Roma, en el Atrio de la Libertad43
Si Pompeyo había elevado al cielo todos sus juramentos al oír en su casa los hirientes berridos de Opimio, los censores Cepión y Casio pusieron los ojos del revés cuando vieron irrumpir en el Atrium Libertatis a Pompeyo seguido de Opimio, toda una calamidad, pues se habían propuesto finalizar sus trabajos de elaboración del censo y cerrar el lustro de una vez por todas —ya iban muy tarde— justo aquella mañana.
—¡Por todos los dioses, Pompeyo, parece que te estuvieran estrujando el escroto! —le reprobó Casio exhibiendo sus penetrantes e intimidantes ojos grises.
Pompeyo detuvo su ímpetu un instante, no por el famoso color de aquellos ojos, sino sorprendido al escuchar la misma reprimenda que él le acababa de escupir poco antes a Opimio, lo del escroto apretujado. Su parálisis, en cualquier caso, duró poco.
—¡Él está aquí! ¡Ha abandonado a su cónsul! —chilló en un gorgorito al tiempo que agitaba los brazos.
—Quién está aquí —rumió Cepión con su calma habitual.
—Cayo Graco —mascó Opimio con su odio habitual.
Cepión y Casio cruzaron sus miradas. Después, en perfecta coreografía, rotaron hacia Pompeyo.
—No puede —afirmaron a la vez.
—¿Y qué os estoy diciendo? ¡Esto es cosa vuestra! ¿No sois vosotros los que guardáis la rectitud y el respeto censorio a las costumbres? ¡Pues subid ahora mismo a los rostra y que el pueblo sepa que vais a imponerle a ese muchacho revoltoso una nota censoria! ¡Si el Senado decidió que Orestes se quedaba un año más, pues Graco también!
—Pompeyo… —bufaron los censores.
—¡Ahora! ¡Está entrando en Roma!
Cepión y Casio, asqueados, volvieron a impactar sus miradas.
—Sea —condescendieron finalmente.
Roma, puerta Lavernalis, en las murallas servianas
Cayo apenas podía avanzar en el tramo final de la vía Ostiense, ahogada por una multitud que dejaba un estrechísimo pasillo que poco más adelante tornó a embudo intransitable bajo el vano de la puerta Lavernalis, en las laderas meridionales del Aventino.
Aun así, Cayo no cejaba en su sonrisa, como tampoco en su observación, la suficiente para ver por el rabillo del ojo cómo dos forzudos gigantescos se abrían paso y se le acercaban a manotazo limpio, dejando a su espalda una precaria y momentánea bolsa por la que se colocaba como una culebrilla Apio Claudio hijo.
Cayo siguió toda la escena con suma diversión. Apio hijo no tendría la magnífica y maléfica inteligencia de su difunto padre, pero tonto no era en absoluto, luciendo aquellos ojos glacial alpino de los Claudios patricios que helaban el ánimo de los que osaban cruzar su mirada con ellos, arma esta tan mortífera que le estaba permitiendo avanzar en aquel oleaje de alegría desbordada.
—¡Apio, tú también sales a mi encuentro! —le dijo, contento y jovial, en cuanto irrumpió a su lado.
Claudio hijo, en cambio, adoptó un rictus de autosuficiencia.
—No has de ver el día en el que un Claudio salga al encuentro de nadie —espetó avinagrado y con la proverbial impertinencia de la familia, algo tan común que no podía molestarle a Cayo—. Solo vengo a avisarte de que los censores se dirigen a los rostra para reprobar tu regreso.
Cayo oscureció el rostro de forma inimaginable.
—¿Los censores? —inquirió, apretando los molares.
—Los censores.
—¿Cepión y Casio? —insistió, controlando su vehemencia.
—Los mismos, reprobando tu regreso.
—Yo abro paso —se ofreció Matón, al ver que el rostro de Cayo se ensombrecía de forma altamente peligrosa.
—Hazlo —bisbiseó letalmente el propio Cayo, sintiendo que los calores tomaban el control de sus actos. Nada ni nadie en el mundo iban a obstaculizar por más tiempo su camino ni su obra.