Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Volviendo a la tabla Valeria
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Volviendo a la tabla Valeria

Roma, a lo largo de diciembre de 123 a. C.

El mes de december fue un hervidero de especulaciones, pues no había cosa que más estimulara a un romano —metete y hablador por naturaleza— que un secreto lanzado a los cuatro vientos.

En los primeros días del mes, los corrillos proliferaron por toda la ciudad, dando cada uno su opinión personal de modo apasionado, como no podía ser de otra manera en Roma, pero todavía pacífico.

Sin embargo, retorcido el fisgoneo hasta límites insospechados, pocos días antes de los comicios consulares se perdieron las buenas maneras. No fue súbito, sino progresivo, primero unos gritos entusiastas en un debate ardiente en el Aventino, concretamente en el cruce entre el clivus Scauri y el vicus Fabricii, entre los que defendían que Cayo se presentaría solo al consulado y otros que sostenían que al consulado y al tribunado de la plebe. Después, una reyerta con igual discusión en la taberna suburana las Tetitas de Cerda, con vuelo parabólico de sillas y mesas y algunos dientes y huesos rotos, poca cosa en realidad. Y, finalmente, una auténtica batalla campal entre los vecinos del monte Quirinal y la colina Esquilina, que a punto estuvo de extenderse por toda la ciudad, de no ser porque Cayo en persona visitó las colinas y pidió calma. De lo contrario, no desvelaría qué favor quería pedirles.

La amenaza surtió un efecto inmediato, porque atemorizados todos como niños ante la posibilidad de no saber nunca qué era aquello que no les dejaba dormir, se avinieron a comportarse civilizadamente, eso sí, mordiéndose las uñas compulsivamente.

En este estado de cosas, la mañana de los comicios consulares despertó luminosa y ruidosa. Riadas inmensas de ciudadanos se dirigieron muy temprano al Campo de Marte.

También las puertas de las murallas servianas eran un hervidero de votantes que llegaban del campo, muchos de los cuales se habían hospedado en las cercanías de Roma. Nadie quería dejar de votar para la elección de los dos nuevos cónsules del año. Y nadie quería dejar de perderse el secreto de Cayo Sempronio Graco, dándose por hecho que descubriría sus intenciones justo aquella jornada.

Los votantes no eran los únicos que vibraban excitados por el misterio. Opimio, subido a la tribuna de los candidatos, no paraba de apretar las mandíbulas y hacer rechinar sus molares, sin centrarse en ninguna parte, pero mirando a todas las direcciones con el objeto de advertir antes que nadie por dónde habría de llegar Cayo. Lo detestaba profundamente, pero mucho más sentirse nervioso e inseguro por su culpa.

Le resultaba insufrible.

Poco después, ya no cabía un alfiler en el Campo de Marte.

Miles de votantes se apelotonaban en su respectiva centuria a base de golpes de bastón y aguardaban a que se eligiera a la centuria prerrogativa para desfilar por los treinta y cinco cercados de los saepta.

El barullo, en cualquier caso, era magnífico, estirándose los cuellos de los ciudadanos por la esperada irrupción de Cayo cada vez que se oía en alguna zona un repentino clamor.

Hasta el momento, sin embargo, todo habían sido falsas alarmas, realidad que estaba desquiciando a Opimio hasta límites inimaginables.

Siempre en lo alto de la tribuna, oteándolo todo, cada vez estaba más furioso, agitándosele los ojos dentro de las cuencas hasta que, por fin, sucedió. Primero, fue un grito de admiración embobada a su derecha, donde los prados de la Villa Pública. Después, la masa se removió como un remolino. Y del oleaje, surcando las aguas abiertas en canal, apareció Cayo cual Neptuno dominando los mares.

Pero no caminaba solo.

Lo hacía de la mano de otro candidato al consulado.

Y Opimio supo que iba a perder las elecciones.

Poco antes, en el atrio de la domus de Cayo Fannio

Cayo sonrió con afecto en cuanto vio aparecer del interior de la casa a Fannio, y no era para menos. Amigo de la infancia de su hermano Tiberio y del malogrado Octavio —políticamente hablando—, miembro del contubernio de los pedos en las campañas contra Viriato y compañero de Tiberio en mil peligros, entre ellos haber puesto en segundo lugar el pie en las murallas de Cartago —detrás de su hermano—, Fannio era casi como de la familia, aunque no lo hubiera visto apenas en años al encontrarse casi siempre en provincias o en destinos militares. Era un alegría tenerlo de nuevo en Roma y en aquella situación.

Ambos, en mitad del atrio, rodeados por algunas pocas decenas de amigos y clientes, apretaron mutua y efusivamente sus antebrazos, clavándose las miradas con emoción y decisión.

—Hoy tu cabello pelirrojo brilla más que nunca —bromeó Cayo.

—Te recordaba más alto —replicó Fannio con cara de guasa, lo que no molestó a Cayo. Fannio, ya desde su juventud, había sido el rebelde que importunaba a todos con sus bromas y gracietas, algo que solía exasperar a Tiberio y a Octavio, ambos de carácter más pausado.

—¿Acaso quieres que hoy me retire? —repuso Cayo como contraataque, pero esta vez mostrando una súbita nostalgia que Fannio no tardó en advertir.

—Lo sé, Cayo —le dijo con cariño—. Tiberio y yo teníamos la misma edad. De no haber ocurrido, hoy le acompañarías a él al Campo de Marte para ser elegido cónsul. Espero que te conformes conmigo.

Cayo recuperó la fuerza y asintió con decisión.

—Es un honor acompañarte —afirmó.

—¡Pues vamos ya! —celebró Fannio—. Roma entera aguarda tu secreto. ¡Vamos! —Y tomó a Cayo y ambos caminaron majestuosos hasta el Campo de Marte, acompañados siempre por una gigantesca multitud arremolinada que creció exponencialmente en cuanto llegaron a los prados de la Villa Pública, muy cerca ya de los saepta, donde el resto de los candidatos, entre ellos Opimio, ya podía verlos.

—¿Le ves la cara? ¡Puede convertirnos en piedra! —rio Fannio.

Cayo cruzó su mirada un instante con Opimio, cuyo gesto era tan terrible como el de Medusa. Eso sí, sin esperar a que lo convirtiera en piedra, tomó la mano de Fannio y la elevó al cielo, provocando un clamor gigantesco a su alrededor.

—¡Este es el favor que os quería pedir! ¡Haced cónsul a Cayo Fannio y tanto yo como mi hermano desde el inframundo os estaremos eternamente agradecidos! ¡Fannio es vuestro cónsul plebeyo! ¡Votad a Fannio!

Cayo no pudo seguir, sucediendo todo con extrema velocidad.

La multitud tomó en volandas a Fannio y lo depositó en la tribuna de los candidatos. Se llamó entonces a votar. Los ciudadanos corrieron a hacerlo, cada uno en su centuria. Pronto fueron llegándole al presidente de los comicios, el cónsul saliente Tito Quincio Flaminino, el cómputo de las centurias. Senatorial empedernido, se resistió a cantar el resultado, algo que le fue imposible demorar pasado el mediodía. Cayo Fannio era el nuevo cónsul plebeyo de Roma.

La victoria era total.

La derrota de Opimio era absoluta y humillante.

Esa misma noche, envuelto en la demencia, Opimio regresó a la tabla Valeria en compañía de sus excrementos sociales.

—Que no entre nadie —le escupió a Atilio, y se introdujo solo en el callejón, donde la luna llena permitía vislumbrar los colores de la obra y la cabecita del cartaginés de asombroso parecido. La observó un solo instante antes de extraer del sago un martillo y emprenderla a golpes.

—¡Juro que te mataré! ¡Lo juro, lo juro, lo juro! —ofrendó sacrificial y repetidamente en la oscuridad, destrozando la representación del púnico hasta agrietar la roca misma.