Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Una carta
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Una carta

Cartago, finales de junio

Cayo estaba muy contento. En apenas cincuenta días habían conseguido desescombrar gran parte de los barrios bajos de la ciudad, además de haber marcado y amojonado en las amplias llanuras que la circundaban, en lo que había sido el antiguo ager originario de Cartago, miles de parcelas de cincuenta yugadas cada una, todas ellas de equivalente calidad y pendiente, porque de nada servía entregar a unos colonos terrenos arcillosos, fértiles, llanos y de buen acceso y a otros eriales pedregosos e incultivables.

El trabajo, en definitiva, estaba siendo ímprobo, solo estorbado por algunos chacales juguetones que circulaban por la región y que habían cogido el extraño antojo de mordisquear y tirar las banderolas divisorias que se colocaban para los deslindes iniciales.

Por lo demás, su amigo Matón le informaba regularmente mediante carta del estado de cosas en Roma, siendo esta correspondencia un compendio de exabruptos contra el Senado y, particularmente, contra Druso. «Parece un repartidor de cagadas de buey con el vicioso anhelo de descargar la mierda sobre vuestras cabezas», le escribía cariñosamente en una de las últimas misivas. «Y me preocupa, Cayo, me preocupa», seguía exponiéndole, y añadía:

Veo demasiadas caras de aceptación entre los ciudadanos. Demasiados corrillos de criticones a los que se les llena la boca afirmando idioteces sobre los caudales públicos. Que si metéis mano en el tesoro, que si estáis en todas partes, que si os estáis lucrando, y demás mentiras y majaderías que Druso expulsa por su boca venenosa, pero que están calando en las mentes mediocres de muchos. Es infame, pero por mucho que lo sea está surtiendo efecto y nadie aquí os defiende. Druso campa a sus anchas.

Volved pronto. Sabes que este año las elecciones a tribunos de la plebe serán a finales de quintilis, después de las Neptunalia, pero, tal como se están poniendo las cosas, temo incluso por tu reelección. Este año son muchos, además, los candidatos promovidos por el Senado, todos ellos aristócratas de buen nombre que acompañan ya a Druso a todas partes como si fuesen sus polluelos. Entre ellos destaca Marco Minucio Rufo, de familia consular y que, te aseguro, cuando me mira en el foro siento que podría destrozarme a dentelladas allí mismo.

Volved pronto. Os lo ruego. Esto no me gusta.

De tu amigo, Marco Pomponio Matón

Cayo, al leer cartas como esta, apretaba los puños, pero respiraba hondo y paciente. Al fin y al cabo, por mucho que Druso despotricase contra ellos, en la nueva Junonia ya no habría tres mil colonos, sino seis mil. Que siguiese ladrando de este modo mientras el pueblo, y su querida Junonia —porque se había convertido en una nueva hija—, siguieran beneficiándose. Bien que exigiría a su regreso que se convocase en Roma a los seis mil colonos, ni uno más ni uno menos, para entregarles en persona los títulos de propiedad. Entonces, y solo entonces, se sabría si el pueblo dudaba de su honestidad en el manejo de los fondos públicos y lo reelegía tribuno por tercera vez.

En estos pensamientos se afanaba la última semana de iunius, siempre a la espera de que llegase la visita de su sobrino Tiberio, cuando atracó procedente de Roma una nueva embarcación que traía correspondencia, la cual fue transportada en una mula hasta el improvisado campamento que Cayo había dispuesto a seis millas de Cartago para poder estar más cerca de los trabajos de parcelación.

No fue hasta la noche cuando Cayo, agotado por un día demasiado largo bajo un sol de justicia, llegó a su tienda, yéndose a sentar en la cátedra que dominaba su escritorio.

Sobre el mismo aguardaba la correspondencia, varios rollos en realidad. Ojeó los primeros. Los sellos eran de algunos de sus clientes. Los desechó. Habría tiempo para atenderlos. Revisó el resto, todos ellos de amigos. Los apartó igualmente. El penúltimo de ellos era del persistente Matón. Más tarde lo leería. Solo quedaba un rollo sobre la mesa. Lo cogió. Era de su hermana. Frunció el ceño. Sempronia no era aficionada a la escritura. Rompió el sello, desenrolló el papiro y leyó.

Querido hermano:

Ojalá nunca hubiera tenido que enviarte esta carta. Nadie tenía fuerzas para hacerlo. Solo yo, en el infortunio que nos persigue, he sido capaz de hacerlo. Verás que el papiro tiene marcas de agua. Son mis lágrimas, Cayo, las lágrimas de una tristeza insoportable. Tu sobrino Tiberio, nuestro sobrino, el hijo mayor de nuestro hermano, su único hijo vivo, ha fallecido ahogado en la travesía a Cartago. Su nave…

Cayo no pudo continuar. Ahogado él mismo, trató de dar bocanadas de aire al tiempo que comenzaba a gritar y a golpear desesperadamente el escritorio con los puños.