Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) La piedad de Cornelia
78%

La piedad de Cornelia

Miseno, una semana después

Octavio aguardaba en el banco de piedra situado en el bosquecillo de la villa rústica. Enfrente esperaba, aún vacío, el banco en el que a buen seguro habría de sentarse Cornelia Africana.

Con solo pensarlo estaba nervioso e intranquilo.

En su mente revoloteaban cientos de recuerdos de ella y de Tiberio en la domus de los Graco en el Palatino, vivencias de la infancia, de la adolescencia y de una primera juventud en la que había vibrado con la amistad de Tiberio, con sus elecciones a tribuno militar, con sus primeros destinos en ultramar, con su campaña contra Viriato o en el ejercicio de sus cuesturas, tiempos todos ellos de afecto, lealtad y emoción, tiempos en cambio destrozados en sus tribunados de la plebe, felices al principio pero un infierno poco después cuando Tiberio había propuesto la maldita ley de reparto de tierras públicas.

Desde entonces ya no había vuelto a hablar con Cornelia, a la que había visto en Roma en contadas ocasiones, ya fuese en los funerales de Apio Claudio o en la elección de Cayo como cuestor.

Pero nada más.

Ese era su débil bagaje con una mujer a la que desde niño había apreciado como a una madre.

Demasiados recuerdos y demasiadas heridas.

Cómo se comportara ella ahora era una total incógnita que provocaba que le sudaran las manos.

Nunca había sido un valiente.

Oyó un chasquido. Se estiró en el banco y miró a todas partes, incapaz de discernir por dónde habría de llegar la majestuosa leona, o si incluso ella le saltaría directamente al cuello.

Inquieto, volvió a barrer su entorno hasta que, de pronto, apareció, muy despacio, con las manos cruzadas en el bajo vientre, observándole fijamente, pero sin rencor, o eso quiso pensar.

La miró con el respeto que siempre había practicado, comprobando que la gran Cornelia Africana, incluso canosa y con desenvueltas arrugas en su rostro, seguía siendo ella misma, elegante e intimidante a partes iguales con su simple y magnética presencia.

Octavio se puso rápidamente en pie.

—Siéntate, Marco —le pidió ella, con voz dulce.

Así lo hizo Octavio, con el corazón bombeando emociones, pero en parte aliviado. La leona no parecía querer devorarlo.

—Cornelia —titubeó cuando la tuvo enfrente, ella siempre con las manos en el vientre y mirada tan serena como penetrante—. Cornelia, no tuve elección, créeme, no la tuve…

—Lo que tuviste fue miedo —espetó ella, interrumpiéndole.

Octavio sintió que le sobrevenía el sofoco.

—¡Lo tuve, sí! —clamó en un arranque de rabia—. Nasica y Pompeyo me forzaron a vetar la ley, y no pude negarme. ¡Me habrían destrozado! ¡Pero nunca esperé ni quise que todo acabara así! ¡La muerte de Tiberio fue una terrible tragedia! ¡Y lo he pagado durante años! ¡Apenas pude ser edil en mi tercer intento y no he podido alcanzar todavía la pretura! ¡El pueblo ya me castiga en los comicios un año tras otro con su desprecio! ¿Es necesario más castigo? ¡Fui humillado en mi destitución como tribuno de la plebe! ¡Pero no alcé la voz! ¡Me fui y permití que Tiberio pudiera llevar la ley ante la asamblea! ¡Por todos los dioses, ya he sido castigado! —gritó desesperado, obteniendo como única respuesta el gesto insondable de Cornelia—. Cornelia —barbotó, y posó la mirada en el suelo, sobreviniendo el silencio, largo y profundo, hasta que ella decidió que era suficiente.

—¿Por qué acudes a mí?

Octavio alzó el mentón.

—Porque tanto tú como yo conocemos a Cayo. El monte Olimpo se alza entre él y el Senado. Si intento subir por sus laderas, vomitará piedra. Cayo quiere aniquilar a todos los que cree que actuamos en aquel momento contra la causa de Tiberio. Lenas ha sido el primero. Yo soy el segundo. Quién vendrá después, no lo sé, pero te lo suplico…

Cornelia contempló a Octavio desde la cima de los Escipiones, pero sin apabullarlo. Octavio, tan bondadoso como siempre, empequeñecido todavía más ante la mole de los Graco, no lo merecía. Al fin y al cabo, ¿quién no cometía errores en su vida?

Se puso en pie.

—Marco, regresa a Roma —se limitó a decirle como sencilla despedida, poniendo fin a aquel fugaz encuentro, pero sin dejar pasar el día para tomar papiro y cálamo y escribir muy brevemente:

Querido hijo:

Sabes por qué te escribo.

Recapacita.

Incluso el Tíber cuando desciende furioso en las crecidas respeta los arcos de los puentes. No los derribes todos. Si haces aprobar la ley de Octavio parecerá que tus actos se guían por la venganza y no por la justicia. No fue Octavio quien dio muerte a tu hermano, ni su veto fue la maza ejecutora. Octavio no es Lenas.

Sé generoso.

De tu madre Cornelia Africana menor