Convicción
Cartago, seis días después
Flaco buscó a Cayo en su tienda del campamento, sin encontrarlo. Indagó después en las parcelas que se estaban amojonando aquel día, nuevamente sin éxito. Preguntó a trabajadores, contratistas y capataces, pero ninguno tenía la más remota idea de dónde se encontraría. Solo Septimuleyo, cerca del mediodía, dio con la llave.
—Estará allí —le dijo con gesto afligido. Realmente todos se mostraban de este modo tras la devastadora noticia.
Flaco miró allí donde Septimuleyo le señalaba. No estaba cerca, y había de ascender. Dio un golpe de respiración y se armó de determinación. Tenía que hablar con él y sacarlo del mundo de las sombras antes de que fuese demasiado tarde.
En la ciudad había ya un enjambre de obreros tratando de aprovechar algo del antiguo esplendor de Cartago, fundamentalmente su magnífico puerto. No fue allí, sin embargo, adonde se dirigió. De hecho, dejó este lugar a su derecha, cruzó el ágora y acometió la subida hacia el templo de Eshmún.
Tras caracolear con grandes dificultades entre las ruinas de Birsa y jadear más de una vez por el esfuerzo y por un sol que caía a plomo, finalmente vio a Cayo, justo donde Septimuleyo imaginaba, sentado en el último de los escalones de la larguísima y empinada escalinata del templo de Eshmún, la cima misma de la colina de Birsa, que cual ciudadela sagrada todo lo dominaba.
Flaco salvó aquella endemoniada escala y fue a sentarse junto a Cayo. En verdad que la vista era majestuosa, aunque su amigo no mirase a ningún lugar en particular. Solo hundía la vista en el infinito.
—Cayo… —comenzó a decir, pero solo para ser interrumpido.
—Tengo veintinueve años, Marco, veintinueve, y he perdido un padre, diez hermanos y tres sobrinos. Soy el último de los Sempronio Graco y no soy capaz de engendrar hijos varones…
—Y aun así, aquí estás, respirando, observando uno de los mayores ejemplos de la grandeza de Roma y de tu hermano cuando aquí obtuvo la corona mural —trató de arengarlo Flaco con rabia—. Y si estás aquí, Cayo, si lo estás todavía, es porque los dioses así lo han decidido. Ellos van a darte la inmortalidad, amigo mío, porque dentro de cien años, o de quinientos, o de mil, o de dos mil, habrá quienes narren tu vida y tus actos. Tú serás el protagonista de esas historias. No lo seré yo, ni Druso, ni Opimio. Lo seréis tú y Tiberio. Lo serán los hermanos Graco.
Cayo no dijo nada. Se limitó a bajar la cabeza y ocultarla entre sus hombros, apoyando los codos en sus muslos.
—Necesitamos volver —continuó Flaco—. Aquí el trabajo ya está hecho, el más importante. Ahora debemos regresar y terminar aquello que nos propusimos. Hemos aprobado leyes para favorecer a la plebe urbana, a los campesinos y a los caballeros. Y hemos conducido al Senado por un camino en el que le será más fácil actuar con rectitud. Pero aún debemos proponer una ley más, Cayo, ¡lo sabes! —le incitó apretando los puños—. Se lo debemos. Yo se lo debo particularmente desde lo de Fregelas. Tenemos que intentarlo, Cayo, y cuando venzamos y nuestros nombres resuenen por toda Italia seremos reelegidos de nuevo. Porque en esa maldita caja de la que tanto se admiró Escévola aún quedan rogationes por aprobar. ¡Cayo, te lo ruego, regresemos!
Cayo elevó la cabeza con los ojos cerrados e inhaló todo el aire de África. Sabía que en su caja aún quedaban truenos que explosionar, pero particularmente uno, el más sonoro, el más terrorífico para el Senado e incluso para muchos ciudadanos. Por qué lo habían postergado para el final, posiblemente se debiera a la necesidad de alcanzar la popularidad más aplastante para asegurar su éxito. Todas las anteriores rogationes habían requerido desde luego de un gran apoyo del pueblo con el que contener la rabia de los senadores, pero, ¡ay de esta propuesta!, necesitaba algo más que sostén ciudadano; exigía fe ciega en él y en los populares, y de eso dudaba precisamente tras la aparición de Druso, de contar con esa fe ciega.
—¡Cayo, regresemos! —oyó que insistía Flaco, sin duda al verle vacilar—. ¿Cuándo has dado tú un paso atrás? ¡Debemos intentarlo! —continuó su amigo en su arenga.
Y Cayo se decidió. La inmortalidad era para los valientes, más si cabe si estos enseñoreaban la justicia como convicción.
Con los ojos todavía cerrados escuchó en el interior de su cabeza el ruido de las pezuñas golpeando el suelo. Los ollares, abiertos como platos, respiraban impetuosos. Las enormes pupilas miraban al frente como si quisieran atravesarlo todo. Y sus crines se agitaban en el aire.
Después, desplegó los párpados, se puso en pie y miró a Flaco.
—¿Qué haces ahí sentado? —dijo, y echó a andar escaleras abajo.