Roma, en la casa de Pompeyo
Pompeyo tuvo que tragar bocanadas de paciente aire al escuchar los gritos estridentes de Opimio. Volaban como cuchillos y se le metían por sus delicados pabellones auditivos, provocándole punzadas de dolor.
Dejó el rollo que estaba leyendo, estiró sus piernas para alcanzar una majestuosa verticalidad solo estropeada por una barriga cada vez más prominente y salió al atrio con cara de malas pulgas.
—¡Por todos los dioses, Opimio, parece que te estuvieran estrujando el escroto! —le reprobó, imperial.
Opimio empujó aparatosamente a un esclavo que se interponía en su camino y le dedicó una de sus cariñosas miradas de locura incontinente.
—Está entrando en Roma —asesinó entre dientes.
—¿Entrando? ¿Quién? —se estiró Pompeyo.
—Cayo Sempronio Graco —desdeñó Opimio—. Roma se agolpa a las puertas. Está aquí como un triunfador.
Pompeyo no pudo evitar que se le escapara un chillido muy parecido al de los ratones, uno desagradable y agudo.
—¡No puede ser! —aulló con su voz de pito.
—Te he dicho que está aquí.
—¡No puede abandonar a su cónsul!
—Los Graco se toman libertades —escupió Opimio.
Pompeyo agitó su cuerpo orondo, pero su cabecita funcionaba ya a la velocidad del chispeante rayo.
—¡Vamos! ¡Rápido!
—¿A dónde? —bufó Opimio.
—¿A dónde va a ser? ¡A ver a los censores! —graznó, y se echó a la calle rumbo al foro.