Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Un dispendio de truenos
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Un dispendio de truenos

Roma, de febrero a mayo

Al albur de una alegría irrefrenable, en el concilio plebeyo celebrado a mediados de februarius el pueblo aprobó por mayoría atronadora la lex Sempronia frumentaria, lo que significaba que los ciudadanos más pobres podrían adquirir cinco modios de trigo al mes a un precio de tan solo seis sestercios y tres tercios.

Con su popularidad por las nubes, Cayo se desmadró.

En primer lugar, le faltó tiempo para reactivar los repartos de ager publicus entre pobres y desposeídos, y con una medida tan sencilla como devolver a los triunviros agrarios que él seguía encabezando sus poderes judiciales. De esta guisa, aprobada la lex Sempronia agraria, las tierras públicas volvieron a fluir hacia sus destinatarios, procurando, eso sí, no importunar los campos de los aliados para no tener que enfrentarse a un nuevo Sexto Pacuvio. El Senado, en cualquier caso, no pudo sino ver impotente cómo le birlaban de nuevo el control de las tierras del común.

Hecho esto, comoquiera que una de las quejas del pueblo más amargas era el enorme peso del servicio militar, cada vez más largo y oneroso en beneficio de la clase senatorial, única que se enriquecía con las guerras, Cayo aprobó la lex Sempronia militaris que contemplaba tres grandes novedades: la reducción del servicio en las legiones, la asunción por el erario público del equipamiento del legionario, que ya no le sería descontado de la paga, y que nadie que no tuviese los diecisiete años pudiera ser alistado en el ejército.

Sin freno y cuesta abajo, Cayo propuso a continuación una ley para construir por toda Italia silos y caminos rurales con los que garantizar el almacenamiento de grano en tiempos de escasez y la salida y distribución rápida del trigo de modo que no hubiera carestías ni aumentos de precio en momentos de carencia por guerras, hundimientos de flotas o rebeliones de esclavos. Cómo no, la ley fue aprobada.46

Pero todas las medidas populares requerían dinero, mucho dinero, por lo que a Cayo no se le ocurrió mejor idea que hacerse con el control del tesoro de Pérgamo dado a Roma en herencia por el difunto rey Atalo.

Como no podía ser de otra manera, el Senado se puso de todos los colores porque nadie más que la augusta cámara decidía estas cuestiones. Tiberio ya había conseguido hacer aprobar una ley parecida para financiar los aperos y demás inversiones que los beneficiados por la ley agraria debían asumir, pero con el tiempo había quedado olvidado. Cayo, simplemente, la reactivó, haciendo aprobar la lex Sempronia de provincia Asia.

Cayo, sin embargo, galopando a la carrera, reservó el plato fuerte para aprilis, tomando la tribuna de los oradores por enésima vez para desesperación de los senadores.

Esta vez, sin embargo, iba a provocar convulsiones en casi todos, espumarajos en la boca en otros, arrancamiento masivo de cabellos en algunos y orinarse encima en los menos.

Y es que Tiberio había muerto por aquello que iba a proponer.

Carbón lo había intentado poco después, pero sin éxito.

Él, en cambio, lo iba a conseguir con un simple soplo.

Porque qué distintos eran ahora los tiempos.

Lo intolerable hacía bien poco iba a ser ahora tolerado por todos, aunque para los senadores fuera como tragarse un sapo de charca tan verdoso como venenoso. Su hermano había muerto por una simple ley agraria y por buscar su reelección como tribuno. Él, sin embargo, no paraba de aprobar leyes conflictivas —y las que le quedaban— sin que el Senado pudiera hacer absolutamente nada.

Y nada iba a poder hacer, tampoco aquella mañana.

De esta guisa, arremetió con su energía natural.

—¡Quirites, ha sido de lo más persistente que el Senado se haya negado a admitir que los tribunos de la plebe pudieran repetir por un año más el tribunado de la plebe! ¿Y por qué se han negado? ¿Por qué, cuando ellos han podido repetir consulados o mantenerse en el gobierno como procónsules o propretores? ¡Porque es lo conveniente para el éxito en las guerras largas, dicen! ¡Eso dicen, sí! —desdeñó, e hizo una pausa, pero solo para embestir con más fuerza—: ¡Pues yo os digo que lo que conviene a Roma es que un tribuno pueda defender vuestros derechos por más tiempo! ¡Si ellos pueden, nosotros también! ¡Gritad entonces! ¡Gritad que vuestra voluntad es que los tribunos del pueblo puedan iterar su cargo durante sucesivos años! ¡Solo así estaréis protegidos! ¡Solo así se respetará al pueblo! ¡Os los pido yo! ¡Sancionad la rogatio Sempronia de tribunis plebis reficiendis, y os juro que el año que viene, como tribuno de la plebe, volveré y propondré nuevas leyes en vuestro favor y por el bien de la República! ¡Aprobadla!

Para variar, fue un nuevo fin del mundo.

El pueblo detonó en una alegría brutal, incontrolable. Tiberio había muerto solo por querer repetir un segundo tribunado. No le fallarían de nuevo. De la mano de su hermano votarían y aprobarían la ley con entusiasmo. Cayo, su Cayo, volvería a ser su tribuno un año más o cuantas veces hiciera falta.

Cayo, atrapado por la masa enloquecida y los vítores, abandonó el foro sin mirar atrás, sin percatarse de que Pompeyo lo escrutaba desde el senaculum con gesto de desvarío.

La propuesta era infame.

Era demasiado.

Ya no se trataba solo de ataques a algunos senadores o de leyes populares de tipo militar, frumentario o agrario. Lo que significaba era que Cayo Graco podría ser tribuno tantos años como quisiese.

En suma, una tortura o incluso algo mucho peor.

Cayo Graco podría ser rey de Roma.

Lógicamente, quería destrozarlo. Ansiaba aniquilarlo.

Y él solo advertía una sola vez.

—¿Conocemos a alguien que esté dispuesto? —barbotó desde el senaculum, siguiendo la estela de un Cayo que abandonaba el foro tragado por la multitud—. ¿Conocemos a alguien? —repitió ante el mutismo del centenar de senadores que le rodeaban.

—Marco Livio Druso —propuso de pronto Opimio.

—Marco Livio Druso —musitó Pompeyo—. Me gusta ese nombre. Y me gusta ese hombre.

—Tiene unos testículos del tamaño de un buey —validó Bruto.

—De un buey refinado y aristocrático —matizó Opimio.

—¿Y estaría dispuesto? —preguntó Pompeyo.

—Conociéndolo, sí —contestó Opimio.

—¿Estáis todos de acuerdo? —interpeló Pompeyo, volviéndose hacia el resto. Ni uno solo de los senadores dejó de asentir—. Bien, Opimio, habla con él. Convéncelo —instó, y miró de nuevo al frente, hacia un foro abarrotado por la plebe urbana, sin poder evitar que se le fuera arqueando una de las comisuras de los labios.

Acababa de tener una idea, una muy brillante.

Porque enfrentarse a Cayo atacándolo se había demostrado una estrategia inútil. Cayo era una roca demasiado obstinada y su poder popular era intocable, al menos de momento.

Pero si Druso aceptaba, todo podría cambiar.

—¡Marco Livio Druso! —exclamó al tiempo que abandonaba felizmente el senaculum—. ¡El hombre de los huevos como los de un buey refinado y aristocrático! ¡Me encanta!