Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) En la tabla Valeria
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En la tabla Valeria

Roma, finales de noviembre

Opimio disfrutaba enormemente en aquel lugar. Alejado del ruido, escondido incluso, se recreaba de modo inmortal y eterno.

Obnubilado con la grandiosa y heroica obra pintada en el muro lateral de la curia Hostilia, se comparaba una y otra vez con el gran Manio Valerio Máximo Mesala, brillantemente inmortalizado en su victoria sobre Hierón de Siracusa y los cartagineses en la Primera Guerra Púnica.

Aquel estrecho callejón apretujado entre el edificio del Senado y la basílica Porcia —que albergaba la famosa tabla Valeria— era el lugar de sus sueños y ambiciones. Muchos decían que debía derrumbarse la basílica construida por Catón para que pudiera verse de nuevo en toda su plenitud la inmensa y colorida obra mural que adornaba la pared lateral de la curia Hostilia, pero él aborrecía tal propuesta.

En ese pasillito entre ambas construcciones, sin miradas ni ajetreos, él alimentaba su destino, en la oscuridad de las sombras, con ojos brillantes de depredador en una noche de caza y sangre.

En aquel lugar había reunido hacía años a sus excrementos sociales antes de echar abajo la propuesta de ley de Carbón para la reelección de los tribunos de la plebe, presionando a los votantes en los pasillos de votación.

Era también el refugio al que había acudido para insuflarse de la fuerza homérica de Manio Valerio Máximo Mesala antes de su elección como tribuno de la plebe, cuestor, edil y pretor, o incluso antes de la maravillosa y orgiástica destrucción de Fregelas.

Aquel pequeño y sombrío espacio era, en suma, su templo, donde ofrendaba sacrificios cruentos para la consecución de sus ansias, presentes y futuras, algunas menores, pero otras enormes e ilusionantes como la que acababa de formalizar aquella misma mañana en las oficinas senatoriales, nada más y nada menos que la presentación oficial de su candidatura al consulado para el año entrante.

Sus deseos se cumplían, uno tras otro, gracias a la tabla Valeria.

Pronto sería cónsul de Roma.

Salivando de placer, se acercó al mural y acarició con las yemas de los dedos las grebas de Manio Valerio Máximo Mesala, coloreadas a la altura de sus ojos. Después, poco a poco, fue elevando la vista para poder apreciar en toda su plenitud la magnífica figura del gran imperator, sus piernas fibrosas, los faldellines, su armadura y su capa, la espada blandida y, finalmente, en lo más alto, la expresión de un rostro violento e inflexible, con ojos en llamas frente a los que los cartagineses eran arrasados y pisoteados con expresiones de pánico.

Una de aquellas caras púnicas captó de pronto su atención. Tenía la boca abierta, tanto como los ojos, y levantaba su mano para proteger su cabeza antes de la muerte. Opimio pasó sus dedos por encima de aquel rostro y, sin poderlo evitar, súbitamente, le propinó un puñetazo, chocando aparatosamente sus nudillos contra la piedra.

—Señor —oyó que alguien lo llamaba en ese instante.

Opimio, con la piel de los nudillos raspada y levantada, giró su cuello y fulminó al insolente que le interrumpía en su grandeza.

—Qué quieres —le bufó al cabecilla de sus excrementos sociales, es decir, Atilio el Númida.

—Cayo Graco ya está en los rostra —se limitó a decir Atilio.

Opimio frunció el ceño, se miró los nudillos de los que comenzaba a manar sangre, aniquiló después la cara pintada del cartaginés que había desatado sus impulsos más agresivos y se marchó del pasillo, no sin decirle antes a Atilio al pasar a su lado:

—Me ha recordado a alguien.

Atilio siguió con la mirada a Opimio hasta verlo desaparecer en el comitium. Eso sí, muerto de curiosidad, antes de ir tras él, se acercó a la tabla y escrutó la carita golpeada. Incluso se había desprendido un poco de pigmento y masa, pero no tardó en comprender a su señor. Aquel cartaginés, aun con rasgos morenos del norte de África, guardaba un parecido asombroso con Cayo Sempronio Graco.

Opimio surcó la plaza de los comicios, abarrotada en todos sus extremos, y se encaminó al tradicional senaculum, donde unos doscientos senadores aguardaban ya el inicio de la nueva perorata de Cayo Graco.

—A ver con qué nos obsequia hoy —le dijo a Pompeyo con pura mordacidad, colocándose a su lado en primera fila.

—¿Y esa mano? —preguntó el pelirrojo, escrutando los nudillos de Opimio en carne viva.

—Escuchémosle —se limitó a contestar Opimio, y señaló a Cayo, que con el brazo en alto se disponía a comenzar su enésima contio.

Pompeyo, algo molesto porque ignorase su pregunta, le dedicó a Opimio una severa mirada. Aquel hombre y sus destellos de crueldad y locura se iban imponiendo en el Senado con una inercia autoritaria superior incluso a la de los censorios y consulares. En cuanto asaltase el consulado, no iba a haber padre conscripto que pudiera toserle, y en verdad que tal cosa iba a suceder en breve, teniendo en cuenta que ninguno de los candidatos plebeyos tenía las más mínima oportunidad para vencerle, tampoco el recién llegado Cayo Fannio, antaño amigo de Tiberio.

Con el morro torcido, dirigió sus ojos saltones hacia Cayo, que acababa de arrancar su intervención.

—¡Quirites, hoy seré muy breve! —decía—. ¡Muchos de vosotros habéis celebrado las obras que he emprendido en toda Italia, que consideráis necesarias y muy oportunas!

—¡Te lo agradeceremos incluso en el inframundo! —chilló un ciudadano, provocando un coro de carcajadas.

Cayo también rio, pero pronto se abalanzó.

—Pero como quiero que me lo agradezcáis en vida, ¿estáis dispuestos a darme ya pruebas de vuestra benevolencia? ¡No es necesario esperar al inframundo! —bromeó sonriente, provocando nuevas risas de la multitud—. ¡Lo que quiero deciros —continuó— es que hoy tengo que pediros una gracia! ¡Sí, esta vez soy yo el que vengo a solicitaros un favor, uno que si no me es dado no levantara en mí ni una sola queja! ¡No debéis temer por ello ni sentiros en deuda!

—¿Y qué favor es ese? —preguntó el mismo ciudadano.

—¡Te daremos lo que nos pidas! —aulló otro.

—¡Te daremos el consulado! —bramó venido arriba un tercero.

Cayo elevó las manos como pidiendo mesura.

—No puedo desvelarlo todavía, pero cuando llegue el momento sabréis qué es —finalizó tan súbitamente y con un semblante de tan divertida malicia que la muchedumbre expulsó de las gargantas un rugido coral de excitada incertidumbre, desatándose de inmediato todas las especulaciones posibles en el foro, en las bocacalles y en las encrucijadas, entre ellas que Cayo aspiraba a ejercer conjuntamente tanto el tribunado como el consulado, idea esta que podía conducirlos al orgasmo colectivo.

Y si el pueblo daba crédito a esa posibilidad, también el Senado.

—Es imposible, ¡no se atreverá a tanto! —chilló Pompeyo con sus habituales gorgoritos de pito desde el senaculum, girando como una peonza al tiempo que todos los senadores contraían grotescamente sus patricios rostros y comenzaban a agitar sus brazos.

Opimio, en cambio, no dijo nada.

Exhibiendo un gesto asesino se marchó solo, pero no en dirección al Palatino, sino hacia el comitium, colándose nuevamente entre la basílica Porcia y la curia Hostilia.

Y allí, en cólera, descarnó a golpes aún más sus nudillos contra el mural y el cartaginés asustado que se parecía a Cayo Sempronio Graco.

Si Graco pretendía el consulado, o le privaba del mismo, lo haría, bien que lo sabían los dioses. Lo mataría.