Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) En el foro
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En el foro

Cepión y Casio ascendieron los peldaños de la tribuna de los oradores y se colocaron mirando al foro, donde un gentío considerable pululaba de aquí para allá haciendo negocios, cambiando dinero, acudiendo a los juicios o simplemente vagabundeando a la espera de carnaza política. Para entonces tanto uno como el otro ya habían superado su inicial protesta y ansiaban poner en su sitio al joven Graco, más si cabe cuando Pompeyo y Opimio, apostados en la cercana Graecostasis, los observaban como unos buitres desplumados.

Fue Casio el que abrió la perorata.

—¡Quirites! —movió sus labios bajo sus ojos fríamente grises, provocando que el movimiento de miles de personas cesara y que se giraran para escucharlo. Hablaba un censor de Roma, algo no poco baladí. Prosiguió, pero esta vez con la atención de toda la audiencia—: Quirites, mi colega Gneo Servilio Cepión y yo acabamos de tener conocimiento de que Cayo Sempronio Graco, cuestor en Sardinia, ha abandonado su puesto y está aquí en Roma, ¡aquí, contrariando su deber! ¡Eso ha hecho! —voceó lleno de carácter—. ¡Y no vamos a permitirlo! ¡Tanto es así que incluso los censores, en esta muestra de falta de respeto, nos preguntamos! ¡Sí, nos preguntamos si Graco no ha vuelto para seguir incitando a los aliados, porque somos muchos los que creemos que él estuvo detrás de la insurrección de Fregelas! —bramó en estado de mentira premeditada—. ¡Porque los censores…!

Casio no pudo seguir. Como venía siendo ya tradicional, una sandalia voladora vino a golpearle en toda la mollera, y, furioso, estaba dispuesto ya a fagocitar a todos los espectadores cuando, de pronto, por en medio de la basílica Sempronia y el templo de Cástor y Pólux comenzó a desaguar con brutal fuerza un torrente de ciudadanos con caras enrabietadas, empujando a los que allí ya estaban, despacio primero, en creciente velocidad al poco rato.

—Casio… —oyó que tatareaba a su lado su colega Cepión al tiempo que la lengua ciudadana aceleraba en su irrupción al foro.

—¡Porque los censores…! —quiso continuar Casio.

—Casio… —volvió a recular Cepión, justamente en el mismísimo momento en el que Cayo, precedido por Matón y Apio Claudio hijo, accedía al foro como un vendaval.

Era suficiente para Cepión. Que Pompeyo acusara al joven Graco si le venía en gana de abandonar a su cónsul, de lo de Fregelas o de lo que se les ocurriera, si es que tenían pruebas, pero él aquella mañana no quería líos, solo terminar el censo y el lustro.

—Yo me voy —se despachó, y se escabulló en dirección al Atrio de la Libertad.

Casio, vuelto momentáneamente hacia el foro, giró hacia su colega, pero solo para verle la espalda. Para cuando viró de nuevo, el joven Cayo ya estaba allí, a los pies de los rostra, rodeado de una masa inquisitiva envuelta ahora en un atronador silencio. Y su rictus, el de Cayo, era destructor, capaz de elevar por los aires toda la tribuna de los oradores, espolones incluidos de la flota cartaginesa.

Casio, naturalmente, sabía bien qué hacer, que no era otra cosa que largarse de allí y evitarse problemas. Pompeyo y Opimio seguían apostados en la Graecostasis en su posición carroñera, realidad que a un censor como él le importaba un bledo. Por ello, meneó la cabeza, frunció el ceño, impactó su mirada con la de Cayo y, lisa y llanamente, giró en redondo y abandonó los rostra al tiempo que se elevaba a su espalda un grito de júbilo ensordecedor.

Pompeyo y Opimio, para no verse rodeados por la chusma, al contemplar la espantada de los censores, tardaron menos tiempo de lo que cantaba un gallo en escurrirse igualmente en dirección al comitium.

Como no podía ser de otra manera, de sus cabecitas brotaban llamas de cólera. Su pueril y espontáneo intento de parar a Cayo había terminado en un ridículo colosal.