De tu Cayo, que te quiere
Ya en el mes de november, con la llegada del mal tiempo, Cayo regresó a Roma, pero sin dejar de trabajar de sol a sol.
Siguió supervisando caudales y contrataciones, controló proyectos y cuidó del precio del grano y de sus repartos estatales.
Se reunió igualmente de modo incansable con Flaco y repasó cada línea de las nuevas rogationes, examinadas estas nuevamente por un Publio Mucio Escévola que, asombrado, las validó desde su posición de experto jurisconsulto.
Acudió también al Senado, atendió a sus numerosos clientes e incluso tuvo tiempo para avivar su pasión con Licinia.
Todo lo hizo y todo lo hizo bien, nada de lo cual impidió que, sin embargo, ya en december, en la mañana previa a la toma de posesión de su segundo tribunado de la plebe, le invadieran las dudas.
Sí, por extraño que le pareciera, las dudas.
Porque las palabras de una Licinia repentinamente asustada en las últimas Lemurias revoloteaban todavía en su mente, intranquilas, aleteando como murciélagos en la noche, pero ahora todavía con mucha más intensidad al saber que la guerra se aproximaba nuevamente a pasos agigantados. En los últimos meses había disfrutado como un niño con sus almacenes y calzadas, pero el tiempo de la batalla política se cernía de nuevo sobre su cabeza, y no había mayor peligro en Roma que la lucha pública.
Por ello, debía saberlo.
Simplemente tenía que salir de dudas.
Debía comprobar por sí mismo si sus caballos galopaban demasiado impetuosos o incluso temerarios.
—Europo, tráeme un sago con capucha. Y acompáñame —le dijo a su fiel esclavo un mañana fría y soleada.
Europo tardó un instante en moverse del sitio.
A sus treinta y cuatro años, arrancado de su Asia natal tras la guerra de Roma contra Aristónico, había aprendido a querer a su amo de modo anormalmente rápido. No era un amor carnal, por supuesto, porque a él las mujeres le traían de cabeza, especialmente las romanas por su gestualidad exagerada, su mal genio innato y también por una sensualidad contenida y morbosa que lo volvía loco.
No, el amor que le profesaba a su amo era muy distinto. Se traducía en admiración y, sin solución de continuidad, en lealtad.
Porque su amo era exigente y decía y hacía con severa justicia cuanto debía hacerse, pero no humillaba, no vejaba. Ordenaba y disciplinaba, sí, pero era recto. E incluso le dejaba leer los rollos de la biblioteca. La esclavitud no era, por supuesto, nada deseable en su existencia, pero junto a Cayo Sempronio Graco era más llevadera e incluso culta e inteligente.
—Europo, muévete —oyó que le insistía su amo, sacándolo de su momentánea abstracción.
—¿El señor no desea ser visto? —le preguntó extrañado. Su amo siempre iba acompañado a todas partes por miles de clientes.
—Hoy no, Europo, hoy no deseo ser visto. Hoy solo quiero observar sin que nadie me conozca. Acompáñame.
Poco después, Cayo, seguido de Europo, abandonaba su domus palatina bien enfundado en un grueso sago invernal con una capucha que sumergía su rostro en las tinieblas.
—No —se limitó a decir igualmente a los escoltas habituales en cuanto estos se dispusieron a seguirlo—. Hoy no.
Cayo descendió del palatino por las escaleras de Caco, alcanzando al poco rato el foro Boario.
Era día de mercado y estaba atestado de las vacas, ovejas y cerdos traídos por los ganaderos para su venta, razón por la que le resultó muy sencillo pasar desapercibido.
Después, dejado atrás el foro Boario, pasó junto a los templos de Ceres y Flora y acometió el ascenso de su primer gran objetivo de su expedición, el Aventino.
De esta guisa, subió con brío por el clivus Publicius, pero por poco tiempo, porque a la altura del templo de Luna se coló por las callejuelas de la colina plebeya por excelencia, una auténtica, caótica e intrincada red de calles angostas en las que no entraba la luz del sol, pero sí, y escandalosamente —a sus ojos—, la miseria y la podredumbre. Allí se hacinaban miles y miles de personas andrajosas conviviendo con sus propias heces y orines, envueltas en harapos, comiendo pan seco o lo que fuera aquello, mostrando rostros enjutos y sin dientes, arremolinados todos en ínsulas de varios pisos que amenazaban con derrumbarse.
—Vamos —le dijo al rato a Europo después de haber visto, y olido, el estercolero de las calles del Aventino.
Cruzando bajo las arcadas urbanas del Aqua Marcia, tomó el vicus Piscinae Publicae, plantándose en el lado oriental del Circo Máximo. Allí caminó dejando a su izquierda las estribaciones orientales del Palatino y se adentró en el mons Oppius y después, sucesivamente, en el mons Cispius y en el Viminal a través del vicus Sobrius. Lo que veía y olía era exactamente lo mismo que en el Aventino.
Al mediodía atravesó el Quirinal, descendiendo hacia el populoso barrio de la Subura por el clivus Salutis, ocurriendo allí finalmente lo inevitable en el cruce con la Subura Maior.
Primero se le quedó mirando muy fijamente un niño que apenas tendría doce años. Aun así, Cayo siguió adelante, sorteando obstáculos, puestos de comerciantes y el gentío.
Pero el niño se acercó corriendo a quien podía ser su madre y lo señaló. La mujer lo miró a su vez y corrió hasta quien podría ser su esposo, quien lo escrutó igualmente.
Y a este, al supuesto esposo, le faltó tiempo para acercarse hasta otro grupo que dormitaba en un cruce y señalarlo sin tapujo.
Cayo aceleró sus pasos, pero era demasiado tarde.
—¡Es Cayo Sempronio Graco! —gritó el supuesto esposo.
Y se hizo el caos, alzándose al cielo de la Subura, más arriba incluso que las destartaladas ínsulas, un clamor de adoración.
—Tenía que suceder —oyó Cayo que ironizaba Europo antes de ser rodeado por decenas de hombres, mujeres y niños con las bocas abiertas y ojos llenos de un brillo que iluminaba el barrio.
—¡Mis hijos tienen pan gracias a ti! —gritó una mujer.
—¡Mi hermano trabaja en la construcción de los caminos rurales y nos envía su dinero! ¡Ahora podemos vivir! —aulló un hombre.
—¡Mi padre fue ejecutado por el tribunal ilegal de Lenas! ¡Tú me has devuelto la dignidad! —sollozó otro, queriendo tocarlo.
—¡En unos días iré con mi familia a Etruria donde podré cultivar una parcela asignada por la ley agraria! ¡Vuelvo a ser un ciudadano gracias a ti y a tu hermano! —chilló otro más.
—¡Mi hijo de quince años estaba a punto de marchar a Hispania como legionario! ¡Tú ley lo ha impedido! ¡Es tan joven! ¡No hay palabras para agradecértelo! —rugió efusiva una madre centelleante.
Y así cientos y cientos de ciudadanos con sus mujeres e hijos, durante horas y horas que Cayo, ahora ya con la capucha bajada y el rostro al aire, correspondió con una inmensa sonrisa, abrazando a unos, dando apretones de manos a otros, e incluso dejándose besar en la mejilla por las mujeres más atrevidas.
—¿Dónde están Pompeyo y el resto de los senadores? —preguntó en un momento dado, a voz en grito, un ciudadano—. ¡Allí, en sus casas del Palatino, despreciándonos, engordando con sus tierras! —rugió a continuación para, a su vez, iniciar el cántico que todos conocían bien y que todos secundaron—: ¡Graco, Graco, Graco!
Cayo regresó a su domus cuando anochecía. Fue a sentarse a una silla adosada a la pared apenas pisó el atrio.
Estaba agotado, pero eufórico.
Miró al suelo y apretó los puños. Después elevó una mirada invencible y se dirigió a Europo, que lo observaba con admirado respeto.
—Los caballos galopan y han de seguir galopando. He de hacerlo por ellos. ¿Tú también lo has visto?
—El hombre es un lobo para el hombre —espetó Europo, provocando que Cayo se le quedara mirando.
—¿Dónde has oído eso? —le preguntó sorprendido.
—Lo escribió Plauto en su obra Asinaria. He creído que era un buen momento para decir que muchos senadores se comportan como lobos con el pueblo. No es el caso del señor —dijo Europo, y dio un paso atrás, pero sin bajar la mirada.
Cayo se puso en pie y posó la mano en el hombro de su esclavo.
—Pues no sea yo un lobo, sino una turma de caballería. ¡Que resuenen las tubas de ataque! —exclamó antes de que una pequeña centella rubia se le echase encima sin ser vista. Su hija Sempronia era otro terremoto. Su «terremotillo», como la llamaba muchas veces.
Al día siguiente, Cayo tomaba posesión por segunda vez del tribunado de la plebe. Armado con la panoplia de la convicción y con sus nueve leyes aprobadas, se sentía preparado para iniciar la batalla final, la más desabrida para disminuir definitivamente la nefasta y mal dirigida autoridad del Senado.
Y Opimio era esta vez el primer cuerpo de combate con el que iba a impactar.
Que galopasen los caballos.