Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Lemuria
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Lemuria

Roma, día de los muertos. 13 de mayo

Toda la casa estaba en silencio.

Y a oscuras.

Licinia y la pequeña Sempronia dormían —o eso quería creer, porque su hija estaba en realidad muerta de miedo— en el cubiculum adyacente al suyo. Era medianoche y hacía ya un rato que una temible ventisca soplaba con furia arrancando el crujido de vigas y techumbre.

El propio Cayo sintió un estremecimiento cuando se levantó del camastro y apoyó sus pies descalzos en el suelo. La domus entera chillaba azotada por el viento, o tal vez lo hiciera porque los espectros atormentados y las larvas errantes y maléficas de los difuntos sin sepultura o violentados en vida recorrían ya el atrio y el peristilo.

Aquella noche de muertos era ritual, sí, pero temible y escalofriante en la que él, como pater familias, debía apaciguar a los espíritus funestos aun a riesgo de topárselos en la oscuridad.

Por ello, acompañado únicamente por su esclavo Europo, que portaba una débil lucerna, caminó en la penumbra hasta una pequeña fuente adosada a una de las paredes del atrio. El agua fría manaba suavemente. Se lavó las manos, las secó con un paño y tomó un plato con habas negras sin cocinar que le ofreció Europo. En ese instante sintió una presencia a su espalda. Alarmado, se giró. No había nada, solo sombras.

Respiró y echó a andar, muy despacio, siempre de frente y sin mirar atrás. No debía hacerlo. No debía sucumbir a la creciente intranquilidad al albur de un temor sugestionado. Sentía una fuerza en su espalda, una corriente fría que lo acompañaba. Pero no debía mirar atrás. Solo pronunciar las plegarias para aplacar aquellas fuerzas incorpóreas que aquella noche sembraban el terror y vaciaban las calles de Roma.

—Te ofrezco estas habas —comenzó a exhortar según la fórmula tradicional—. Con ellas me redimo a mí y a los míos —añadió sin dejar de andar en las tinieblas de la casa mientras lanzaba un haba hacia atrás por encima de su hombro para, a continuación, hacer una castañeta con los dedos—. Te ofrezco estas habas. Con ellas me redimo a mí y a los míos —repitió, propulsó otra haba y volvió a chasquear los dedos, así hasta nueve veces, escuchando solo su propia respiración y la lucha de la borrasca por levantar su domus por los aires, siempre con la confianza de que los lemures y larvas fueran recogiendo las judías y siguieran su errante camino sin ser vistas ni mostrar su hostilidad.

Recorrida toda la casa, con el aliento entrecortado, se acercó de nuevo hasta la fuente del atrio. Miró a Europo, único que le había acompañado en su inquietante peregrinaje.

—Ahora —le autorizó.

Europo asintió y comenzó a golpear una olla de bronce. Lo hizo con suavidad, lánguido, para no alterar a los espectros.

Y lo sintió.

Supo que estaba allí, a su espalda, flotando en la tiniebla.

La corriente ya no era fría, sino cálida y amable.

Le pareció incluso que una mano se posaba en su hombro.

Respiró hondo y habló con tono solemne.

—¡Manes de mis ancestros, salid! —exclamó según las fórmulas de exorcización, y se dio la vuelta de golpe.

No había nada.

Solo oscuridad.

El rito había terminado.

De vuelta hacia los dormitorios, entró en el de Sempronia con una pequeña lucerna. Como esperaba, las luces del aceite con su débil llamita anaranjada hicieron centellear los preciosos e infantiles ojos azules de su hija, abiertos como platos, incorporada en el camastro. Licinia estaba recostada junto a la niña.

—¡No ha pegado ojo! —protestó la madre.

—¡Tata, ¿has visto alguna larva?!

Cayo fue a sentarse en el borde del jergón, donde Sempronia lo miraba con temor y curiosidad.

—No he visto ninguna, pero sí han cogido las nueve habas que he lanzado por encima de mi hombro —mintió.

—¡Qué miedo! —gritó Sempronia, zambulléndose bajo la manta.

Licinia contempló a Cayo y le sonrió, pero algo había en el rostro de su esposo que activó las máquinas de su intuición femenina.

—¡A dormir! —le dijo a Sempronia.

—Tengo miedo —insistió la niña, asomando los ojillos por encima de la manta.

—Ya no tienes nada que temer —trató de tranquilizarla su padre, y le dio un beso en la frente.

—A dormir, sin rechistar —ordenó Licinia.

Las exigencias de una madre eran de otra naturaleza dentro de la casa, por lo que Sempronia no tuvo otro remedio que conformarse. Su madre la arropó, su padre le dio un nuevo beso y la dejaron sola.

Cayo y Licinia salieron del cubiculum, pero en cuanto lo hicieron a ella le faltó tiempo para desatar su intuición.

—Has visto algo, lo sé, te conozco —se abalanzó.

Cayo frunció el ceño, pero fue sincero.

—Lo he sentido a él, en mi espalda, a Tiberio.

Un escalofrío sacudió a Licinia de arriba abajo.

—No me gusta, Cayo, no es un buen presagio —gimió.

—Es mi hermano, ¿qué daño puede hacerme?

—¿Que qué daño puede hacerte? —reaccionó ella como una centella—. ¿No le contaste hace unos días a Matón que en Sardinia se te habían aparecido en sueños Tiberio y tu abuelo? —añadió, provocando que Cayo torciera el morro. Aquella había sido una conversación privada, pero dentro de una domus la privacidad no triunfaba frente a los oídos de una hábil matrona que continuaba con su protesta—. ¿Y no le dijiste que Tiberio te había advertido de tu destino? ¡No me gusta, Cayo! ¡No me gusta nada!

Cayo sonrió con inmenso cariño. Licinia no acostumbraba a mostrar debilidades como aquella. Bien al contrario, siempre le había empujado a asumir la posición que ella misma esperaba de su esposo.

—No son las almas atormentadas algo de lo que debamos preocuparnos, Licinia, sino los senadores que tú ya conoces.

—¿Y crees que no lo veo? —se enrabietó Licinia—. ¿Crees que no vi sus caras cuando anunciaste la nueva ley de los tribunos de la plebe o cuando el pueblo la aprobó? ¡Me horroriza! ¡Hasta ahora el Senado se ha limitado a esperar pacientemente a que la tormenta amainara! ¡Pero eso ya no va a ocurrir! ¡Saben que vas a presentarte a un segundo tribunado!

—Es así.

—Y sé que guardas para entonces tus leyes más desagradables para los senadores, ¡y no me gusta! —saltó de nuevo Licinia—. Los veo, Cayo, allí, a los padres conscriptos, apretujados y atrincherados en el senaculum, soportando como pueden tu vendaval, azotados por tu fuerza y por tu popularidad arrolladora. Pero también veo el odio en sus caras, o algo peor. Veo de dónde nace ese odio. Nace del pánico, Cayo, ¡tienen pánico a que el mundo en el que nacieron y en el que han sido educados se desmorone como un templo que ya no complace a los dioses! Y así como un animal acorralado embiste con ceguera, ellos harán lo mismo, ¡y no quiero que termines como Tiberio! ¡Calma esos caballos de los que tanto me hablas! ¡Son muchas leyes y demasiado agrias! —lamentó en un chillido, y se echó en brazos de Cayo.

Este la abrazó con fuerza, acariciando sus cabellos.

—El destino del que me advirtió Tiberio en sueños es el de la grandeza y el de la defensa de los intereses del pueblo, Licinia, no el de la muerte —susurró con potente cariño.

—¡Júralo entonces! —chilló Licinia con angustia, separando su cuerpo del de Cayo—. ¡Júrame que tendrás cuidado!

Cayo clavó sus ojillos en aquel manojo de nervios y miedo.

—Lo juro, Licinia —dijo con colosal serenidad.

Ella se arrebujó de nuevo en su pecho con ojos llorosos.

—Entonces, solo falta que cumplas —balbució, plenamente consciente de que le estaba pidiendo a un torbellino que no levantara ni una sola brizna de aire.