Junonia #2
—No soy yo el que está demorando ahora la salida —ironizó Cayo.
—Yo puedo remar con mis manos —dijo Septimuleyo.
Flaco entornó los ojos.
—Por Júpiter, zarpemos ya. —Y ordenó al capitán que se hicieran a la mar.
La travesía fue tranquila. Haciendo siempre una navegación de cabotaje a lo largo de la costa occidental itálica, alcanzaron pronto Sicilia, recorriendo su mar septentrional hasta la ciudad de Lilibeo,52 la más cercana a África, donde hicieron una pequeña escala antes de cruzar sin contratiempos las aguas abiertas hasta divisar Utica dos días después.
Para entonces Cayo bullía ya de emoción.
Porque África era el viejo león cazado.
La antigua tierra púnica.
La de los gugas, como los romanos llamaban despectivamente a los cartagineses, capaz de parir hombres de la grandeza de Aníbal Barca.
Capaz de sostener un poder marítimo que había sido la envidia del mundo civilizado durante siglos.
Capaz de construir una ciudad, Cartago, gigantesca y populosa de bulliciosos barrios populares; de inmensos templos a sus divinidades Eshmún y Reshef; de ágoras llenas de oro e incienso; de colinas aplastadas por miles de lujosas casas; con dos puertos, uno civil y otro militar, de insuperable ingeniería; y con unas murallas imponentes, incluso triples en el lado interior de Mégara, donde miles de legionarios habían dado la vida por el poderío romano bajo las órdenes de Emiliano, siempre acompañado por un joven de apenas diecisiete años que había sido el primero en hollar los muros de la ciudad: su hermano Tiberio.
Sin poder contenerse un solo instante más, en cuanto puso un pie en el puerto de Utica, tomó otra pequeña embarcación que lo condujo en unas pocas horas hasta Cartago.
Y la visión de la ciudad desde el mar lo dejó atónito.
Era mucho más grandioso aún de lo que esperaba.
Era maravilloso.
La colina de Birsa se erigía majestuosa, tanto como las murallas marítimas, gigantescas y cortadas a pico sobre el mismo mar, de las que sobresalían por detrás las ruinas de los edificios del Consejo de Cartago y el templo de Reshef.
Y todo era enorme.
Cartago en sí misma era enorme.
Cayo desembarcó en el malecón, donde aún olía a muerte. Allí los combates habían sido encarnizados y sanguinarios. Eso le había contado Tiberio una y otra vez. Ya no había máquinas de asedio, ni manchas de sangre sobre las baldosas donde los legionarios resbalaban. Solo silencio.
Entró en el puerto, donde la naturaleza se abría camino, agrietando almacenes y fondeaderos. Y no cesaba el silencio sepulcral.
Cayo pasó junto al puerto militar y entró en la ciudad, alcanzando poco después el ágora o lo que quedaba de ella, tan grande como azotada por los hombres y el paso del tiempo. Veinticinco años eran muchos.
Cruzó los barrios bajos y caminó entre la destrucción hasta las murallas del continente. Subió a sus adarves, abriéndose ante sus ojos la colosal área suburbana, Mégara, verde y surcada de acequias por donde ya no discurría el agua. Allí solo había más de lo mismo, silencio.
Bajó de las murallas y atravesó las antiguas huertas, dominadas ahora por una selva de malas hierbas, arbustos y árboles que habían medrado en libertad. Sabía a dónde quería ir. Y lo encontró, justo el sitio en lo alto de los muros donde su hermano había puesto los pies sobre la primera de la tres murallas que protegían Cartago. Tiberio se lo había descrito con pelos y señales cuando él era apenas un niño de nueve años. Tenía que ser aquel lugar. Era aquel lugar.
Se apoyó en el adarve y los oyó, los gritos de aquella noche de combate y matanza, en lengua romana y púnica; el grito mismo de una ciudad que moría. Y vio a su hermano corriendo por el camino de guardia bajo la estrella de Sirio, abriendo la hemorragia.
¿Cómo era posible que quien había protagonizado aquella heroicidad hubiera muerto de aquella forma?
No, no lo merecía.
Tiberio no merecía morir apaleado.
Su hermano era un héroe.
Cayo permaneció allí largo rato, ensoñando la batalla una y otra vez, viendo a Tiberio subir escalas, correr por Mégara, combatir con cartagineses y ascender el último de los sitios que aún tenía que ver, la colina de Birsa, el último bastión coronado por el templo de Eshmún.
Volviendo sobre sus pasos, Cayo acometió la colina desde el ágora, brincando de escombro en escombro, sorteando los árboles que emergían de las ruinas donde antaño había avenidas y miles de casas, ahora solo desolación. Emiliano, en su avance hacia la cima, había echado abajo manzana por manzana.
Ya en lo alto, en la ciudadela, Cayo ascendió la famosa y larga escalinata que antecedía a la plaza del templo de Eshmún. Sus escalones estaban ahora levantados y torcidos, pero el camino era posible entre los cascotes y la maleza que crecía en las hendiduras.
Al llegar arriba no le prestó mucha atención a la fachada del templo, demolida prácticamente en su totalidad tras el incendio que había asolado aquel lugar. Lo que hizo fue girarse y sentarse, apoyando sus pies en el último de los escalones al tiempo que hacía descansar sus codos encima de sus muslos.
Y lo que vio, nuevamente, le maravilló.
A vista de pájaro, la bahía de Cartago se abría pletórica, y las tierras del continente eran verdes y fértiles.
Solo había riqueza ante sus ojos.
—Es un buen lugar para tres mil colonos —oyó que le decía alguien a su espalda. La voz, grave y timbrada, le era muy conocida.
—Junonia, amigo, es Junonia —barbotó Cayo con emoción.
—Hay mucho trabajo que hacer aquí —dijo Septimuleyo.
—Entonces no perdamos el tiempo —se animó Cayo, incorporándose con brío sin dejar de mirar todo a su alrededor—. Nada podrá impedir que tres mil ciudadanos empobrecidos disfruten de esta riqueza. Ni el Senado ni Druso. Comencemos ya.