Junonia
Roma, Miseno y África, mayo y junio
Dos días antes de que Cayo se marchara a África para organizar la nueva colonia de Junonia estalló una tremenda borrasca que ocasionó estragos en muchos lugares sagrados y profanos, derribó estatuas de bronce en el Capitolio, arrancó y se llevó por los aires una de las puertas del templo de Juventas en el Aventino, y la estrelló contra una de las arcadas del Aqua Marcia. Tumbó también estatuas en el foro y en el Circo Máximo junto con los pedestales que las sostenían, y arrancó los salientes de los pináculos de algunos otros templos y los destrozó de mala manera. Fue, en definitiva, tan impresionante el grado de devastación que el Senado interpretó aquella tormenta como un prodigio funesto, ordenando la intervención de los arúspices, los cuales prescribieron cuantas medidas expiatorias se les ocurrieron para calmar la ira divina.
Pero no fue ira, sino preocupación, lo que sintió Cayo. Entre las estatuas que la ventisca había echado abajo se encontraba la de su padre en el foro, que no llegó a partirse ni a sufrir daños, pero, conociendo el carácter magníficamente supersticioso del romano, hubo quienes comenzaron a vocear que los dioses le estaban dando la espalda. No supo si aquellos hombres eran agentes del Senado y de Druso —con toda probabilidad lo eran—, pero no pudo sino arrugar el rostro, sintiendo que sus caballos perdían ritmo.
Y no se trataba ya tanto de la estatua de su padre como de la enorme desilusión que había anidado en su corazón. Llevaba años luchando por la memoria y legado de su hermano, ya fuese en la defensa infatigable de los repartos agrarios como en la puesta en marcha de un andamiaje reformador con el que cambiar la fachada de Roma. Siempre pensando en los intereses del pueblo frente a los del Senado, pero había bastado que un recién llegado como Druso prometiera más para que los ciudadanos corrieran a su fiesta. Y no es que el pueblo ya no le quisiera —en absoluto, él seguía siendo Cayo Sempronio Graco por mucho que Druso hubiera irrumpido con un discurso frente al que no se podía oponer so pena de soliviantar al mismo pueblo—, pero, y aquí lo triste, no parecía estar en el espíritu del romano permanecer mucho tiempo en la fidelidad a un solo hombre por mucho que fuese su verdadero valedor.
¡Cuánta ingratitud!
Aunque, bien pensado, realmente no sabía por qué se sorprendía.
Al fin y al cabo, se trataba del Senado.
En su ponzoñosa inteligencia había convertido de golpe la política de Roma en una simple y miserable subasta de emociones y dádivas al albur del mejor postor.
Era realmente triste, pero tenía una importante misión que cumplir, algo que sin duda podría llegar a insuflarle renovados ánimos. Debía organizar su nueva y más querida propuesta colonial: Junonia.
Cayo abandonó Roma y llegó a Miseno seis días después, yendo directamente a la villa rústica de su madre, no sin antes atravesar los bosques de pino de su infancia, aquellos que le habían ayudado en el pasado a mitigar el sofocante calor del verano y de los que salía propulsado con su perro Jerjes para conquistar calas solitarias, bancos de arena, cangrejos y el mar mismo con sus brillantes tonalidades turquesas.
Añoraba aquellos tiempos.
Encontró a su madre una vez más en la playa, pero no junto al batiente, sino en la frontera entre bosque y arena, protegida del sol y del fuerte viento de aquella primavera tan revuelta.
Al igual que había sucedido en anteriores ocasiones, ella leía recostada en un diván. Y junto a este aguardaba otro, vacío, y no porque su madre le esperara, sino porque siempre, de un modo u otro, alguien viajaba hasta Miseno en busca de su compañía y conversación, ya fueran otras matronas, filósofos, artistas, el gran poeta dramático Lucio Accio o incluso el escritor satírico Lucilio, pese a su antigua amistad con Emiliano y sus declaradas desavenencias con las reformas.
Su madre, sin embargo, no rechazaba nunca a nadie.
Ella observaba, escuchaba y, finalmente, ladeando siempre su armonioso cuello, debatía. Lo hacía en auténticos círculos de conocimiento, ya fuese en los jardines, junto al mar o en los salones de la villa decorados con los bustos de la familia Escipión Africana, bebiendo moderadamente vino si era de su agrado, siendo el centro de aquel mundo. El Senado siempre era el Senado. Y Cornelia Africana siempre era Cornelia Africana.
Se reclinó en el diván de visitas y simplemente esperó.
—La mentira gana partidas, pero la verdad gana el juego —dijo ella al poco rato, elevando la cabeza y mirando el mar.
Cayo sonrió y cabeceó divertido.
—¿Sócrates, madre?
—¿Quién si no?
Cayo volvió a sacudir su cabeza, pero esta vez con gesto serio.
—Si un extranjero llegara a Roma y nos viera en la tribuna a Druso y a mí, a uno un día y a mí al siguiente y así sucesivamente, pensaría que somos dos actores de comedia tratando de arrancar las mejores carcajadas de los espectadores —porfió iracundo.
—¿Es así como te ves? —le interpeló de pronto su madre, virando el cuello para clavarle sus ojos escipiónicos.
—No, madre, no me veo así —cedió Cayo en un suspiro.
Ella volvió a escrutar el mar.
—Te dije una vez tras la muerte de Emiliano que ya no habría grandes hombres en el Senado, pero que en su mediocridad los nuevos senadores siempre encontrarían el modo de vencer, en este caso con la mentira pública. En esto son verdaderamente brillantes.
—Porque Druso no va a aprobar ninguna de sus proposiciones.
—Pero aun así, hijo, aun así —centelleó su madre—, ¿quién crees que será recordado? ¿El que de manera honrada busca satisfacer el interés de la República para engrandecerla o el que con mentiras solo engatusa los oídos de la plebe urbana? Yo no puedo ver la tribuna de los oradores desde Miseno, pero aun así sé que sobre los espolones cartagineses no hay dos actores de comedia. Solo hay uno, y su nombre es Druso —sentenció.
Cayo dejó escapar una risa desganada, pero sintiendo que, al respirar, su pecho se hinchaba de aire. Tal vez fuese habitualmente a Miseno, no para estar con una madre, sino para irse de allí envuelto en el orgullo que corría por aquellas venas escipiónicas como un torrente de grandeza y aliento.
—En un par de días embarcaré en Puteoli50 —dijo—. Soy uno de los comisionados encargados de organizar la nueva colonia de Junonia.
—Sobre los cimientos de Cartago… —balbució Cornelia—. Emiliano juró ante los dioses que nunca más volvería a habitarse.
—Nunca más, pero por nuestros enemigos —repuso Cayo, visiblemente disgustado, negando ostensiblemente con la cabeza. Estaba harto de que se le recriminara que la fundación de la nueva colonia en Cartago pudiera contravenir el juramento de Emiliano y disgustar a los dioses. Aquel argumento era el de Druso. No quería escucharlo más, y mucho menos en boca de su madre
—Las tierras son muy fértiles —continuó—. Y nuestros campesinos las necesitan. Si no podemos encontrar su subsistencia en suelo itálico, lo haremos en África, en Hispania o allí donde llegue el poder romano. Y si es necesario expandirlo aún más para que los nuestros vivan como ciudadanos romanos libres, lo haremos. Nuestros dioses lo comprenderán. Bien que lo harán o haré que lo comprendan.
Fue esta vez Cornelia la que esbozó una sonrisa, una dulce y comprensiva. Su hijo le devolvía su misma moneda.
No era de extrañar, ella lo había educado.
Tal vez Cayo necesitara detenerse unos instantes después de una larga carrera, tomar resuello de nuevo, asimilar las nuevas fuerzas y enredos del Senado, pero bastaba una sola chispa para que el fuego de su alma se avivara, aunque fuese aún de modo lánguido.
—¿Cómo se encuentran Licinia y Sempronia?
—Muy bien. Ambas desean verte.
—Tanto como yo —suspiró Cornelia—. ¿Cuándo te acompañarán hasta aquí? —demandó nostálgica.
Cayo puso cara aviesa, arqueando una ceja.
—Ya lo han hecho.
—¿Cómo? —saltó Cornelia, incorporándose del diván.
—Están en la villa —rio Cayo.
Cornelia no se lo pensó. Dejó a un lado el rollo que leía, activó sus fuertes piernas y voló por encima de la arena.
Ansiaba ver a Licinia, que tanta vida le daba con su alegría, pero sobre todo, cómo no, a Sempronia. Porque sus dos únicos nietos, Sempronia y el joven Tiberio, eran su máxima debilidad.
Ella era Cornelia, sí, y era Africana, sí, pero también abuela, lo único que le hacía perder el control.
Cayo se permitió descansar dos días, ni uno más ni uno menos. Después se dirigió al cercano puerto de Puteoli, en la bahía de Neapolis, embarcando en el trirreme que iba a conducirle a Utica.51
Allí, en el castillo de popa, se reencontró con Flaco, que asumiría igualmente los trabajos de organización de la colonia, pero también con otro sujeto que había estado ausente de Roma en los últimos años, sirviendo en las legiones, un hombre fiel y amigo de la familia, algo mayor que él, sin dignidad senatorial —pero sí ecuestre—, con el que tanto Tiberio como él mismo habían compartido muchos juegos en la infancia dentro del más cercano círculo clientelar de los Graco.
Era verdad que, en ocasiones, Lucio Vitelio Septimuleyo era un poco retorcido, exhibiendo una mirada poco transparente, escrutando de soslayo la grandeza familiar de la que él carecía, nada de lo cual, sin embargo, se transmitía a sus acciones, siempre leales, tendiendo su mano cuando era necesario, valiente defensor de las reformas con su sonrisa, sus cabellos rizados, su voz profundamente grave, su espigada altura y su enorme cara cimentada por una mandíbula ancha y llamativamente cuadrada. Se alegraba, en definitiva, de tenerlo allí con ellos.
—Lucio Septimuleyo, por todos los dioses, con esas manazas podrías demoler tú solo el templo de Reshef —bromeó Cayo.
—Será un honor ayudar en todo lo que esté al alcance de mis manos —rio Septimuleyo, enfatizando mucho la palabra «manos».
—Y manos será lo que no tendremos si tardamos en zarpar. Se avecina tormenta —intervino Flaco.
—Viene del norte —advirtió Cayo.
—Pero viene. Mejor dejarla atrás —insistió Flaco.