Regreso
Roma, comienzos de julio
Cayo, acompañado por Flaco y Septimuleyo, partió de Utica en las calendas de quintilis, navegando sin contratiempos hasta Ostia.
Allí, nuevamente, su desembarco provocó la locura colectiva, pero en una combinación de alegría por volverle a ver y de profunda tristeza por su desgracia familiar. Todos, en Ostia y en los caminos de la vía Ostiense, salían a recibirlo para compartir su aflicción. Y Cayo, superado también en esta ocasión por tantas muestras de amor, apenas pudo contener la emoción e inundar sus ojos de lágrimas. Había sido educado en la contención de los actos y de la gestualidad, pero no había ser humano que no pudiera sujetar aquel torbellino de sentimientos.
Su entrada en Roma fue igualmente conmovedora.
Los ciudadanos se agolparon en la puerta Lavernalis y no dejaron de acompañarlo por miles hasta su domus palatina. Allí, en el portón, se despidió de Flaco y de Septimuleyo, saludó a un Matón cuyos ojos se mostraban enrojecidos, y entró en la casa donde le aguardaba con los ojos bañados en lágrimas Licinia. Su hija Sempronia, de pie junto a su madre, permanecía expectante con las manos cruzadas sobre el vientre.
Apenas pudo dar un par de pasos. Licinia se le echó encima y le abrazó con desmedido sentido.
—¡Lo siento, Cayo, lo siento tanto! —gritó, aferrándose a su cuello—. ¡Es una desgracia! —lamentó desgarrada.
Cayo se dejó abrazar, y abrazó él mismo con fuerza durante un tiempo infinito hasta que, separándose de Licinia, miró a Sempronia.
—¿Y mi hija no me recibe como es debido?
Sempronia ya tenía nueve años, edad suficiente para que la timidez comenzara a hacer sus primeros estragos. Por ello, se quedó quieta un instante, impresionada también por aquellas escenas de abatimiento, contemplando a su padre con sus enormes ojos azules.
—¡Vamos! —la animó su madre.
Y Sempronia dio un brinco y atrapó a su padre con sus bracillos.
Aquel día los tres cenaron juntos, e incluso rieron por momentos. Era inevitable con el torbellino de Sempronia, diciendo y haciendo algunas cosas que no eran propias de la gravedad aristocrática que debía aprender en la vida y que desquiciaban a su madre.
—Es como tú —reía entonces Cayo.
Ya de noche, Cayo y Licinia se quedaron solos en el comedor, Licinia sentada en una silla y Cayo en el triclinio.
—¿Cómo está Claudilla? —preguntó Cayo por su cuñada.
Licinia chasqueó la lengua antes de contestar.
—Consumida en la desolación. Hasta sus cabellos rubios han encanecido en apenas dos semanas. Y lo de su madre no ha ayudado…
—¿Su madre? —saltó Cayo—. ¿Qué ocurre con Antistia?
—Murió hace una semana… Murió de tristeza…
—¡Por todos los dioses! —gimió Cayo—. ¡Es que tienen que morir todos! —gritó con rabia.
—Todos vamos a morir —contestó una lúgubre Licinia.
—¡Pero unos lo hacen antes que otros! —replicó Cayo con furia—. ¡Opimio, Pompeyo, Druso! ¡Ellos no mueren! ¡Ni sus familias!
—¡Pues tú tampoco lo hagas! ¡No mueras! —chilló Licinia.
Cayo se le quedó mirando fijamente. Después posó su mirada en ninguna parte.
—El esfuerzo y el riesgo son el precio de la gloria, pero es una cosa preciosa vivir con valor y morir dejando una fama eterna —recitó.
Licinia, al escuchar estas palabras, que eran de Alejandro de Macedonia, no pudo evitar soltar un chillido agudo que bien podía ser un lamento o una carcajada mordaz.
—Entonces has vuelto para terminarlo —barbotó cuando pudo tomar aire—. No piensas parar, nunca lo harás —susurró hierática.
—Será mejor que vayáis a Miseno, tú y Sempronia. Id allí con mi madre. Roma no es ahora un lugar para vosotras —dijo Cayo, y clavó su mirada en Licinia, aguardando su reacción.
Esta mantuvo firmes sus hermosos ojos azules, tratando de enmascarar su ahogo. Lo consiguió, pero el esfuerzo para que no le temblara la voz fue enorme.
—Vas a proponerlo, vas a hacerlo…
—Sí.
—No lo hagas, te lo ruego, ¡no lo hagas! —gritó angustiada.
—Lo prometí —se enrocó Cayo.
—¿A quién? ¿A quién se lo prometiste? —replicó Licinia—. ¡Esa es la guerra de Flaco, no la tuya!
—¡O lo hacemos o habrá una guerra de verdad! —pasó Cayo también al grito—. ¡He luchado con ellos codo con codo en mis años de servicio militar! ¡Ellos han contribuido a la grandeza de Roma tanto como nosotros! ¿Es que no lo entiendes?
—¡Te debilitará! —repuso Licinia en un alarido—. ¡A ellos les bastará una sola palabra y quedarás a los pies de sus caballos! ¡Una sola palabra! ¡Ya no tienes la misma popularidad!
—Sigue siendo suficiente.
—¡Te destrozarán!
—Debe hacerse.
—Cayo… —se desvaneció Licinia, rendida.
—Debe hacerse.
Ella se derrumbó en la silla.
—Morirás, Cayo, ¡morirás! —aulló, rota por dentro y por fuera.
—Id con mi madre.
Licinia dejó de lloriquear. Cayo jamás renunciaría a sus principios, como tampoco lo habían hecho Tiberio, Emiliano o incluso el despreciable Nasica. Nadie sabía con qué se alimentaban los nietos de Escipión Africano, pero a la vista de su naturaleza solo tenía dos opciones: gimotear como una histérica o ser una viuda con la dignidad y el valor de su esposo y el de su propia familia, los Licinio Craso.
Optó por lo segundo, de forma tan espontánea como abrupta. Se puso en pie, se acercó a Cayo y le dio un beso en la frente del que tardó en despegarse. No quería dejar de sentir ese calor en unos labios que siempre reclamaban pasión.
—Iremos mañana a Miseno —dijo, y salió del triclinium.
Cayo, sentado en el diván, dejó su copa de vino sobre una mesita y hundió su cabeza sobre las palmas de sus manos.
No, no podía parar.
La justicia debía imperar.
Y su Roma debía ser justa…, con todos.
Cosa distinta era que los ciudadanos lo quisieran también.