Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Un hombre llamado Druso
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Un hombre llamado Druso

Roma, mediados de enero, en la casa de Glabrio

Manio Acilio Glabrio se contempló de arriba abajo, encontrando en el espejo de bronce pulido su esbelto reflejo y sus cabellos rubios, permanentemente desordenados por mucho que tratase de peinárselos con arreglo a la dignidad que requería su gens y la particular rama familiar a la que pertenecía.

Los Glabrio no eran excesivamente pródigos en traer al mundo cónsules, aunque haberlos los había habido a lo largo de los últimos cien años, elevando la dignidad de la familia a la categoría de linaje consular perteneciente a la nobilitas.

Sin embargo, una cosa era el recuerdo de la joven grandeza senatorial de los Glabrio y otra muy distinta mantenerla en el tiempo, más si cabe cuando Manio sabía perfectamente que solo tenía veintinueve años y que llevaba en el ejercicio del tribunado de la plebe apenas un mes, bagaje este tan escaso como para que aquella mañana sintiese la inquieta necesidad de mirarse al espejo una y otra vez como modo de insuflarse arrojo ante la enorme responsabilidad que su amigo Cayo Sempronio Graco le había colocado en los hombros.

—Manio, ¿estás dispuesto? —le había preguntado Cayo unos meses antes cuando ambos preparaban su candidatura al tribunado.

—Por supuesto que lo estoy —había contestado él, sin pestañear, conducido no solo por la sed de grandiosa vanidad de todos los jóvenes nobles que iniciaban su cursus honorum, sino también por el convencimiento interno de que la corrupción y la arbitrariedad endémica del Senado debían ser erradicadas.

Esa era su forma de entender Roma.

La decencia y la autoridad no se construían desde la impunidad y el capricho en los que se habían apoltronado los padres conscriptos.

Debía actuarse y él estaba dispuesto a ello.

Volvió a mirarse al espejo. Lo hizo de frente, con la barbilla elevada y gesto muy serio. Era tribuno de la plebe. Su deber era defender al pueblo de Roma, al populus en el sentido más amplio, lo que significaba que también era su obligación —al menos moral— proteger a los súbditos de las provincias de los desmanes de pretores y cónsules.

En su modo de comprender el dominio de Roma y la majestad de su imperio, los provinciales no eran meros objetos de expoliación sometidos a los abusos de los gobernadores, auténticos expertos en saquear los territorios conquistados con extorsiones, expoliaciones, sobornos e impuestos. Aún resonaban en los oídos de los romanos matanzas como la de Galba el Lusitanito.

Estas dudosas habilidades quebraban la dignidad del pueblo de Roma, un pueblo honrado, virtuoso y piadoso.

No se podía tolerar más.

Y era un orgullo.

Lo era que Cayo le cediese la autoridad y la palabra para aniquilar el exceso senatorial en lo que a las provincias se trataba.

La ley llevaría su nombre y lo sería para la eternidad, aun cuando su protagonismo durase solo un día, justo aquel en el que iba a anunciar una nueva propuesta legal del gigantesco plan de reforma de Cayo.

—¿Estás preparado? —oyó que le preguntaba el mismo Cayo desde la puerta de su cubiculum.

Se giró muy rápido. Sabía que el simple volteo de su cuello podía remover sus divertidos cabellos rubios, pero ya no le importaba. Tener a Cayo Sempronio Graco en su domus, como amigo y como cabeza de su séquito, era todo un honor.

Bullía de excitación.

—Vamos —dijo con alegría, llenándosele la boca de más pasión.

Ambos, seguidos por miles de amigos y clientes, quemaron el suelo bajo sus pies en su camino hacia el foro.

La colina palatina botó a su paso, descendiendo por la cuesta de la Victoria. En el barrio de los etruscos se les unieron otros tantos miles de ciudadanos. En las inmediaciones de la basílica Sempronia el gentío era ya memorable. Y en el foro el rugido arremetió contra sus tímpanos. Esta vez el Senado no se encontraba en el senaculum.

—Somos los dueños de Roma —le dijo a Cayo al oído para hacerse oír, con el rostro iluminado.

Cayo sonrió con expresión de superior comprensión.

—No queremos ser los dueños, Glabrio —contestó—, solo hacerla más bella. Sube a los rostra y que Roma se engrandezca con tus palabras —añadió como acicate.

Glabrio, aún más crecido, subió el primero a la tribuna y se asomó al foro, encontrando millares de cabecitas con sus pares de ojos expectantes. Era su momento. Lo había ensayado repetidas veces la noche anterior. Se sabía el discurso de memoria. Embistió como un toro.