El tercer trueno
Roma, días después. Comienzos de febrero
Cayo dejó la carta sobre la mesa del tablinum. Su amigo Matón, sentado justo enfrente, lo escrutaba con mucha atención.
—Las palabras de una madre pueden penetrar en el alma incluso con más profundidad que un cuchillo —oyó que le decía.
Cayo dejó escapar un leve ronroneo, algo parecido a una risa desganada. Miró después a Matón.
—¿Es la hora?
—El foro está lleno desde el mediodía.
Cayo dio un par de fuertes cabezadas.
—Vayamos entonces. No se desatiende al pueblo de Roma.
Poco después, acompañado siempre por una inmensa multitud, irrumpió en el foro sin mirar atrás, pletórico y grandioso, abriéndose un angosto pasillo a sus pies al tiempo que el canto «¡Graco, Graco, Graco!» rebotaba de nuevo en templos y basílicas.
Sus caballos seguían al galope y el pueblo lo contemplaba completamente embobado.
Ya en la cima de los rostra elevó su brazo derecho.
Se hizo el silencio.
Comenzó según su estilo impetuoso.
—¡Quirites, hoy os he reunido en esta asamblea para que tengáis conocimiento de dos asuntos de gran relevancia! ¡La primera quizás os sorprenda e incluso os aflija, pero confiad en mí, porque nada de lo que haga será en vuestro perjuicio! —bramó con desenvoltura—. ¡Por ello, os anuncio que he tomado la decisión de retirar la rogatio Sempronia de abactis magistratu! ¿Y por qué? —se apresuró a decir para frenar las caras de aturdimiento—. ¡La razón es muy evidente! ¡La retiro porque mi madre me ha pedido que lo haga! ¿Y por qué me lo ha pedido? —se abalanzó de nuevo para que nadie pensara, solo escuchara—. ¡Porque ella es generosa! ¡Porque ella, madre de Tiberio, no quiere rencor ni sentir odio por aquel que vetó la ley agraria y encontró como única respuesta su abrogación! ¡Ese hombre ya ha sido castigado! ¡Eso cree mi madre, y yo me uno a su generosidad, la misma que me lleva a anunciaros una nueva propuesta de ley! —aulló sin respirar—. ¡Porque si los campos se despueblan y los campesinos, vosotros, emigráis a Roma para subsistir mientras otros se lucran e impiden los repartos de ager publicus —gritó al tiempo que su brazo se extendía en dirección al senaculum—, es mi obligación daros de comer! ¡Porque yo os digo que cuando paseo por Roma solo veo hambre en los rostros de los ciudadanos!
—¡Nuestros hijos se mueren! —lanzó un ciudadano.
—¡No tenemos pan! —chilló otro.
—¡Y por eso mismo —se alzó Cayo—, hoy mismo voy a presentar la rogatio Sempronia frumentaria, una ley por la que se entregará a los más pobres y desposeídos cinco modios de trigo al mes a bajo precio! ¡El tesoro público asumirá el resto del gasto! ¿Os parece justo? ¡Yo amasaré vuestro pan! ¡Yo os alimentaré mientras otros se acomodan en sus privilegios y riqueza! ¡Comed y vivid!
El estruendo que sucedió a aquellas palabras fue ensordecedor. La plebe urbana se lanzó hacia delante, envuelta en la locura, chocando contra los muros de la tribuna de los oradores.
La asfixia no impedía, sin embargo, que cuellos y brazos se estiraran en busca de Cayo, elevado en los rostra como un dios invencible al tiempo que impactaba sus ojos un solo instante con los de Marco Octavio, quieto este en el senaculum en medio de una furiosa algarabía senatorial. Octavio inclinó ligeramente la cabeza. Cayo mantuvo el contacto, pero sin mover un solo músculo. Posiblemente Tiberio, de haber vivido, habría opinado como su madre.
En ocasiones, debía cederse.
O ser generoso.
Una nueva explosión de júbilo condujo su atención hacia los ciudadanos que lo adoraban.
Con una enorme sonrisa descendió de la tribuna para sumergirse en el éxtasis. Su plan estaba cumpliéndose a la perfección.