En el foro, poco antes
Marco Livio Druso llegó a las inmediaciones del comitium apenas acompañado por unos pocos amigos.
Miró hacia el senaculum.
No había ni un solo senador.
Sin detener sus pasos se limitó a encoger sus hombros como todo lo que hacía, es decir, de modo casi imperceptible, pero muy notorio.
No importaba que no hubiera ni un solo padre conscripto.
Él estaba allí.
Con su innata elegancia deslizó su espigado cuerpo hasta los rostra, ascendió sus escalones y fue a sentarse en una de las sillas colocadas discretamente en uno de los extremos de la tribuna, a espaldas de su colega Glabrio. El resto de los tribunos de la plebe, entre ellos Cayo, Flaco y su amigo Rubrio, ya habían tomado asiento y esperaban que Glabrio iniciara su perorata.
El «cachorrito de Graco», como llamaba a Glabrio, no tardó en hacer retumbar sus cuerdas vocales.
Aquellos gracanos solo sabían chillar.
Paciente, sin mover un músculo, luciendo la agradable imperturbabilidad de los Livio Druso, afrontó los primeros golpes de voz de Glabrio, toda una tortura.
—¡Veintisiete! —atronó Glabrio—. ¡Veintisiete años han transcurrido ya! ¿Sabéis a qué me refiero? ¡Cómo vais a saberlo si es como si nunca hubiese existido la ley que hoy os quiero recordar! —se respondió a sí mismo, y continuó—: ¡Pues resulta que hace ya veintisiete años, cuando yo era un niño de teta, el senador Galba asesinó o vendió como esclavos a miles de lusitanos después de extorsionar Hispania Ulterior en el mayor acto de infamia que podéis imaginar! ¿Y sabéis qué hicisteis vosotros, el pueblo, para borrar entonces la ignominia y evitar que volviera a ocurrir? ¡Pues hicisteis aprobar una ley para crear un tribunal específico que juzgara a los gobernadores corruptos y les obligara a restituir a los provinciales las cantidades robadas!48 Pero, sin embargo —prosiguió sin tregua—, a pesar de crearse este tribunal para borrar la vergüenza, ¿sabéis cuántas veces ha sido condenado un pretor o un cónsul pese a que sus actos de enriquecimiento espurio estaban acreditados? ¿Lo sabéis? ¡Pues yo os lo diré! ¡Ninguna! ¡Ninguna porque el tribunal está constituido solo por senadores! —rugió, y atrapó ardorosamente la barandilla en piedra de la tribuna.
Continuó, entusiasmado:
—Y yo os pregunto de nuevo, ¿creéis que si os tuviera que juzgar un tribunal compuesto por vuestros familiares os condenarían? ¡Pues no, no y no, no lo harían! —pasó de nuevo al berreo—. ¡Y eso es lo que ocurre con el tribunal de extorsiones provincial! ¡Un senador jamás condenará a otro! ¡Todos ellos se protegen en su indignidad! ¡Y por ello, para hacer justicia, para extirpar su impunidad y para que dejen de avergonzar el buen nombre del pueblo de Roma, quiero proponeros que el tribunal deje de estar compuesto únicamente por senadores! ¿Y cómo hacerlo? ¡Muy sencillo! ¡Que los caballeros formen parte mayoritaria de las listas de jueces del tribunal! ¡Que los caballeros pasen a enjuiciar las causas con imparcialidad! ¡Solo así conduciremos a los senadores por el buen camino! ¡Aprobad mi rogatio Acilia repetundarum! ¡Dejad que los senadores sean juzgados por los caballeros y no por ellos mismos!
Y el foro, rabioso, se vino nuevamente abajo al tiempo que un Glabrio feliz se dejaba abrazar a la vista de todos por Cayo, Flaco y Rubrio. Había hecho muy bien su trabajo.
Si se aprobaba la ley, y nadie dudaba de que así iba a ser, el golpe al Senado sería duro, demoledor, brutal.
Druso, sentado en la silla plegable sobre la tribuna, sintió la onda expansiva del fervor popular, pero ni uno solo de sus rizos morenos se agitó lo más mínimo. Simplemente activó sus largas piernas para alcanzar la verticalidad, colocó sus brazos en perfecta armonía con los pliegues de la toga y se marchó en dirección al Palatino.
Al rato llamaba a la puerta de la domus de Pompeyo, siendo conducido hasta el adyacente atrio, donde el bullicio y el griterío eran notorios, pero bien distintos al del foro que acababa de abandonar. Si en este los chillidos eran de alegría, aquel atrio parecía un gallinero donde al menos una treintena de dignos patres conscripti estiraban sus cuellos, cacareaban estridentes y agitaban sus togas cual alas desemplumadas.
Como quiera que ningún senador se percató de su presencia, fue a sentarse en una cátedra que decoraba una de las esquinas del atrio.
Hecho esto, examinó el gallinero.
Primero, los gestos y las formas.
Pompeyo, situado en mitad de la bandada, era como una masa de pan antes de hornear, sibilina y fofa, con ojos saltones, que trataba de calmar a todos. Bruto se asemejaba a un corpachón insulso que no paraba de temblar de ira. Opimio era lo más parecido a un saco de locura. Viejos consulares como Calpurnio Pisón ponían cara de una estúpida severidad tan inservible como una avispa sin aguijón. Y los censores Cepión y Casio, con rostros paralizados, solo podían ser caracterizados como dos viejos tontos recién traídos de las comedidas de Plauto.
Druso se echó las manos a la cabeza.
No merecía la pena seguir examinando al resto de los senadores cacareantes. ¡Qué Senado! ¿Cómo no iba Graco, bastante más hábil que aquella banda, a ponerlo continuamente del revés? ¡Cómo se echaba de menos la presencia y autoridad de los Emiliano, Claudio y Craso! O incluso la impertinencia de Nasica, despreciable, pero con valores republicanos. La cuadrilla que convulsionaba en aquel atrio no poseía nada más que la mediocridad. Roma necesitaba savia nueva, la de él mismo, la de tipos como Marco Emilio Escauro, la de los jóvenes Julio César o hasta la de los hijos de Metelo Macedónico.
Analizadas las formas, llegó hasta sus oídos el chillido insoportable y repetitivo de las gallinas cluecas.
Lo que le faltaba.
—¡Esos hijos de perra no van a dejar nada sin tocar!
—¡Nada sin perturbar!
—¡Los caballeros nos destrozarán en los juicios!
—¡Solo querrán sobornos!
—¡O la adjudicación de los contratos públicos!
—¡Los peores serán los publicanos!
—¡Y las sociedades de armamento de las legiones!
Era irrelevante qué padres conscriptos fuesen los titulares de cada baladro. Lo mismo daba. ¡Qué Senado!
—Señores… —dejó caer al rato para llamar la atención del gallinero, puesto que nadie hasta el momento había advertido su presencia—. Señores… —insistió, alzando su voz timbrada.
El primero que lo vio fue Bruto, avanzando hasta él con una esmerada técnica de empujones que le sirvió para desalojar su camino.
—¿Tú no ibas a defender al Senado? —le soltó un ladrido.
—¡Veta esa propuesta de ley! ¡Vétala! ¡Para eso hablamos contigo! —añadió Opimio con un cariñoso mordisco vocal.
—¡Señores, por todos los dioses, está de nuestra parte! —se apresuró a correr hasta su lado Pompeyo.
—¡Que ejerza el veto! —se descompuso Opimio.
Druso los contempló a todos desde la distinguida serenidad de sus ojos grises. Había llegado a sus oídos que, en una pasada reunión, Bruto y Opimio lo habían calificado como un hombre con los testículos de un buey refinado y aristocrático. Pues eso iba a ser, sin tapujos ni temores.
—¿Vetar dices? —le soltó a Opimio sin levantar una palabra por encima de la otra—. ¿Vetar la propuesta de Glabrio, que es lo mismo que decir la propuesta de Graco? Oh, no, no y no, por todos los dioses, no quiero terminar destituido por el pueblo como le sucedió a Octavio con Tiberio —negó, lleno de sarcasmo.
—¿Cómo? —repuso Opimio estupefacto porque aquel simple tribunillo le llevase la contraria—. ¡Esa ley nos deja a los pies de los caballos! ¡Cualquiera podrá acusarnos!
—Pues no extorsionéis.
—¿Qué? —saltó esta vez Bruto—. ¿Cómo financiaremos entonces nuestro cursus honorum? ¡Servir a Roma tiene un precio y un precio ha de pagarse por nuestros esfuerzos! ¡No les privamos de la plata y del oro a los ciudadanos de Roma, sino a los vencidos! ¡No es extorsión, sino la financiación de la grandeza de esta ciudad!
Druso oscureció repentinamente sus ojos grises, que parecían cobijar ahora una poderosa tempestad en el mar. Llevaban tanto tiempo robando y expoliando con toda impunidad que ya les parecía normal.
Se puso en pie con una autoridad que hizo retroceder al pelotón senatorial. Era joven, treinta años, pero no un cualquiera.
Él era allí el lobo, no la gallina.
En medio del silencio, en unos pocos pasos se sumergió en el corral, buscando a un senador, hasta que lo encontró.
—Tú, Manio Aquilio —le dijo desde la superioridad de su altura, dado que le pasaba una cabeza—, como cónsul en Asia finalizaste la guerra contra el bastardo Aristónico, algo por lo que mereciste el triunfo, pese a haberte dejado comprar por el rey Mitrídates Evergetes para cederle Frigia, y pese a que fuiste acusado a tu regreso a Roma por malversación de fondos, acusación fundada en innumerables pruebas y testimonios de cargo. Solo el soborno de los jueces senatoriales del tribunal evitó tu condena —martilleó con magistral tranquilidad antes de reiniciar sus pasos en busca de su nueva presa. La encontró escondida detrás del censor Casio—. Tú, Salinator, extorsionaste tu provincia a manos abiertas y la dejaste seca como el escroto de un anciano. ¿Quién duda de que tu absolución solo tuvo como fundamento que los jueces, algunos de ellos aquí presentes, llenaron sus bolsas con la plata que trajiste? —interpeló inmisericorde. Salinator, al igual que antes Aquilio, se limitó a fruncir el ceño y a gruñir como un perro con malas pulgas. Era absurdo negarlo en aquel atrio.
Pero Druso no había terminado.
Rotó su cuello y se topó con los ojos sin escrúpulos de Lucio Aurelio Cotta, ya un anciano, cónsul de los tiempos de la guerra contra Viriato y sometido al tribunal por extorsión hacía ya dieciséis años.
—No hace falta que digas nada —se adelantó Cotta, elevando una mano huesuda. Su absolución había sido otro escándalo en su época.
Druso asintió con una mirada letal, girando sobre sí mismo. Él era la salvación del Senado, su única oportunidad ante la carrera desbocada e imparable de los populares, pero sería a su manera o no sería.
—La ley de Glabrio es intachable y no hay motivos ni fuerza moral para oponernos —aseveró rotundo—. Habéis robado y esquilmado vuestras provincias. No os atreváis a negarlo.
—¿Y qué haremos entonces? —bufó Opimio.
Druso se giró hacia él.
—A Cayo no se le vencerá yendo al choque. Se le vencerá con aquello que no espera.
—¿Y qué es eso que no espera? —chirrió Opimio.
—Ser como él —espetó Druso.
—¿Ser como él? —repitió Opimio de malas maneras.
—¿Y qué significa eso? —despotricó Bruto.
—¡Veta la propuesta! —protestó otro senador, dando inicio a una renovada rabieta colectiva que Druso no estaba dispuesto a soportar.
—Yo os juro que cuando lleguen las próximas elecciones a tribuno de la plebe Cayo Sempronio Graco estará arruinado —aseveró categórico—. Pero será en el momento oportuno.
—¿Y cuándo llegará ese momento? —graznó Opimio.
—Llegará —martilleó Druso—. Pero ahora no tengo nada más que decir ni que hacer. O lo tomáis o lo dejáis —porfió, imperial, y se marchó lentamente por donde había venido, dejándolos a todos con cara de bobalicones indignados.
Bruto fue el primero en romper el silencio.
—Os dije que tenía los huevos de un buey, ¡pero no creía que tanto!
—¡Nos ha restregado su insolencia! —porfió Opimio.
—¿Quién se cree que es? —desdeñó el censor Cepión.
—Mis apreciadas antorchitas —intervino un juguetón Pompeyo—, no agotéis la leña de vuestro veneno u os extinguiréis en una llamita azulada y penosa.
—¡Por todos los dioses, Pompeyo! —protestó Bruto.
Pompeyo lo miró con uno de sus gestos más traviesos.
—Druso es el hombre adecuado —apuntaló—. Y seremos como él, como Cayo, ¿lo entendéis? —exhaló lleno de placer, provocando que todos cruzaran sus miradas. No entendían nada, pero si Pompeyo era capaz de aceptarlo en su ponzoñosa mente debía de ser algo bueno—. ¿Lo entendéis? —insistió el pelirrojo.
—Sea —confirmó Bruto con un gesto de desaire.
—Sea —accedió Opimio.
—Sea —consintieron todos los demás. Serían como Cayo, aunque no tuviesen la más mínima idea de qué significaba aquello.