Disipando dudas
Roma, de julio a diciembre
A mediados de iunius, Cayo presentó una nueva propuesta de ley, la novena en su incasable tribunado, esta vez para establecer que las provincias se sortearan antes de las elecciones consulares, y no tras la toma de posesión de los cónsules a comienzos de año.47 Pretendía con ello evitar las corruptelas, sobornos, estratagemas e intereses varios a los que se abocaban los cónsules una vez que eran elegidos. El gobierno provincial no debía ser objeto de intereses espurios.
Fuese o no una medida verdaderamente relevante, el Senado en bloque, con la piel ya muy fina, se revolvió cual viborilla acorralada y virulenta, pero nuevamente sin éxito. Todo lo que Cayo proponía era aprobado por el pueblo.
Hecho esto, teniendo en cuenta que los nuevos tribunos de la plebe no tomarían posesión del cargo hasta december, Cayo aprovechó los meses del estío y los otoñales para trabajar febrilmente en la materialización de sus leyes, fundamentalmente la frumentaria y la agraria, las cuales exigían la delimitación de lindes de parcelas, estudios catastrales, la construcción de caminos rurales, el levantamiento de graneros y hórreos y la logística y contrataciones públicas oportunas, incluida la financiación a cargo del tesoro público y el control del gasto de todas las inversiones y trabajos.
En todo ello se afanó personalmente hasta la extenuación, según su habitual exigencia, capaz de emprender y llevar a buen término muchas acciones a la vez, rodeándose de cientos de operarios, canteros, artesanos, artistas, transportistas, escribas y contratistas a los que llamaba por su nombre y que iban con él a todas partes, ya fuese en Roma como en Etruria, el Lacio o allí donde se requiriese su presencia.
Todo lo asumía con una energía y compromiso extraordinarios que sorprendían a propios y extraños, pero que, de un modo u otro, no hacían más que aumentar su popularidad y cariño, alejándolo del carácter temible, violento y fiero que dibujaban los senatoriales.
De todas sus obras aquella que más ilusión le despertaba era la tupida red de caminos rurales para garantizar el suministro rápido, eficaz y permanente de cereal, faltándole tiempo una calurosa tarde de september para tomar cálamo y pergamino y enviar a Licinia una inusual carta que no hacía sino mostrar el entusiasmo efervescente en todo aquello que emprendía.
Le era inevitable.
Licinia, al recibirla pocos días después, pese a su creciente preocupación por Cayo, no pudo más que esbozar una sonrisa.
Su esposo era único.
Le contaba lo siguiente:
Querida Licinia:
Tendrías que estar aquí para ver todos los trabajos y sus avances. ¡Cuánto lo desearía! Mi principal cuidado lo estoy poniendo en los caminos, atendiendo siempre a su utilidad al mismo tiempo que a la comodidad y buena vista, porque son muy rectos y atraviesan el terreno sin vueltas ni rodeos. El fundamento es de piedra labrada, que se une y maciza con guijo. Los barrancos y precipicios excavados por los arroyos los igualamos y juntamos en el llano por medio de puentes. La altura es la misma tanto por un lado como por el otro, y son siempre paralelos, de manera que toda la obra tiene una vista uniforme y hermosa. Además, todo el camino está medido, y cada milla colocamos una columna de piedra que sirva como señal a los viajeros y a los transportistas. Fijamos también piedras a los lados del camino, a corta distancia unas de las otras, para que los que van a caballo puedan montar entre ellas sin tener que aguardar a que haya quien los ayude.
Todo ello me apasiona. ¡Me encantan los caminos! ¡Solo ansío que los veas!