La primera víctima
Roma, esa misma noche
La domus de Lenas era un sepulcro.
Nadie hablaba.
Nadie levantaba la mirada.
Nadie tenía una sola palabra de consuelo y apoyo con Lenas, abatido este en el triclinio como un espíritu errante, con los ojos clavados en la copa de vino, inerme, sin ganas de pelea, algo que resultaba de lo más llamativo considerando su carácter desapacible y antipático.
Lenas, sin embargo, tenía un motivo para mostrarse así.
Había convocado en su hogar a algo más de una treintena de magistrados en ejercicio, consulares, pretorios y censorios, pero solo habían acudido dos, Pompeyo y Opimio, lo que significaba una sola cosa.
El Senado lo abandonaba a su suerte.
Cayo lo había ejecutado públicamente y nadie se atrevía a contradecirlo. Así de simple y así de ingrato.
—Irá a por todos y cada uno de nosotros —farfulló, rompiendo el silencio, sin dejar de mirar su copa plateada que le devolvía una imagen deformada de su rostro lleno de viruelas—. Él no olvida. Ha guardado su odio durante todos estos años y lo va a expulsar como un torrente de bilis verdosa —dijo entre dientes, sintiendo que la rabia quería pugnar por imponerse a la derrota—. ¡Él quiere destruirnos a todos y al Senado en bloque! —pasó directamente al vocerío más desesperado—. ¿Y vosotros me abandonáis? ¡Tú, Pompeyo, tú participaste en la creación de aquel tribunal! ¡Tú lo defendiste frente a los ataques de Apio Claudio! ¿Y ahora me dejáis tirado como un simple despojo? ¡Defended la autoridad del Senado! —regurgitó desquiciado.
—El pueblo quemaría la curia Hostilia —negó Pompeyo con una mueca de asco—. No podemos hacer nada, y aunque negaré haber dicho esto, Graco tiene razón. Aquel tribunal era una completa ilegalidad.
Lenas abrió la boca y los ojos como platos.
—¿Cómo? —acertó a decir.
—Lo que has oído —se despachó Pompeyo con toda naturalidad.
Lenas abrió aún más la boca, aun a riesgo de desencajar la mandíbula.
—¡Entonces que uno de los tribunos de la plebe vete esa maldita propuesta de ley! ¡Encontrad uno dispuesto a ello! —gritó desaforado.
—¿Te has vuelto idiota? —se mofó Opimio—. ¿Has visto su popularidad? Ninguno se atreverá a mover la lengua.
—¿Y así de fácil abandonáis a uno de los vuestros? —chilló Lenas, dando botes sobre el triclinio al tiempo que se tiraba de los pelos.
—Te aconsejo el destierro —lo fulminó Pompeyo.
—¿Cómo? —titubeó de nuevo Lenas, ahora inmóvil.
—Nada puede hacerse —apuntaló Pompeyo—. A veces deben hacerse sacrificios en favor del Senado.
—¿Sacrificios? —repitió Lenas exasperado.
—El Senado se soporta gracias a muchas columnas. Que caiga una de ellas no lo hace peligrar —dijo como distraídamente Pompeyo.
Lenas no se lo podía creer, pero tampoco quería darse por vencido.
—¿Matasteis a Tiberio por una simple ley agraria y ahora no sois capaces de oponer ninguna resistencia? ¡Cuando queráis destruir a Cayo, el Senado no tendrá recursos para hacerlo! ¡Esa ley lo protegerá hasta el fin de sus días! ¿No os dais cuenta de que, además de humillarnos y de privarnos del control de la República frente a las sediciones, solo quiere guardar sus espaldas para que su cuerpo no termine en el Tíber? ¡Con la eliminación de los tribunales especiales solo busca su impunidad para todo aquello que se proponga hacer! ¡Tiene un plan! ¡Sabe lo que le ocurrió a su hermano y tiene un plan!
—Vete al destierro —insistió Pompeyo.
Lenas no podía más. La sentencia estaba dictada. Era evidente que Cayo se lo iba a llevar por delante por la infame cobardía de los padres conscriptos, muy avezados en mirar para otra parte si la ley solo afectaba a uno de sus miembros.
—¡Fuera! ¡Fuera de mi casa!
—Vete al destierro —volvió a sisear Pompeyo.
Y así fue.
Lenas, dominado por un persistente ataque de furia por tanta ingratitud, viéndose él mismo cual Nasica abandonado tras la muerte de Tiberio, dejó Roma cuando, tres semanas después, el pueblo aprobó por mayoría aplastante la lex Sempronia de provocatione. O se marchaba o Cayo lo destrozaría con su acusación.