Ser como él
Roma, comienzos de abril
—Estoy muy orgullosa.
Druso detuvo sus pasos en mitad del atrio. Su esposa, adusta donde las hubiere, seria y distinguida —como él—, no acostumbraba a mostrar demasiadas emociones, porque aquel simple «Estoy muy orgullosa», por muy simple que pareciera, no dejaba de ser una gigantesca exhibición de pasión.
Y es que así eran los Cornelios Léntulos, la familia de su esposa, muy diferentes de los Cornelios Escipiones.
Revoltosos y vanidosos los segundos; soberbios, sobrios y tremendamente conservadores los primeros, cualidades todas ellas presentes en su querida y respetada esposa Cornelia de la rama de los Léntulo. Por eso la amaba precisamente tanto, por ser justo así, ardorosamente fría.
—Estoy muy orgullosa. Devuelve al Senado y a las familias que lo dignifican su prestigio y autoridad —oyó que añadía Cornelia.
Que hablara tanto solo podía significar una cosa: que sus entrañas ardían de furia por los discursos demagogos de Cayo Graco y sus amigos, un contubernio de populistas que iban a conducir a Roma a la ruina.
Druso se giró hacia su esposa, encontrándola clavada en el pavimento como una bella estatua de ojos penetrantes, sujetando eso sí de la mano a su hijo mayor, de apenas dos años, también llamado Marco Livio Druso,49 como si quisiera hacerle ver cómo se marchaba de la casa un gran hombre —su padre— en busca de la salvación de la patria.
—Despídete de tu padre —le exigió Cornelia a su manera.
—Avequesave —balbució el niño con su vocecita.
—Ave atque salve —corrigió su madre con impaciente ánimo.
—Avequesave —chapurreó el niño, y ya iba a reprenderle Cornelia cuando Druso levantó la mano.
—Lo dice bien. Aprenderá —zanjó antes de acercarse y darle un beso a su esposa en la mejilla.
Ella ni se movió, pero tampoco lo esperaba ni lo deseaba.
De hecho, no procedía.
Su esposa era una matrona.
—Tata —barbotó su pequeño hijo.
Druso hizo un amago de sonrisa, limitándose a posar su mano encima de la cabeza del niño al tiempo que clavaba sus ojos grisáceos en los azules de su esposa.
—Hoy seré como él —dijo.
Cornelia negó muy despacio.
—Por sus venas corre la sangre presuntuosa y contaminada de los Escipiones —dijo despectiva—. Por las tuyas corre la sangre fresca y pura de los Livio Druso. Nunca serás como él. Su estirpe morirá.
Druso la miró aún más fijamente.
Era su modo de agradecerlo.
Después giró en redondo, abandonó su domus y se encaminó con pausada pose censorial hacia el foro.
Poco después, apoyado por un Senado que, esta vez sí, colapsaba el senaculum, oteando igualmente que Cayo y Flaco se apostaban con algunos de sus seguidores más adeptos —como Matón— en la plataforma del templo de Cástor y Pólux, habló a los ciudadanos congregados en la plaza. No eran tantos como cuando intervenía Cayo, pero aun así eran millares.
—Quirites —inició con brillante potencia tímbrica—, durante casi un año desde esta misma tribuna se han propuesto numerosas leyes en favor de vosotros, y todas y cada una de ellas, como no podía ser de otra manera, han sido respetadas por el Senado, sí, respetadas —repitió al advertir que algunas bocas se torcían—. Algunos dirán que los senadores están disgustados o que no comparten las rogationes, como si eso fuese un mal a erradicar. ¡Nada más lejos de la realidad! —intensificó su presencia—. ¡Roma es la palabra y el discurso! ¡Y jamás la palabra ni el discurso deben ser malinterpretados, porque el Senado desea lo mejor para todos vosotros! ¡Sí, lo mejor! —exclamó con la cabeza bien alta.
»¡Y esta es la razón por la que estoy hoy aquí! ¡Porque los padres han comprendido que tres colonias son pocas! ¡Que el esfuerzo y el reparto deben ser mayores! ¡Que Italia es espléndida en tierras cultivables para que las familias romanas medren orgullosas y extiendan la simiente de Rómulo desde el septentrión hasta la punta itálica! ¡Por ello, quirites, hoy os anuncio que el Senado desea que sean doce las colonias que se funden por toda Italia! ¡Doce a añadir a las escasas tres propuestas por Graco! ¿Hay mayor muestra de generosidad? ¡El Senado y yo mismo pensamos en vosotros con mayor desprendimiento! ¡Soy Marco Livio Druso! ¡Soy vuestro tribuno de la plebe! ¡Y el Senado y yo hemos venido para defenderos como nunca nadie lo ha hecho hasta ahora! —declamó de la manera más cautivadora, fulminándolo todo con sus ojos grises, siendo como él, como Cayo, pero mejor aún.
Si él fundaba tres colonias, el Senado crearía doce.
Y si Cayo deducía quince, el Senado fundaría veinte.
Siempre como él.
Igual de populista.
Incluso más que él.
Era la forma más inteligente de superarle en popularidad.
Solo así le privarían de su verdadera fuerza.
Pero Druso seguía esperando una reacción en el foro.
Y sucedió lo impensable.
Primero fue el silencio y el desconcierto.
Después llegó.
Fue una explosión volcánica.
Aquel hombre les daba más que Cayo. Aquel tribuno los quería más que Cayo. Todos podrían ser colonos y cultivar tierras. Druso merecía el júbilo. Y el Senado tal vez no fuese tan abyecto. Doce colonias eran doce colonias.
Los ciudadanos se echaron hacia adelante sin poder reprimir la locura. Los brazos volaban al aire. Se gritaba de modo irreprimible. Las caras demostraban devoción por un senador que los contemplaba con una autoridad y superioridad que los llevaba al éxtasis más babeante. Al fin y al cabo, para eso estaban los nobles, para regalar y mostrar su maravilloso boato.
Matón no era de la misma opinión.
—¡Hijo de la gran perra! —escupió desde la plataforma del templo de Cástor y Pólux, siguiéndolo todo con ojos rabiosos—. ¡Es mentira! —gritó vuelto ahora hacia Cayo y Flaco—. ¡Todo eso es mentira! ¡No van a fundar ni una miserable aldea! —regurgitó.
—No, no lo harán —susurró Flaco en un siseo mortal.
Cayo no dijo nada. No era necesario. El Senado siempre volvía. Siempre encontraba el modo. Y siempre daba con el hombre ideal.
—¿Y qué podemos hacer? —oyó que gemía Matón.
—Nada —apuntilló Cayo.
No podían oponerse a esa medida. No podían protestar ni enfrentarse a la fundación de tantas colonias. El pueblo no lo entendería. Ellos estaban para defender los intereses del pueblo, y Druso, mintiera o no, es lo que justamente estaba haciendo. No podían hacer nada.