Su mirada
Roma, de enero a comienzos de abril
Tal como Cayo esperaba después de la brillante intervención de Glabrio, la asamblea del pueblo aprobó holgadamente la propuesta de ley sobre los tribunales de extorsión, introduciendo, además, otras medidas que apretaban aún más la soga en el gaznate del Senado, tales como la obligación de devolver el doble de lo robado y que la acusación por extorsión pudiera ser presentada directamente por los provinciales sin necesidad de contar con un patrono senatorial que lo hiciera por ellos.
De esta guisa, aupado por su popularidad y por el silencio de los padres conscriptos, incapaces de decir ni pío, Cayo volvió a subir a la tribuna a comienzos de februarius para proponer una nueva ley, en este caso la fundación de dos nuevas colonias en Capua y Tarento la rogatio Sempronia de coloniis Scolacium et Tarentum deducendis.
Lo cierto era que la ley agraria asignaba tierras, pero era demasiado lenta en su ejecución. Necesitaba entregar parcelas con mayor agilidad, y qué mejor manera de hacerlo que fundar dos nuevas colonias en las que asentar nada más y nada menos que seis mil colonos con sus correspondientes parcelas de cultivo.
Cómo no, los senadores pusieron de nuevo el grito en el cielo. La facultad tradicional, que no legal, de deducir colonias correspondía tradicionalmente al Senado, por lo que la rogatio de Cayo volvía a pasar por encima de la costumbre y del Senado.
Los Pompeyo y compañía nada pudieron hacer, ni ninguno de los demás tribunos de la plebe, entre ellos Druso, abrieron la boca.
Nuevamente, sin oposición, la rogatio fue aprobada.
A comienzos de martius, su colega y amigo Rubrio se encaramó asimismo a los rostra, también para proponer la fundación de una nueva colonia, pero con una diferencia sustancial. Esta nueva pequeña Roma no estaría en terreno itálico, como todas las demás, sino fuera de Italia, concretamente en el asentamiento de la antigua Cartago, que a partir de ahora recibiría el nombre de Junonia.
Una vez más, loco el pueblo de alegría porque las tierras africanas eran muy fértiles y se hablaba de tres mil colonos que obtendrían doscientas yugadas cada uno, la rogatio fue sancionada con amplia mayoría.
El plan de Cayo, en resumidas cuentas, seguía marchando a velocidad de trirreme en boga de combate, batiendo las olas, aplastando una y otra vez a un Senado inerme y sin capacidad de reacción.
Era sin duda un éxito verdaderamente apabullante, pese a lo cual, a comienzos de aprilis, Cayo comenzó a rumiar una preocupación.
—¿Qué pergeña esa cabecita? —le preguntó Flaco en una cena en su domus palatina en la que compartían triclinio con Matón, además de con el hijo del propio Flaco, al que a sus dieciocho años hacían ya partícipe de todas las reuniones.
Cayo cabeceó reflexivo.
—No me gusta —se limitó a balbucir.
—¿Qué no te gusta? —preguntó Matón.
—¿Qué es lo que no te gusta? —insistió Flaco incorporándose del diván, bien dispuesto a borrar aquella actitud—. Hemos arrebatado al Senado la facultad de crear tribunales excepcionales con los que ejecutar a ciudadanos romanos que no son de su agrado —comenzó a resumir con un halo de placer—. Les hemos privado del control del erario público y de los ingresos de la provincia de Asia —continuó en creciente éxtasis—. Hemos revitalizado los repartos de ager publicus y devuelto el poder judicial a los triunviros. Damos trigo a bajo precio, se han construido silos y caminos rurales y los campesinos viven aliviados gracias a la nueva ley militar. ¡Hemos retirado al Senado sus facultades de manejar los sorteos y destinos provinciales según sus intereses! —Pasó al entusiasmo—. ¡Ahora son los caballeros los que los juzgan y hemos arrancado igualmente su poder omnipresente para la fundación de colonias! ¡Y han perdido el monopolio exclusivo de administrar los asuntos públicos! ¡Cayo, no pueden con nosotros! —concluyó con suma felicidad, tratando de insuflarla también en su amigo.
—Y pese a todo, hay algo más que nosotros no hemos visto —intervino Matón sin dejar de escudriñar a Cayo.
Este, manteniendo su propia mirada en el reflejo de su copa de vino, volvió a sacudir levemente la cabeza.
—La he visto —farfulló enigmático—. La he visto en cada una de nuestras intervenciones, la mía, la de Rubrio o la de Glabrio. Mientras el pueblo enloquecía simplemente estaba allí, serena pero inescrutable, como si esperara su oportunidad. No me gusta. No me gusta esa calma.
Matón y Flaco cruzaron sus miradas. Era la primera vez que Cayo se mostraba de aquel modo desde hacía mucho tiempo. Siempre tan impetuoso, tan veloz, pero ahora parecía que sus caballos galopantes se hubieran detenido súbitamente, inquietos por una presencia misteriosa.
—Creo que yo sé a qué se refiere —dijo de pronto Flaco hijo.
Su padre y Matón lo miraron sorprendidos, e incluso el propio Cayo elevó una ceja y le clavó curioso sus ojos marrones.
—¡Por todos los dioses, ¿qué es?! —protestó Flaco padre.
Su hijo se estiró con discreta vanidad. Rubio como su padre, casi como los celtas, se había hecho ya todo un hombre que mostraba el rictus poderoso de los Fulvio Flaco.
—No le gusta su mirada —desveló.
—¿Qué mirada? —demandó Matón con el ceño fruncido.
—La de Druso —aclaró.
—¿La de Marco Livio Druso? —interpeló su padre, confundido.
—La de Druso cuando está en la tribuna junto al resto de los tribunos de la plebe, ¿verdad? —dijo Flaco hijo al tiempo que dirigía su atención sobre Cayo, con ojos brillantes, esperando acertar.
En el rostro de Cayo apareció un ligero destello.
—Tú hijo es muy observador —lisonjeó a Flaco, pero solo para apagar esa luz tan rápidamente como había venido—. No me gusta —continuó circunspecto—. Druso se mantiene en los rostra observándolo todo, hierático incluso, como un halcón elegante y distinguido, uno que solo espera su momento. Y cuando todo ha terminado se levanta y se marcha sin que nadie lo vea. Sé que es un senatorial convencido. Todos los sabemos. Desprecia cada una de nuestras propuestas, pero no hace nada. No me gusta. No me gusta su calma ni… su mirada —insistió, y chasqueó la lengua.
Flaco torció el morro. No estaba de acuerdo.
—No ha vetado ninguna rogatio —dijo rotundo.
—Ni es probable que lo haga ya —añadió Matón.
—¿Quién se atrevería a hacerlo? —desdeñó Flaco con sarcasmo—. Dudo mucho que quiera ser un nuevo Octavio. Ni creo que nadie sea tan estúpido para ser un nuevo Nasica. No tenemos que preocuparnos por él. Mea y caga igual que los demás.
Cayo meneó la cabeza.
—¿Cuándo el Senado ha permanecido callado?
—Nunca, eso es verdad —dijo Matón con gesto pensativo.
—Nunca —machacó Cayo.
—¿Y qué puede hacer? —interpeló Flaco con desdén—. Yo os lo diré: nada, porque ya nada puede detenernos —declamó, molesto por aquellas dudas, y se irguió en el triclinio—. Porque somos los campeones del pueblo —comenzó a venirse arriba— Porque los provinciales nos respetan. Porque los caballeros nos agradecen su nuevo poder. Y porque los aliados nos aclamarán cuando llegue su momento. No entiendo este pesimismo. —Y bebió hasta vaciar su copa de vino.
Cayo elevó su vista perdida y contempló a Flaco con afecto. Su sempiterna cicatriz palpitaba en un rostro en el que el rencor reclamaba su lugar una y otra vez. Él, en cambio, hacía ya mucho que había dejado atrás ese veneno que en un tiempo había dominado sus pasiones, justo entre la muerte de Tiberio y el exilio de Nasica. Después, solo había trabajado, y con denuedo, por el reparto de las tierras públicas. Y ahora lo hacía, incluso con mayor esfuerzo, por una nueva Roma, una mejor, más justa y equitativa en la que no se olvidara a nadie. El trabajo incansable, la razón y la emoción controlada eran el molino de sus actos, no el fuego que quemaba la cara de Flaco y nublaba sus reacciones.
Se puso en pie.
—Hemos hecho mucho, Marco, mucho —le dijo comprensivo—, y más que ha de hacerse, pero los padres conscriptos no dormirán eternamente. Me temo que Druso lleva en sus ojos el Senado más rancio, el que es capaz de todo por la supervivencia de sus privilegios. Pronto lo sabremos, amigo mío, pronto —dijo como en un lamento, y abandonó la casa, no sin detenerse unos pocos instantes bajo el vano del portón.
Llovía suavemente, de un modo que incluso le resultó tranquilizador. Cerró los ojos, elevó el mentón y dejó que las finas gotas impactaran en su rostro. Respiró hondo e hizo descender la barbilla. La atmósfera se mostraba apacible, inundada por el sonido difuminado de la lluvia sobre los tejados. Era tan agradable…
Al rato abrió los ojos y marchó a su domus.
Un día después, también lluvioso, se confirmaron sus inquietudes.
Druso convocó formalmente una contio.
Qué poco le gustaba su mirada.