.

El foro mismo se petrificó.

La palabra, una sola palabra, acababa de ser dicha.

Cayo, muy despacio, se giró hacia su autor.

Druso, puesto en pie, quieto él mismo como un poste, sudaba a mares. Solo movía nerviosamente los ojos de lado a lado, aguardando la reacción, esperando si aquel sencillo «veto» podría destrozarlo o encumbrarlo.

—Veto —repitió incluso con cautela mientras Cayo lo seguía mirando igual de atento, esperando que a su espalda se elevara un griterío de indignación, tal como había sucedido en los tiempos de su hermano Tiberio cuando Octavio se había atrevido a pronunciar aquella simple palabra al proponerse la ley agraria.

Pero la irritación no llegaba.

Allí solo había silencio.

—¡Veto! —aprovechó entonces Druso, y dio un par de rápidos pasos para acercarse a la barandilla de la tribuna. Era su momento—. ¡Y no creáis que veto por contrariar vuestros intereses! ¡Bien al contrario, por ellos precisamente lo hago! ¿Acaso creéis que cuando hayáis dado la ciudadanía seréis lo que sois en este momento en mi presencia, que tendréis un lugar en los comicios, en los juegos y en las diversiones públicas? ¿No comprendéis que esas gentes lo llenarán todo? ¡Sí, veto! ¡Lo hago para que la ciudadanía sea solo vuestra y para que tribunos como Flaco, aquí presente —lo señaló—, que incitó a los aliados y los condujo secretamente a la rebelión de Fregelas —dijo maledicente—, no os priven de aquello que es solo de un romano! ¡Veto!

Y la explosión se produjo. Los partidarios de Cayo comenzaron a berrear y a silbar, pero fueron claramente superados por el grito de júbilo atronador que las palabras de Druso acababan de excitar.

Cayo, todavía vuelto hacia su colega, cerró los ojos, permaneciendo quieto unos pocos instantes más, no mucho. A su espalda sentía ya las marejadas de unos contra otros, de ciudadanos romanos contra ciudadanos romanos. Por un instante se le cruzó la idea de proponer la destitución de Druso, como Tiberio lo había hecho con Octavio, pero aquello no estimularía más que una guerra civil. Sin violencia, estas eran las palabras que su madre le había repetido a lo largo de los últimos años, sin violencia.

Cayo salió de su fugaz parálisis y giró en redondo.

—Retiro la rogatio —fueron sus únicas palabras, dichas de modo arrastrado, colérico incluso. Después abandonó la tribuna, sintiendo por primera vez el lacerante y rabioso escozor de la derrota a manos del Senado. Siempre el Senado. Invariablemente el Senado.