Te sienta bien el tribunado
Roma, comienzos de junio
A comienzos de iunius, Flaco regresó a Roma después de su exitosa campaña contra los saluvios, solicitando al Senado que se le concediera el triunfo que merecía.
—Si me quisieron quitar de en medio y enviarme a luchar contra esa miserable tribu alpina, que el Senado se trague su malicia. Tengo derecho a entrar en Roma como un triunfador —le dijo a Cayo entre dientes cuando este fue a visitarle a la Villa Pública. Desde lo de Fregelas y el fracaso de su ley de ciudadanía romana, el rencor cohabitaba de nuevo en las cavidades más profundas de su ser.
De todas maneras, como era natural, los senatoriales se pusieron de todos los colores en cuanto conocieron la petición, buscando como fuera un motivo para oponerse.
Así las cosas, ordenaron a los cuestores que examinaran como si fuera lo último de sus vidas las tablillas y la veracidad de las cifras de enemigos muertos en batalla; entrevistaron al cuestor consular, a los tribunos militares y a centuriones; leyeron las cartas de recomendación y agradecimiento de los habitantes de Massilia, tratando de comprobar si eran falsas; e incluso hablaron con simples legionarios y con los mercaderes que seguían a las legiones en combate, pero solo para confirmar una realidad tan lacerante como si les metieran un barra ardiente por el orificio de sus nobles culos. Flaco había dado muerte a seis mil trescientos treinta y tres enemigos de un pueblo salvaje y agresivo, ni uno más y ni uno menos. Por lo tanto, merecía el triunfo.
—El Senado autoriza a Marco Fulvio Flaco a entrar en Roma como un triunfador al frente de su ejército —tartamudeó en el templo de Bellona, después de haberse atragantado repetidas veces con su propia mala bilis, el cónsul Tito Quincio Flaminino, senatorial hasta la médula.
Así lo hizo Flaco.
A mediados de mes surcó Roma con el rostro bermellón, entre aclamaciones, disfrutando como nunca al ver las caras estreñidas de los Pompeyo, Bruto, Opimio y compañía. Incluso olvidó por unos instantes que su cicatriz seguía palpitando hostil, gruesa y rojiza.
—¡El éxtasis! ¡Ha sido el éxtasis! —clamó entusiasmado, tras la celebración del triunfo en una cena en la que solo contaba con un único invitado, Cayo—. ¡Jamás pensé que el destino me depararía esta venganza! ¡Por todos los dioses, los ojos saltones de Pompeyo parecían que iban a salir despedidos! ¡Y Opimio tenía espuma en la boca!
Cayo, tranquilamente recostado en el triclinio con una copa de vino en la mano, dejaba que su amigo se desahogara.
Que disfrutase por una noche.
—¿Y no has visto a Metelo Macedónico? —acabó preguntándole al rato con gesto pícaro, provocando que Flaco abriera la boca y se irguiera en el triclinio como una cobra.
—¡Cómo no iba a verlo! ¡Estaba hinchado como un pavo!
—Razones tiene para ello —secundó un divertido Cayo—. Su hijo Quinto, el mayor de sus cuatro rocas, no solo ha conseguido el consulado en su edad, sino que está obteniendo sonadas victorias contra los baleáricos y sus famosos honderos. Se rumorea que el Senado sopesa concederle el cognomen Baleárico cuando regrese de las islas.
—¡Si el Senado no lo hace, Metelo fagocitará a todos los senadores de un solo bocado! —rio Flaco, y añadió súbitamente reflexivo—: Aunque a veces, Cayo, pienso que Metelo es el más inteligente de todos nosotros. Sin mojarse el culo, nadie lo ataca, y sus hijos y sobrinos, que son legión, no hacen otra cosa que medrar y ocupar todas las magistraturas una detrás de la otra. Tal vez en Roma haya un tiempo en el que solo queden Metelos.
—Es posible, Marco, es posible —musitó Cayo—, pero hasta que eso suceda, es momento de hablar de lo inmediato.
Flaco asintió y se recostó en el diván.
—Para las nuevas propuestas de ley necesitamos un colegio tribunicio en mayoría —fue al grano, asumiendo como propio el plan legislativo de Cayo.
—Tengo ya dos nombres —dijo este.
—Los puedo imaginar.
—Manio Acilio Glabrio y Cayo Rubrio —desveló Cayo.
Flaco confirmó con la cabeza.
—Me convencen. Que cada uno presente una propuesta. Es necesario repartir. Que parezca que las rogationes nacen, no de un tribuno, sino del colegio en su conjunto —aseveró.
—Y aun así es poco —dejó caer Cayo, arrastrando las palabras y provocando que a Flaco se le propulsara una ceja.
—¿Qué quieres decir? —interpeló.
—Lo que quiero decir… —se arrancó Cayo antes de detener su frase—. Lo que quiero proponerte —continuó ahora clavando la mirada en su colega— es algo que pondrá a los senatoriales los ojos del revés, pero que por muy novedoso que sea, puede hacerse. Es más, debe hacerse. Debemos hacerlo.
—¡Edepol, de qué se trata! —exclamó Flaco muerto de curiosidad, echando inconscientemente el cuerpo hacia adelante.
—Muy sencillo —afirmó Cayo—. No solo debemos tener mayoría en el colegio y repartir las rogationes. Debemos ser la mole del monte Olimpo con todo su peso. Debemos ser un colegio tribunicio con una dignidad jamás vista. Y tenemos que protegernos con la sacrosantidad del tribunado, tanto tú como yo —dijo, señalando a Flaco y a continuación a sí mismo.
—¿Tú y yo?
—Tú y yo.
Flaco arrugó la frente. Creía entenderlo, pero era, en efecto, muy novedoso, e incluso reaccionario.
—¿Me estás proponiendo que me presente contigo a tribuno de la plebe después de haber sido cónsul?
—Es justamente lo que te estoy proponiendo —dijo Cayo con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Eso no se ha hecho nunca! —se resistió Flaco.
—Lo que solo significa que no se le ha ocurrido a nadie —espetó Cayo sin perder su sonrisa, pero dándole tiempo a Flaco para que su cicatriz se le fuera estirando, lo que solo ocurría cuando sonreía también.
—Tú y yo tribunos de la plebe…
—¿No es una idea brillante?
La cicatriz de Flaco terminó por estirarse del todo, confiriéndole un gesto de divertida malicia.
—Te está sentando bien el tribunado —bisbiseó, ya plenamente convencido. La idea era sublime. Un cónsul triunfador postulándose a tribuno de la plebe. Sencillamente impactante y majestuoso.
Pero Cayo no había terminado.
—Hará falta una cosa más.
Flaco volvió a echar el cuerpo hacia adelante.
—Soy todo oídos.
—Este año presentará su candidatura al consulado Cayo Fannio.
—Lo sé, vuelve a Roma.
—Y este año también presentará su candidatura otro hombre al que amas en exceso —ironizó Cayo.
—Lucio Opimio —porfió Flaco, y entornó los ojos.
—Y no nos conviene que lo sea —continuó Cayo—. Como cónsul tendría demasiado poder para hacernos daño.
Flaco exhaló un ronroneo maléfico.
—Te está sentando bien el tribunado —repitió.
—¿Trato hecho? —dijo Cayo, y ofreció su mano.
—Opimio nos odiará hasta el fin de sus días.
—¿Y qué más da? Ya no nos puede odiar más.
—¿Y cómo piensas evitar que Opimio alcance el consulado? —interpeló Flaco con una ceja levantada.
—Déjame que te lo cuente.
—¡Trato hecho! —confirmó Flaco al poco, tras escuchar los planes de Cayo, estrechando con fuerza su mano.
Cayo hizo lo propio, contento y satisfecho, mucho más cuando tres semanas después, ignorando los berridos histéricos de Pompeyo y de sus adláteres senatoriales sobre la sorprendente candidatura de Flaco, los ciudadanos convocados para la elección de los nuevos tribunos del año entrante les dieron mayoritariamente sus votos, a ellos dos, a sus aliados Manio Acilio Glabrio y Cayo Rubrio, y también a otro hombre culto, educado, inteligente y de excelsa familia aristocrática, hijo de cónsul y descendiente de un censor.
Ese hombre para algunos tenía los testículos de un buey, pero de uno refinado y aristocrático.
Ese hombre era la nueva esperanza de los senatoriales.
No era otro que Marco Livio Druso.