Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Demagogia extrema
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Demagogia extrema

Roma, a lo largo de abril

Aprilis fue el mes de un nuevo torbellino llamado Marco Livio Druso. Cada mañana desayunaba frugalmente, despedía en el atrio a su Cornelia Léntula y a su hijo Marco, que cada vez pronunciaba mejor ave atque salve, se dirigía al foro acompañado de un número creciente de devotos, subía a los rostra con perfecta elegancia, con unos movimientos corporales naturales que enamoraban a hombres y mujeres, saludaba desde lo alto de la tribuna y, finalmente, lanzaba armónicamente todas y cada una de sus propuestas como si fuese el senador más radicalmente popular de todos los tiempos, esta vez con la aquiescencia del Senado.

—¡Voy a retirar el vectigal que pagan los adjudicatarios de las parcelas de ager publicus! ¡La ley agraria de Tiberio era justa, pero ahora lo será más! ¡Los campesinos quedarán eximidos de este impuesto que impuso Tiberio y confirmó su hermano Cayo Graco! —anunció un día.

Y el foro se vino abajo.

—¡Voy a proponer que los repartos de trigo sean completamente gratuitos y no solo a bajo precio! —dijo otro día.

Y el foro se quebró con tanto brinco de alegría.

—¿Por qué los adjudicatarios de tierras públicas no las pueden transmitir libremente? —preguntó una tercera jornada con fingida ingenuidad—. ¡Pues yo os digo que podrá hacerse!

—¡Hijo de la gran perra! —no paraba de clamar Matón al escuchar todas y cada de aquellas peroratas desde el templo de Cástor y Pólux, siempre acompañando a Cayo y a Flaco.

—¡Y todo esto lo hago por disposición del Senado! —añadió en las sucesivas jornadas de asambleas, como un martillo pilón, un Druso que ya a finales de mes pudo escuchar en el foro un cántico que a él, pero sobre todo a los padres conscriptos bien reunidos en el senaculum con caras de pasmarotes felices, les condujo al espasmo más indecoroso.

—¿Qué cantan? ¿Qué canta el pueblo? —preguntó Bruto, que se estaba quedando medio sordo o sordo del todo.

Pompeyo dibujó una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Druso, Druso, Druso, eso es lo que cantan! —le gritó al oído antes de volverse a Opimio y compañía cual serpiente expulsando su lengua bífida—. Os lo dije —susurró—. Os dije que era el hombre adecuado. Solo había que ser como Graco. ¡Qué digo, más que él!

—¿Druso cumplirá todas sus propuestas? —oyó que preguntaba un joven senador pedario desde las últimas filas del senaculum.

—¡Oh, por supuesto que no! —rio Pompeyo por aquella ocurrencia—. ¡No cumplirá ni una sola, pero el pueblo no lo sabe! —se carcajeó aún más, y se giró hacia el foro para que sus pabellones auditivos pudieran recibir el cántico del placer extremo: «¡Druso, Druso, Druso!».