Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Una ilusión adolescente
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Una ilusión adolescente

Ostia, mediados de junio

El joven Tiberio Sempronio Graco pisó la estrecha pasarela con cautela, primero con un pie, luego con el otro, después con los dos, haciendo como que saltaba pero sin despegarse de los tablones.

—¿Es que no vas a cruzar? El capitán nos espera —oyó que le decía entre risas Lucio Marcio.

Tiberio se mordió los labios, activó muy despacio sus pasos y a ritmo lento pero seguro cruzó el puente, dando un salto final para hollar por fin la cubierta de la embarcación mercante.

Con una enorme sonrisa se giró ágilmente en redondo y llamó a Lucio Marcio, que lo observaba todavía en tierra firme.

—¡Es tu turno!

Marcio dejó asomar la lengua por la comisura de los labios, puso cara de que afrontar aquella pasarela iba a ser más difícil que defenderse de salvajes ligures y cruzó con los brazos exageradamente extendidos, fingiendo que perdía el equilibrio en varios momentos.

—Marcio, no te rías de mí! —protestó Tiberio.

—¡Ya estoy! —exclamaba poco después con cara de alivio al tiempo que revolvía los cabellos del joven—. Podemos zarpar —le dijo a continuación al capitán.

Al rato la embarcación abandonaba suavemente las mansas aguas del puerto de Ostia y se unía a la pequeña flotilla militar de tres trirremes y otras tantas naves panzudas con destino a Utica, donde desembarcarían los relevos del ejército desplegado en la provincia de África.

Ya en mar abierto, el viento, que soplaba con fuerza desde el septentrión, infló las velas e impulsó con brío la navegación, dejando la costa itálica siempre a la vista, a babor, mientras Tiberio, apostado en la proa del barco, disfrutaba de cada golpe de espuma en la cara.

Estaba entusiasmado. Nunca había navegado, pero lo que le excitaba de verdad no era otra cosa que saber que en apenas cuatro días se reuniría con su tío Cayo en África, contemplando con sus propios ojos la grandiosidad de Cartago. E incluso con un poco de suerte, si su tío lo permitía, irían a Zama y se sentarían en la llanura para imaginar el despliegue de las tropas en la batalla más grande de todos los tiempos.

Cómo no, estaba pletórico.

Por lo demás, que con su edad, sin cumplir todavía los quince años, le hubieran dejado emprender aquella travesía, era un hecho explicable únicamente por la graciosa intercesión de algún dios del panteón romano. Y es que, tras la muerte prematura de sus dos hermanos pequeños, su madre nunca le perdía el ojo y lo vigilaba en extremo, en excesivo extremo, evitando a toda costa que se enfrentara a peligros.

Pero él era un romano y no había joven de su edad que no se hubiera roto ya un brazo, la clavícula o las costillas en sus ejercicios en el Campo de Marte. ¿Cómo iba a ser algún día cónsul o dirigir legiones si vivía entre cojines de plumas de cisne? Pronto vestiría la toga viril. Y era joven, cierto, uno que, a diferencia de otros adolescentes aún no había desarrollado sus músculos y estatura para convertirse en un hombre, nada de lo cual era óbice para que pronto lo fuera, para que apenas en unos pocos meses ensanchara súbitamente sus espaldas y creciera un par de palmos hasta alcanzar la altura que había tenido su padre. Al fin y al cabo, estaba encaminado a encontrar su lugar en el mundo, como el resto de los nobles. Era ridículo que no pudiera ir a África.

—Pero irás con la flota y Lucio Marcio —había dicho su madre, tras ceder a tanta insistencia, apostando en el viaje, como acompañante, a un amigo de la familia de toda confianza.

Tiberio, comedido, había dado botes de alegría en su fuero interno, los mismos que propinaba ahora en la proa del barco junto a Marcio —hombre afable y con la cabeza sobre los hombros—, que reía a carcajadas como un niño cada vez que la espuma y el viento azotaban sus rostros. Algún día no muy lejano viajaría a Macedonia o a Hispania. Sí, algún día. Pero ahora, en el presente, aquella era la aventura de su vida.

Las risas, en cambio, cesaron al llegar la noche. El viento dejó de ser racheado y se convirtió en un azote permanente que soplaba furioso por un costado, provocando que la nave estuviera ladeada y que comenzara a entrar mucha agua que los marineros, a gritos, trataban de achicar con cubos. El corazón de Tiberio se encogió.

—Es normal en estas aguas —trató de tranquilizarlo el bueno de Lucio Marcio, pero con nula capacidad de convencimiento. El rostro sereno de Marcio había mudado de color y se mostraba pálido y turbado.

La noche fue una pesadilla, pero nada cambió al amanecer. La flotilla se había dispersado y el viento no amainaba. Bien al contrario, arreciaba bajo un cielo plomizo, formándose torbellinos y masas humeantes de vapor que sacudían la embarcación sin piedad. Y las olas, negras y enormes, se cernían cada vez más amenazantes.

—¡Todos a la bodega! —rugió al poco el capitán tras un golpe de mar que escoró la nave de modo extremadamente límite.

—¡Tiberio, tierra! —gritó Marcio antes de bajar a la sentina.

—¿Es África? —barbotó Tiberio.

—¡Es Sicilia! —chilló Marcio.

Tiberio no contestó. Sus ansias de aventura se habían esfumado. Solo deseaba agarrarse a algo, a lo que fuera, y abrazarlo con todas sus fuerzas, como si así el navío garantizara mantenerse a flote.

Aguardar en la bodega fue aún mucho peor. La embarcación se agitaba violentamente o se vadeaba hasta arrastrarlos a todos de lado a lado. No podían ver las olas, pero sí sentir cada embestida, el sonido sordo de las profundidades y el bamboleo delirante de la nave.

—Marcio… —gimió Tiberio con uno de aquellos golpes.

—Pronto pasará… Pronto pasará… —balbució Marcio, bien sujeto a una viga hasta que el mundo se puso del revés.

No supieron qué pasó. Primero el pasaje de la bodega, apenas diez personas, gritó como una sola voz y de pronto todos estaban ya atrapados en el agua en medio de una oscuridad absoluta, braceando sin tino, golpeándose unos a otros para salir de aquella prisión.

Un nuevo golpe. Y un estallido subterráneo. Y una poderosa corriente ascendente que elevó a Tiberio hasta la superficie.

Sacó la cabeza y respiró angustiado, abriendo mucho la boca y los ojos. Por poco tiempo. Un muro de agua le pasó por encima y lo empujó hacia el fondo. Desesperado, emergió de nuevo. Estaba solo. Llovía con fuerza y no había rastro de la embarcación. Se puso a gritar. Solo sus brazos y el aleteo ansioso de sus piernas le mantenían a flote mientras ascendía y descendía con cada oleaje.

Tierra.

Es lo que vio en lo alto de una de aquellas ondas negruzcas.

Y estaba cerca.

Comenzó a nadar con todas sus fuerzas, pero el mar Tirreno seguía zarandeándolo. Tragaba agua. Tosía. Se asfixiaba. Pero nadaba. La costa se hacía más grande. Pensó en su madre. También en su tío Cayo. Le miraría orgulloso al conocer que se había salvado de un naufragio. Ya podía ver la playa. Estaba muy cerca.