Emponzoñando
Roma, en el mismo tiempo
Lucio Opimio tenía que reconocer que Druso era insuperable en su manera de hacer las cosas. Así como él, cuando algo le desagradaba, solo sabía aniquilar y causar estragos, Druso mostraba una serenidad inconcebible, una fría y elegante que, paradójicamente, hacía las delicias del populacho, embobado ante un derroche de distinguida palabrería endulzada con promesas y más promesas que en apenas unos pocos meses había conseguido que los ciudadanos dejaran de ver al Senado como la monstruosa Hidra de Lerna para convertirse en la hermosa y apacible representación de la diosa griega Hestia con su bondad y armonía al cuidado del hogar, la familia y el fuego sagrado como símbolo de calor y estabilidad.
Era, sencillamente, lascivo.
Pero no lo último que Druso debía hacer.
Que el Senado fuera ahora como un buen padre de familia elevaba a Druso, aunque fuera temporalmente, a la categoría de los dioses inmortales, pero aún le restaba un objetivo más, uno que le interesaba a Opimio de modo obsesivo.
Porque si odiaba a Cayo de modo espontáneo y natural, más lo hacía desde que le hubiera arrebatado el consulado al año anterior.
Por eso mismo, eliminar políticamente a Cayo era una prioridad para que nada, absolutamente nada, impidiera esta vez su elección como cónsul. Si Cayo le había privado de este honor, él le iba a arrebatar todo.
De esta guisa, habiendo convocado Druso una nueva contio, Opimio se situó en la primera fila de los senadores que habían acudido al senaculum. El foro, como siempre, reventaba de ciudadanos por todos los costados, elevándose sobre sus cabezas el sonido sordo de la multitud.
Al poco, Druso apareció de entre la masa y subió tranquilamente los escalones de la tribuna. Opimio lo siguió embebido. Por todos los dioses que aquel hombre era el Hércules del Senado, sin maza y sin músculos, pero igual de efectivo con su simple presencia en la consecución de los trabajos encomendados.
—Quirites —comenzó con perfecta pose—, hoy quiero hablaros de un asunto que debería preocuparos, y no veáis en mis palabras envidia ni veneno, porque bien saben los dioses y vosotros mismos que no necesito ni una cosa ni la otra —reverberó con pasmosa calma, provocando que Opimio, y el foro entero, estirara su cuello—. Cayo Sempronio Graco y Marco Fulvio Flaco están ahora en la antigua Cartago —continuó con igual tono—, algo de lo más loable, pero yo quiero llamaros la atención sobre un extremo que tal vez os haya pasado desapercibido por nuestra natural bondad, pero no a mí. Es lo siguiente: ¿realmente era necesario que fueran ellos a África? Porque yo he propuesto la fundación de doce colonias, pero os digo que no participaré en su fundación, no ejerceré mi influencia en favor de nadie ni, por supuesto, meteré mi mano en los caudales públicos, ¡los dioses me valgan! Sin embargo, ellos en todo están y en todos los sitios aparecen, manejando a su arbitrio el tesoro público sin la censura de nadie. Ellos son cuestores, comisionados, tribunos agrarios y cuantos desempeños públicos quieran. ¿Os parece aceptable? A mí, no —aseveró a plomo al tiempo que Opimio, babeando de placer, no dejaba de escudriñar sucesivamente a Druso y las reacciones de la muchedumbre.
Y le encantaba.
Druso no pretendía exaltar, no todavía.
Pero los murmullos de desaprobación se elevaban al cielo de Roma. Los ciudadanos no dejaban de mirarse y de hacer gestos de aceptación. La ponzoña de la víbora hercúlea corría por sus venas sin que ni siquiera lo supieran. Por Júpiter, qué iluso era el populacho.
Pero Druso no había terminado. Faltaba una ponzoñita más.
—Quirites —dijo igual de incorrupto—, no penséis que con estas palabras busco la ruina de nadie ni de Junonia. Esa colonia está bendecida por vosotros y por el Senado, razón más que suficiente para que yo me incline hacia estos favores. ¡Y por ello! —saltó de pronto a la potencia vocal—. ¡Por ello os digo que voy a proponer que en la colonia no se asienten tres mil colonos! ¡Eso no es suficiente! ¡La colonia tendrá seis mil colonos! ¡Gritad de alegría porque el Senado así lo quiere! ¡Seis mil! ¡Así os ama el Senado! —pasó ya al grito, ahora sí, con ánimo de exaltación, consiguiéndolo, pues se elevó sobre el foro un aullido ensordecedor que ocultó unas carcajadas, las de Opimio, que no cesaron en ninguna de las sucesivas asambleas convocadas por Druso para, cual Catón censorial, sembrar la duda sobre la corrupción y la amoralidad de Cayo y de Flaco al tiempo que encumbraba al Senado.
Druso era fantástico.
Sin despeinarse, sin aspavientos, subiendo y bajando de los rostra como si tal cosa, vencía, simplemente lo hacía en un campo de batalla al que no se habían presentado Cayo ni Flaco.
Qué estúpidos eran.
O qué ingenuos.
Los dos en Cartago, mecidos por un hombre, Druso, que merecía ser cónsul y censor. Y algún día lo sería, las dos cosas.
Opimio rio de nuevo de modo premeditadamente grotesco, solo antes de buscar por enésima vez la tabla Valeria y golpearla allí ya donde solo había un socavón. De seguir así, pronto su puño descarnado asomaría dentro de la curia Hostilia.