Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Primera y última advertencia
79%

Primera y última advertencia

Roma, esa misma noche

—¡Tata, eres el mejor romano! —exclamó la pequeña Sempronia, muerta de risa y con sus enormes ojos azules brillando—. ¡Y eres el mejor tata de Roma! —continuó al comprobar que sus palabras hacían gracia.

—¿Y no dices nada de tu madre? —protestó Licinia, fingiendo que se enfadaba—. ¿Tu madre no es la mejor de Roma? —añadió y atacó a su hija con unas cosquillas de carcajada irrefrenable.

—Pues yo creo que ya no seré el mejor padre en cuanto diga las palabras secretas —rio Cayo, yéndose a apoyar en la jamba de la puerta del cubiculum de Sempronia, desde donde seguía toda la escena y el complicado proceso de que su hija se metiera para dormir en el camastro.

—¿Y qué palabras son esas? —preguntó Licinia con voz de infantil oráculo, deteniendo por un instante el ataque y permitiendo que Sempronia, sentada en la cama, se quedara de pronto quieta y a la espera.

—¡A dormir! —dijo Cayo de golpe.

—¡No! —gritó Sempronia.

—¡Pues ahora verás! —exclamó Licinia, y reinició las cosquillas.

Sempronia lanzó unas carcajadas infinitas que bien podían dejarla sin respiración. Licinia hizo lo propio, y hasta Cayo las secundó mientras la esclava que cada noche realizaba aquella laboriosa tarea, o sea acostar a la niña, permanecía discretamente a su espalda, disfrutando ella misma de la felicidad que inundaba la casa.

Porque su amo Cayo había regresado del foro absolutamente pletórico, acompañado por una multitud que no dejaba de vitorearlo.

Sempronia también lo había visto, y aunque no comprendiera qué sucedía, sí que era capaz de absorber con sus ojillos infantiles el amor popular que se le profesaba a su padre.

Y de ahí sus orgullosos piropos.

Pero también que fuera imposible dormirla de excitada que estaba, mucho más de lo normal, que no era poco.

La alegría, sin embargo, se quebró súbitamente cuando Europo emergió de ninguna parte.

—Señor —dijo para llamar su atención.

—Dime, Europo —contestó Cayo, vuelto hacia él pero todavía apoyado en la jamba.

—El senador Quinto Pompeyo está en el atrio. Desea verlo… de inmediato —informó tras una prudente pausa.

Licinia interrumpió el ataque de cosquillas. Cayo se llevó la mano a la frente.

—¿Viene solo? —le preguntó a Europo.

—Sí.

—Yo me quedaré con Sempronia —ayudó Licinia.

Cayo resopló aparatosamente sin dejar de masajear sus sienes. Por mucho que supiera que aquella visita era inevitable y con toda seguridad para amenazarle, no por ello era más detestable. Lástima que en su plan legislativo no hubiera una ley específica para Pompeyo, la víbora cuya mente había pergeñado, primero, que muriera en Sardinia y, segundo, que permaneciera en la isla más tiempo del obligatorio.

—Llévalo al tablinum —bufó finalmente con gran esfuerzo.

Poco después se sentaba en una cátedra. Pompeyo le aguardaba sentado en otra justo enfrente.

—Y aquí está el campeón del pueblo —canturreó este sin esperar apenas a que su anfitrión se acomodara.

Cayo inhaló paciencia. No le iba a durar mucho.

—Qué quieres, Pompeyo.

—¡Qué pregunta tan insólita! —saltó Pompeyo, con una de sus muecas de magnífico tipo sin escrúpulos, algo que ejecutaba con gran perfección—. Sabes perfectamente a qué vengo.

—Estoy deseando que me lo digas tú.

—Pues así lo haré.

—Te lo ruego.

—Retira la propuesta de ley.

—No.

—Respeta la autoridad del Senado.

—El Senado es respetado.

—Su autoridad queda dañada.

—La autoridad se gana con el respeto y la decencia.

—¿Respeto y decencia? —repitió Pompeyo con una risita burlona, pero solo para agriar su rictus y ponerse faltón—. ¿Crees que es decente dilapidar el erario público? ¿Sabes lo que costará alimentar a miles de bocas improductivas? ¿Eres consciente de la incongruencia de tu propuesta? —se irguió en modo impertinentemente censorio—. ¡La plebe perderá sus valores! ¡Si se los alimenta como a bestias ociosas, en bestias ociosas se convertirán! ¡Abandonarán el trabajo en favor de la pereza! ¡Retira la ley! ¡Te lo exigimos! —solicitó, agitando sus carnes al tiempo que propulsaba sus labios hacia afuera, como solía hacer Nasica.

Cayo, tratando de ignorar aquel gesto —era lo que le faltaba, recordar a Nasica—, se le quedó mirando de modo sombrío. La furia se abría camino en su interior. Con aquel pelirrojo no podía evitarlo. Era superior a sus fuerzas.

—Pompeyo, tu dominio del arte de la negociación y de la cosa pública me apabullan —satirizó antes de estirarse sobre la silla y clavar sus ojos en los ojos saltones del pelirrojo—. Ya que me hablas de incongruencia —continuó con buenas dosis de vehemencia—, no hay mejor ejemplo que querer privar del grano a los pobres cuando les negáis a la vez un pedazo de ager publicus en el que poder vivir dignamente. ¡Por todos los dioses, Pompeyo, de todo les queréis privar, del alimento y de sus valores! ¡Y yo soy el incongruente! ¡No me hagas reír! —explosionó finalmente.

Pero no había terminado.

—¡Yo voy a llenar Italia entera de graneros para que haya trigo en las épocas de escasez! ¡Eso es decencia y no la obscenidad de olvidar la pobreza de los demás cuando los senadores os abastecéis de vuestras propiedades y nada os falta! ¡El erario y la moralidad os importan un bledo! ¡Lo que en realidad os atormenta es que no podáis crear tribunales a vuestro arbitrio! ¡O pagar vuestras torpezas en el uso de la magistraturas! ¡O el miedo a perder el control del tesoro para manejar los caudales de vuestras guerras! ¡No, Quinto Pompeyo, no retiraré la propuesta! ¡Ganad el respeto con dignidad! ¡Mis leyes nunca os privarán de esa oportunidad! ¡Nunca! —gritó inmisericorde, respirando como un toro minoico, apretando sus mandíbulas.

Pompeyo, cómo no, no se iba a quedar callado.

Ni debajo del agua lo haría.

—Cayo Sempronio Graco —declamó con el odio desparramándose por las comisuras de los labios—, el Senado es una montaña imponente de profundas raíces. Podrás horadar sus laderas, pero nunca sus cimientos. Eres vengativo y malvado. Parece mentira que seas de los nuestros. Retira la ley, y aún estarás a tiempo…

—¿A tiempo de qué? —replicó Cayo—. ¿De que mi cuerpo no termine en el fango del Tíber? ¿Es el precio por ser «de los vuestros»?

Pompeyo alzó altivamente el mentón.

—Será la última vez que venga a esta casa.

—Nunca te pediré que lo hagas.

—Así sea —dijo Pompeyo, se puso en pie, se arregló la toga con grandes aspavientos y dijo—: Recuerda cómo terminan en esta ciudad aquellos que pretenden coronarse reyes. —Y se marchó por donde había venido.

Cayo, solo en el tablinum, miró a lo alto, cerró los ojos e inspiró profundamente. Después, sin desplegar los párpados, bajó la cabeza y comenzó a masajearse de nuevo las sienes, cabeceando de lado a lado.

No podía retroceder.

No podía perder ni un ápice de terreno.

Bien al contrario, debía ganarlo.

Debía conquistarlo a sangre y fuego si era necesario.

En estas, una vocecita le rescató de su amarga abstracción.

—Tata —oyó.

Cayo abrió los ojos. Sempronia lo miraba con la cabecita asomada entre las lonas que cerraban el despacho.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó con ternura.

—No podía dormir. Me gustan más los hombres que te acompañan al llegar a casa, pero no ese hombre pelirrojo —exclamó, y corrió hasta su padre para sentarse en su regazo.

Cayo la apretó contra su pecho.

—A mí también, Sempronia, a mí también me gustan más —le dijo, y guardó silencio hasta que, al poco rato, tranquilizados, respiración con respiración, se quedaron dormidos.