Roma, en el podio del templo de Cástor y Pólux
Cayo, vitoreado sin descanso, siempre secundado por Matón, se dio la vuelta en cuanto vio desaparecer de lo alto de la tribuna a Casio, y se abrió paso a continuación por en medio de la masa torrencial, cruzó el foro en diagonal y ascendió los escalones del templo de los dioscuros.
Ya en su cima rotó hacia un foro apretado por miles de ciudadanos que lo contemplaban extasiados, con bocas abiertas y ojos esperanzados. Él les correspondió con una determinación impetuosa, liberando su larga espera, dejando libres, por fin, sus caballos.
Comenzó como un trueno.
—¿Desde cuándo en Roma cumplir con los deberes es objeto de reprobación pública? ¿Desde cuándo? ¡Porque yo los he cumplido y sobradamente! ¡Fui a Sardinia con mi cónsul y allí he permanecido con él dos años! ¡He satisfecho mis obligaciones! ¡He completado mi servicio militar! ¡Y no os traigo otra cosa que valor y humildad cuando otros volverán con las bolsas llenas! ¡Yo fui con ellas vacías y con ellas regreso igual de vacías! ¿Es esto reprochable o solo concurre el espurio ánimo de que yo, el hermano de Tiberio Sempronio Graco, demoré mis obligaciones, no ya con las legiones, sino con todos vosotros? ¿Merezco castigo alguno? ¿Lo merezco?
—¡No! —se desgañitó un ciudadano.
—¡No! —gritó otro en un alarido.
Cayo se irguió orgulloso.
—¡Entonces acompañadme en la virtud y en el servicio al pueblo de Roma, porque yo quiero ser vuestro tribuno de la plebe! —rugió con los ojos en llamas—. ¡Dejad que complete aquello que mi hermano no pudo terminar! ¡Dejad que os proteja! ¡Permitid que os alimente! ¡Yo velaré por vuestros intereses! ¡Dejadme entregaros tierras públicas para vivir con vuestras familias como ciudadanos dignos! ¡Ayudadme a desterrar el poder mal ejercido! ¡Ya lo han retenido demasiado tiempo! ¡Yo he vuelto para ser su azote! ¡Si ansiáis una Roma virtuosa, la de nuestros mayores, la del antiguo Senado y la de los magistrados del pasado, seguidme! —atronó sin pelos en la lengua, bajó del podio del templo, se abalanzó contra una multitud que lo dejó pasar so pena de ser arrasada y se encaminó sin mirar atrás hacia el foro Boario.
Matón lo seguía con la lengua fuera, y detrás de él una multitud envuelta en la locura con miradas arreboladas y cómplices, sintiéndose todos parte de un plan grandioso, de una ilusión que les hacía vibrar como nunca antes habían sentido. Si Tiberio era la palabra, Cayo era el fuego. Era la purificación colectiva. Era el corcel de piel brillante que empujaba a los demás en las carreras del Circo Máximo.
Cayo quemó bajo sus pies la calle de los etruscos e irrumpió en el foro Boario. No se detuvo allí, cruzándolo de lado a lado hasta alcanzar el templo de Ceres, Liber y Libera, sede de los tribunos de la plebe.
En lo alto de su escalinata se encontraba el puesto habilitado por el colegio tribunicio para la presentación de candidaturas.
Tampoco se detuvo. Afrontó el ascenso, ya solo, dejando a su espalda un mar de cabecitas que rodeaba el templo por todas partes.
Se plantó delante del atónito servidor público encargado de los registros, parapetado este por una mesita de roble.
Cayo se estiró, elevó el mentón, extrajo un rollo que ofreció al burócrata plebeyo y gritó a los cuatro vientos:
—¡Yo, Cayo Sempronio Graco, ciudadano romano, hijo de Tiberio Sempronio Graco el Viejo, teniendo la edad requerida, completados mis años de servicio militar, ejercida la cuestura, me postulo a tribuno de la plebe! ¡Que los dioses y los hombres me sean propicios!
Y fue el acabose.
O la apoteosis.
Roma saltaba de alegría por un joven imparable.
Cayo Sempronio Graco sería su tribuno de la plebe.
Cayo regresó a casa aupado en volandas.
De todas partes llegaban más ciudadanos, ya descendiesen a la carrera del Aventino y del Janículo. Incluso el ascenso a la colina palatina fue un colapso absoluto por el gentío arremolinado.
A media tarde alcanzó por fin su domus, siendo depositado junto al portón. Allí pronunció unas pocas palabras más, recibió aplausos y aullidos de apoyo, se despidió de un Matón que babeaba como un niño de teta y entró en su casa dos años después de su marcha.
Apenas pudo conquistar el atrio.
Su hijita Sempronia apareció de la nada y se le lanzó de modo cuasi temerario. Cayo, milagrosamente, pudo agarrarla en el aire, lo que no era fácil. Sempronia tenía ya seis años y verdadero empuje.
—¡Tata! ¡Tata! ¡Tata! —comenzó a gritar la niña sin poder contener su infantil emoción.
—¡Me has conocido! —exclamó Cayo bañado en la felicidad.
—¡Claro, eres mi tata! —chilló Sempronia, y se echó a reír.
Cayo hizo lo propio, iniciando un ataque de cosquillas sobre los costados de Sempronia hasta que al fin la percibió, a su espalda. No sabía discernir si era su fragancia, o un halo excitable y misterioso, pero sabía que estaba allí. Sonrió, y se dio la vuelta despacio, muy despacio.
Ella le miraba con ojos de gata.
—Licinia…
—Shhh, no hables —barbotó ella, y le tapó los labios con el dedo índice al tiempo que caminaba a su alrededor sin perder su mirada felina—. Déjame que te mire —susurró—. Quiero comprobar que es mi esposo el que regresa a casa. No quiero engaños —añadió sensual.
A Cayo se le iluminó el rostro.
—Mira bien —siguió el juego, sintiendo que le sobrevenía el deseo más ardiente. Y es que el tiempo no discurría para su esposa. Su figura, envuelta en una túnica estrecha, marcaba sus femeninas e insinuantes curvas, mostrándose como lo que era, guapa, aguda, divertida y con aquellos cabellos rubios ondulados que había heredado Sempronia.
Licinia, siempre con su cara de fogosa picardía, dio dos pasos atrás, lo escrutó de nuevo de arriba abajo, se mordió el labio inferior y cabeceó convencida, pero muy lentamente.
—Sí, es mi esposo el que regresa a casa —exhaló en un suspiro.
Cayo entornó los ojos y respiró el dulce aroma de Licinia.
—Lleváosla —pidió a una esclava, dejando a Sempronia.
—¡Pero tata!
—Te prometo que enseguida estaré contigo y te daré el regalo que te he traído de Sardinia —le dijo a una Sempronia que abrió sus ojos azules como faros de sol.
—¿Y qué es? —preguntó ansiosa.
—Si te lo digo ya no será una sorpresa, pero te va a gustar mucho.
Sempronia le dio la mano a la esclava y se alejó dando saltitos. Fue entonces cuando, solos en el atrio, Cayo se acercó hasta Licinia, quedándose a menos de un palmo de su cuerpo.
—Tu esposo ha vuelto a Roma —dijo en un suspiro excitado.
—¿Y lo ha hecho para ser tribuno de la plebe? —siseó ella al tiempo que su mano comenzaba a descender por el pecho de Cayo.
—Ya he presentado mi candidatura —respiró este.
—Entonces es muy posible que seas elegido mayoritariamente como uno de los diez tribunos del año —declaró Licinia sin detener el lento descenso de su mano.
—Es muy posible que las tribus me den su voto —jadeó Cayo.
—Entonces deberíamos aprovechar el tiempo antes de que tus obligaciones te separen de mí de nuevo —anheló ella.
Cayo se estremeció. La mano de Licinia había alcanzado un punto de no retorno. El tiempo era para los amantes y sus sentidos. Roma y su política podrían esperar un poco más. Esa noche era solo para ellos.
—Licinia…
—No hables más —dijo ella con una expresión embaucadora antes de fundir sus cuerpos en una nueva apoteosis.