El segundo trueno
Roma, mediados de enero de 123 a. C.
Cayo, encaramado de nuevo a los rostra, se asomó como un ventarrón que despeinó a la multitud que se agolpaba en el foro. Incluso muchos campesinos se habían acercado a la ciudad para escucharlo, atraídos por cuanto se decía de aquel joven que había vapuleado a Lenas, a todo un consular del bando senatorial, con una facilidad jamás vista antes. Y si esto había sido divertido, mucho más lo era comprobar que el resto de los senadores, temerosos de ser los siguientes, se habían escurrido como lagartijas cobardes.
De hecho, se rumoreaba también que Graco disponía de un arsenal legislativo inagotable y ya nadie quería perdérselo.
Y Cayo, venido arriba, lo sabía.
La primera víctima de su plan de limpieza había sido Lenas. Una ley para derribar el capricho senatorial en la creación de tribunales con los que ejecutar sin amparo legal a aquellos que molestaban; pero una ley a la postre para abatir al hombre que había matado a gracanos simplemente por serlo.
Pero su plan perseguía ya una nueva presa.
La olía, la sentía cerca, oía ya su respiración asustada.
Esa víctima estaba escondida en el senaculum.
No iba a cejar en su justicia.
Todos debían pagarlo.
Esta vez no comenzó de modo vehemente, sino embaucador y con gesto travieso, algo que provocó que los cuellos de los ciudadanos se estiraran como los de los pollos.
—¡Quirites, amigos todos! —celebró, elegante y distinguido—. Es por todos conocido que el Senado tiene la facultad de prorrogar el mando de los cónsules y de los pretores, y allí donde un magistrado era antes un cónsul y un pretor, se convierte por arbitrio de los padres conscriptos en procónsul y en propretor. ¿Estoy en lo cierto?
—¡Lo estás! —confirmó un alegre ciudadano de modo tan entusiasmado que desembocó en una carcajada colectiva.
Cayo también rio distendido.
Le encantaba provocar a los ciudadanos, conducirlos por el camino trazado para que llegaran allí a donde quería llevarlos.
—Entonces también estoy en lo cierto —prosiguió— cuando os digo que el Senado también puede llamar a Roma a un cónsul o a un pretor en aquellos casos en los que les disgusta una actitud o cuando sobreviene una calamidad, tanto que incluso en los casos más graves el Senado puede retirar las insignias consulares y pretorias para convertir a ese magistrado en un simple ciudadano privado. ¿Estoy en lo cierto?
—¡Lo estás! —chilló el mismo ciudadano entusiasta, dando lugar a unos nuevos carcajeos que, sin embargo, en esta ocasión, Cayo aplacó rápidamente, poniéndose muy serio.
—Pero, entonces —prosiguió—, si el Senado puede disponer de los cónsules y de los pretores, ¿por qué vosotros, el pueblo, que los elegís en los comicios, no podéis hacerlo? ¿Por qué vosotros no podéis retirar los poderes a un magistrado que os ha defraudado? Es más, ¿no deberías incluso impedir que vuelva a presentarse a una nueva magistratura si os ha decepcionado en el ejercicio de la misma? ¿Estoy en lo cierto?
Las palabras de Cayo, esta vez, no obtuvieron respuesta inmediata de ningún ciudadano apasionado.
De hecho, todos lo miraban aturdidos, asimilando aquellas palabras, adquiriendo conciencia de su poder soberano. Si ellos elegían a los cónsules, pretores, tribunos de la plebe, etcétera, ¿por qué no iban a poder decidir el resto de los designios sobre aquellos mismos hombres?
Y si uno de ellos les defraudaba en extremo, ¿por qué permitir que volviera a ocupar nuevas magistraturas como si se les debiera admitir todo tipo de males, mentiras, engaños y negligencias?
—¡Estás en lo cierto! —bramó de repente el mismo ciudadano, pero esta vez con rabia al tiempo que se elevaba un rumor subterráneo entre la masa apiñada. El pueblo tomaba conciencia de su soberanía.
Cayo sonrió.
El pueblo estaba ya donde quería tenerlo.
—¡Entonces, si creéis que estoy en lo cierto! —pasó ahora al grito, arrastrando con él las emociones—. ¡Si creéis que los magistrados deben responder de sus actos incompetentes y corruptos! ¡Si creéis que los poderes se les otorgan por el pueblo y para el pueblo y para ejercerlos responsablemente y en beneficio de Roma y de vosotros, yo os suplico que aprobéis una segunda ley! ¡Una que disponga que si el pueblo priva a un magistrado de su cargo, no pueda este después ser admitido a otro! ¡Que no pueda ser pretor, ni cónsul, ni censor! ¡Solo así velaran por el bien de Roma y no por el suyo propio en las provincias! ¡Os pido que aprobéis la rogatio Sempronia de abactis magistratu!
Y el foro se vino nuevamente abajo.
Fue como si un dique hubiera reventado con letal fuerza, arrasando con sus aguas la inmundicia acumulada durante siglos. Cayo abría sus ojos y les mostraba la realidad. Ellos, los ciudadanos, eran el verdadero poder frente al capricho senatorial. Jamás volverían a permitir la arbitrariedad y el egoísmo en el uso de las magistraturas. Nunca más consentirían que un magistrado especialmente incompetente en la guerra o particularmente saqueador en las provincias los humillara de nuevo.
Cayo, entretanto, envuelto en el griterío, viró su cuello hacia el senaculum. Pronto encontró la mirada de su nueva víctima, porque la propuesta de ley lo era para que los magistrados corruptos e inútiles pagaran su actos desleales; pero también para que un senador de apariencia frágil fuera por fin golpeado por su deslealtad.
Porque si aquel hombre no hubiera vetado la ley agraria en contra de los intereses que debía defender, los del pueblo —pero nunca los del Senado—, la catástrofe de la muerte de Tiberio no habría ocurrido.
Nada habría sucedido.
Cayo clavó su impetuosa mirada en Marco Octavio.
Este se la mantuvo, pero sin fuerza.
Antaño amigo íntimo de Tiberio, el mejor y más querido de todos ellos, miembro del contubernio de los pedos, tribuno de la plebe destituido por el pueblo tras vetar la propuesta de ley agraria de su amigo, estaba desolado, quieto en el senaculum mientras el resto de los senadores lo zarandeaban en su marcha apresurada.
Octavio aguantó la mirada unos pocos segundos más hasta que la retiró y abandonó igualmente el foro.
Era la segunda víctima de Cayo, pero tenía una oportunidad para esquivar aquella acometida. Una sola.