La caja de los truenos
Roma, 10 de julio
Cayo venció en las elecciones a tribunos de la plebe celebradas cinco días antes de los idus de quintilis,44 inundándose Roma con tal gentío de votantes a su favor que no hubo hospedaje para todos.
Pese al rotundo éxito, Cayo decidió celebrarlo lo justo, porque no había tiempo que perder. Cumplió los ritos religiosos y se dejó acompañar hasta su domus por una multitud que abatía las calles en un ambiente soberbio y festivo. Todo esto hizo, pero también ponerse a trabajar, porque aun cuando no tomaría posesión del cargo hasta comienzos de december,45 todo debía estar sobradamente preparado.
Por ello, esa misma tarde visitó a un hombre de inmenso prestigioso, jurisconsulto excelso, consular, pontífice máximo y, por si todo lo anterior fuera poco, aquel que había ayudado a su hermano en la elaboración de la ley agraria, tomando el día de la matanza en el Capitolio las riendas de una ciudad asustada para poner cordura y evitar más derramamiento de sangre.
Publio Mucio Escévola lo recibió en el tablinum, apaciblemente sentado en una silla de tijera tras una mesita redonda. Sexagenario, lucía un hermoso cabello grisáceo y unos ojos profundos y serenos cuya atención, sin embargo, no descansaban en su invitado, sino en algo que aguardaba sobre la mesita.
—Duodecim scripta —se limitó a decir como único saludo, sin levantar la mirada, señalando el tablero con sus quince fichas.
Cayo sonrió con cariño. No había ser vivo en Roma que no supiera que Escévola era un jugador incansable del juego de las doce líneas. Es más, no solo incansable, sino imbatible. De hecho, había vencido repetidas veces a Emiliano siendo ambos tribunos militares en la guerra contra Cartago.
—Duodecim scripta —oyó que repetía Escévola. Era obvio que o jugaban una partida o su anfitrión no abriría la boca.
—Juguemos —accedió Cayo, sentándose en otra sillita de tijera frente a la mesita.
Y jugaron.
Y Cayo venció.
Y Escévola, contrariado y sorprendido, torció el morro y volvió a colocar todas las fichas en el punto de partida.
—Otra.
Y volvieron a jugar. Y Cayo volvió a vencer. Fue entonces cuando Escévola levantó por fin la mirada.
—Es la primera vez que pierdo en años.
—Y dos veces seguidas.
Escévola se le quedó mirando con sus ojos de jurista experto, aquellos que eran capaces de intuir el caso; de desentrañar la verdad; de encontrar el vericueto legal o la genialidad jurídica que nadie alcanzaba a descubrir en las acciones del derecho pero que le llevaban al triunfo.
Así permaneció un rato, escrutando el gesto de Cayo, uno que era sereno pero aplastante, respetuoso pero rebelde, humilde pero impetuoso.
—¿Qué me traes? —le preguntó finalmente, como accediendo a prestar generosamente sus servicios legales, a pesar de que era muy consciente de que tras aquella visita venía el terremoto y la ola. Qué diferente era este Graco de su hermano Tiberio, aunque, al mismo tiempo, qué estimulante era tenerlo allí.
Cayo sonrió de nuevo, ilusionado, porque ilusión le hacía que Escévola admitiera que lo que estaba a punto de tener entre sus manos superaba con creces cuanto había visto en su vida jurídica.
—¡Europo! —llamó a su esclavo.
Este entró en el tablinum cargando una caja de madera sin tapa y con espacios estancos en cada uno de los cuales había metido un estuche cilíndrico.
—Déjala en aquella mesa —le pidió Cayo antes de girar su cuello y dirigirse a Escévola—. Esto es lo que traigo —dijo.
Escévola, muerto de curiosidad, se puso en pie, se acercó hasta la caja, tomó uno de los estuches y lo abrió, deslizándose un rollo sobre la palma de la mano. Sin perder su ánimo de fisgoneo, lo desenrolló y comenzó a leer las primeras líneas.
—¿Cuánto tiempo necesitas para leerlo todo? —le interpeló Cayo.
Escévola leyó unas pocas líneas más. Después oteó la caja. Custodiaba al menos quince huecos, cada uno de ellos con su respectivo estuche lacrado. Sonrió con el rostro iluminado.
—Vuelve mañana.
Así lo hizo Cayo, encontrando a Escévola nuevamente parapetado tras la mesita y el tablero.
—Duodecim scripta —repitió el jurisconsulto.
—Pues juguemos de nuevo —accedió Cayo.
—Otra —insistió al rato Escévola, tras ser derrotado.
Poco después, vapuleado otra vez, levantaba la mirada.
—Nunca he visto una cosa así.
—Es solo suerte —contestó Cayo sin querer hacer sangre.
Escévola, en cambio, mostraba un gesto de efervescencia ajena a su reincidente capitulación.
—No me refiero al juego.
—¿A qué entonces?
Escévola no contestó, limitándose a dar unas palmadas al tiempo que un esclavo de su casa traía la caja de madera y la colocaba sobre la mesita redonda que los separaba. Escévola se quedó mirando entonces la cajita como si tuviera a su alcance toda la riqueza del rey Creso de Lidia. Sus ojos brillaban, y en sus manos levantadas al aire los dedos bailaban como si dudaran qué tesoro aferrar.
—¿Y bien? —demandó Cayo.
Escévola elevó la vista.
—Son quince propuestas de ley, joven Graco, ¡quince!
—¿Son correctas? —dijo Cayo, echando el cuerpo hacia adelante.
—¡Son intachables! —se asombró Escévola—. ¡Solo la ley de las Doce Tablas puede igualar este derroche jurídico!
Cayo, con los ojos ahora igual de fulgurantes que los del jurisconsulto, apretó las mandíbulas y se puso en pie. No necesitaba oír más. La confirmación de Escévola le era suficiente.
—Gracias —aseveró escueto, e hizo el ademán de irse.
—Joven Graco —lo detuvo Escévola. Puede que su invitado no necesitara nada más de él, pero él sí que necesitaba más de Cayo. Lo que había leído respondía al ingenio prodigioso de un hombre versado y de enorme altura, capaz de comprender todos los mecanismos políticos, jurídicos, económicos, comerciales, sociales y militares de la República—. ¿Todo es obra tuya? —preguntó, admirado.
—Lo es —contestó Cayo con humildad.
—¿Cuándo las has redactado? —quiso saber más Escévola—. Su técnica, sentido y completud son admirables.
Cayo sonrió agradecido.
—He tenido ocho años para reflexionar —reconoció, antes de añadir—: Comencé a escribir las rogationes el día en el que supe que mi hermano Tiberio había muerto en el Capitolio… —Dejó la frase en suspenso, con la mirada clavada en el suelo. Después sus ojos, aún más brillantes, se posaron de nuevo sobre su culto anfitrión—. Es el trabajo de toda una vida de servicio a una Roma que debe cambiar, que debe adaptarse a un imperio mucho más extenso.
—Solo tienes vientinueve años.
—¿No son suficientes para un romano?
Escévola lanzó un ronroneo divertido, pero, acto seguido, frunció el ceño. No todo eran parabienes para la colosal obra legislativa de Cayo.
—Sabes que el Senado chillará como un cerdo.
—Últimamente no sabe hacerlo de otro modo.
—Muchas de estas leyes son un ataque directo a sus funciones.
—¿Muchas? —dijo Cayo con sarcasmo. Lo eran todas.
Escévola cabeceó como un buey.
—Algunas de las leyes también podrían tener nombres concretos, o más bien víctimas a abatir. Veo que no olvidas.
—Lo que hicieron no puede olvidarse, ni repetirse. Algunos han de pagarlo —contestó Cayo sin contemplaciones.
—Han de pagarlo… —repitió Escévola, absorto, solo un breve instante hasta que encaró a Cayo—. ¿Puedo darte un consejo?
—No se me ocurre quien los pueda dar mejores —condescendió Cayo lleno de educación.
—Pues ya que me lo permites, te aconsejo la moderación, joven Graco. Te escuché en el foro el día de tu regreso. Una guerra abierta contra el Senado es extremadamente peligrosa.
Cayo apretó los labios.
—Es difícil pedirme moderación justo a mí. Tengo razones que todos conocen para actuar con vehemencia.
—La misma que tenía yo cuando acabaron con tu hermano…
Cayo se quedó mirando a Escévola. Ojalá el Senado estuviera repleto de hombres como aquel.
Sonrió afectuoso.
—Yo te prometo, si es que te preocupa tanto, que mi única violencia será la palabra, nada más.
—Agradezco escucharlo… —suspiró Escévola—. ¿Cuándo comenzará todo?
—En cuanto tome posesión como tribuno de la plebe.
—Lo imaginaba. No tienes tiempo que perder.
Cayo se puso en pie.
—Publio Mucio Escévola, agradezco tu inmenso favor. Ha sido un placer disfrutar de tu hospitalidad. Como valedor que fuiste de mi hermano, confío en que guardarás la oportuna discreción.
—Por descontado.
Cayo inclinó ligeramente la cabeza y se marchó, no sin que Europo se acercara silenciosamente hasta la cajita de los quince truenos y se la llevara en pos de su amo mientras Escévola cruzaba sus manos por detrás de su cabeza. Admirado por la inmensa obra legislativa que había tenido la fortuna de analizar en apenas un día, abandonó la mesita redonda y caminó hasta su escritorio. Debía volver a su gran pasión desde que se retirara de la política de primer nivel. Tenía que terminar sus diez opúsculos sobre el derecho civil. Cayo Graco le había inspirado.