Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) El comienzo
77%

El comienzo

Roma, 11 de diciembre de 124 a. C.

Pompeyo, Bruto, Lenas y Opimio fueron a colocarse en el senaculum, en primera fila, como puntas de lanza del Senado en bloque, porque con Flaco todavía en el territorio de los saluvios ni uno solo de los senadores, o al menos ni uno solo de los de las grandes familias republicanas, apoyaba a Cayo Graco, un jovenzuelo demagogo que desde su sedicioso regreso no había hecho otra cosa que tocarles a mano abierta sus preciosos, redondos y privilegiados testículos, aquellos de los que emanaba la simiente de la grandeza de Roma, o eso pensaban.

Cayo era el enemigo a abatir, y lo que fuese a decir ante el pueblo aquella mañana los tenía a todos en vilo, incluso asustados a no pocos.

—Miserables —farfulló Opimio entre las apretadas líneas al advertir que una compacta masa de ciudadanos adeptos a Graco se aproximaba desde la Regia y desplazaba a los miles de ciudadanos que asfixiaban ya el foro desde primeras horas de la mañana.

—Por allí viene —siseó Lenas con los dientes apretados.

—Trae al menos tres mil clientes —refunfuñó Bruto.

—Una muestra más de su peligro —insistió Lenas visiblemente nervioso, intuyendo, aunque sin saber por qué, que se le venía encima justamente a él un peso que podría aplastarlo contra las losas de aquel foro exprimido.

—Escuchémoslo —zanjó Pompeyo al tiempo que se agitaban las cabezas, se estiraban los cuellos y el soniquete de millares de ciudadanos congregados en el centro del orbe se convertía en un estrépito escandaloso. Cayo acababa de emerger de entre los suyos y ascendía los escalones de los rostra.

Cayo avanzó colosalmente por la tribuna hasta toparse con su barandilla de fábrica, justo por encima de los espolones de los buques de guerra cartagineses. Su corazón latía con energía, como todo en él. La convocatoria de la contio había sido un rotundo éxito, arremolinándose Roma entera en el lugar, también los senadores, como siempre, apretujados como gallinas cluecas en el cercano senaculum.

Elevó su brazo derecho.

El silencio cayó a plomo.

Era el momento de sacar de su caja de los truenos las dos primeras propuestas de ley.

Nueve años después del asesinato de su hermano, con la misma edad que él, veintinueve, comenzaba su tribunado de la plebe.

Los caballos echaban a correr.

—¡Quirites! —clamó súbitamente y con tal determinación que no pudo seguir. La multitud dio un brinco e inició un rugido coral. La masa expulsaba sus ansias y esperanzas—. ¡Quirites —continuó como pudo al tiempo que señalaba con su brazo extendido las alturas dominantes del templo de Júpiter—, allí arriba, en la plaza capitolina, mi hermano murió apaleado y su cuerpo fue arrastrado por las calles hasta ser lanzado al Tíber donde nunca fue encontrado! ¡Nunca!

—¡Malditos sean! —aulló un ciudadano.

—¡Sucede a Tiberio! —chilló otro.

Cayo, volcado en la tribuna, continuó:

—¿Creéis que su ejecución estuvo precedida por una acusación ante el pueblo? ¿Fuisteis vosotros quienes acordasteis la pena capital en una asamblea como nuestros mayores lo quisieron con sus sabias leyes? ¡Pues no, no y no! —arremetió exacerbado—. ¡Fue arrancado de la vida sin juicio, sin apelación, como también les sucedió a los más de trescientos ciudadanos que fueron ejecutados cuando el cónsul Lenas creó un tribunal senatorial de castigos! ¿Lo recordáis? ¿Hubo entonces acusaciones ante el pueblo para que vosotros dictaminarais su destino o fue el cónsul Lenas quien decretó en contra de vuestros derechos la eliminación de aquellos desdichados cuya único error fue su amistad con mi hermano? ¿Lo recordáis? —rugió enarbolado.

—¡Lo recordamos! —chilló la masa al unísono.

—¿Y qué injusticia es esta? —embistió Cayo—. ¡Qué diferente era el pasado de la República! ¡Porque hubo un tiempo en el que Roma hizo la guerra a los faliscos solo porque estos insultaron a un tribuno de la plebe! ¡E incluso los antiguos romanos condenaron a muerte a Cayo Veturio porque no se levantó cuando un tribuno pasaba por el foro! ¡Pero ahora, sin embargo, se apalea a los tribunos y se extermina a sus amigos! ¡Y yo os pregunto solemnemente! ¿Es esta la Roma que queréis?

—¡No! —clamó la muchedumbre enrabietada en los preludios de un terremoto cuyo epicentro era un Cayo que proseguía encelado.

—¡Ni es vuestra Roma ni la que yo quiero! ¡Y yo os digo que mientras sea vuestro tribuno habrá justicia en Roma! ¡Y nadie, absolutamente nadie, sea cónsul, pretor o censor, podrá ignorar los derechos del pueblo!

—¡Protégenos! —centelleó un hombre de gruesa voz.

—¡Y eso voy a hacer! —mugió Cayo, con los ojos ardientes, abriendo la aletas de la nariz para inhalar más y más fuerza—. ¡Por todo esto anuncio que voy a presentar para vuestra aprobación una propuesta de ley que prohibirá la creación de tribunales por la simple voluntad del Senado! ¡Será necesario que sean decretados por el pueblo reunido en asamblea! ¡Y si un magistrado decidiera proscribir, acabar con la vida o desterrar a un ciudadano sin juicio previo ante el pueblo, habrá acción contra él para que sea acusado y condenado incluso por hechos del pasado! ¡Eso he dicho, del pasado también, tanto que yo mismo presentaré la primera acusación contra el hombre que humilló vuestros derechos! ¡Ese hombre está ahora allí, en el senaculum, y se llama Publio Polipio Lenas! ¡Aprobad la rogatio Sempronia de provocatione! ¡Que la justicia alcance por fin a los que la vejaron! —tronó como una fuerza de la naturaleza, arrolladora e inevitable, porque la naturaleza, cuando actuaba, siempre era de ese modo, arrolladora e inevitable.

El foro, sacudido por aquella potencia, apenas pudo mantenerse en pie. Los ciudadanos se volvieron locos. El griterío quebró paredes de templos y basílicas. Y el suelo tembló como si quisiera abrirse.

El amor a Tiberio, trasladado por el pueblo a su sucesor, a Cayo, acababa de tomar el control de Roma.

Cayo velaría por ellos.

Los protegería para darles tierras, dignidad y una nueva vida.

Terminaría la labor de su hermano asesinado a palos.

Era esperanza e ilusión.

Y solo había una manera de mostrarle su devoción: protegerlo a él mismo, acompañarlo en todo momento, corear su nombre y, por supuesto, aprobar todas sus propuestas de ley.

Era su tribuno de la plebe y no habría otro igual.

Cayo, sonriendo de oreja a oreja, aupado por propios y extraños, descendió la tribuna y avanzó hacia su domus secundado no solo por sus tres mil clientes, sino por el pueblo entero.

Detrás, en el senaculum, permanecía un Senado patidifuso y asustado, temiendo por su seguridad por tamaño estallido de fervor.

Y en aquella exaltación popular, un senador, Lenas, temblaba de arriba abajo.