Apoteosis
Ostia, inicios de abril
La nave realizó la travesía desde Caralis en unas pocas y apacibles jornadas de navegación, sin complicaciones, con un mar Tirreno en calma, avistándose la desembocadura del Tíber al atardecer del tercer día de viaje.
—¡Ostia! —celebró Matón en cuanto vio aparecer a lo lejos las instalaciones portuarias de la pequeña ciudad marítima.
Cayo, aferrado a la barandilla de proa, dejó que la brisa golpeara suavemente su rostro, sin decir nada, observando con ojos de enorme deseo la progresiva cercanía a tierra.
Poco más tarde, la embarcación entraba pausadamente en el puerto. La nave sorteó algunos pocos navíos mercantes, después un par de enormes quinquerremes de la flota romana y, de pronto, al virar a babor, simplemente sucedió. Fue enardecedor, espontáneo, masivo, tanto que la onda expansiva sacudió los cabellos de Cayo y Matón.
Porque un gentío inmenso encaramado a almacenes, muelles y diques comenzó a gritar de forma desmesurada, agitando brazos, saludando, comprimiendo el puerto entero en una alegría desbordante.
Cayo se quedó patidifuso, con la boca abierta.
—¿Lo oyes? —canturreó Matón con la sonrisa puesta en la cara—. Cantan «¡Graco, Graco, Graco!».
—¿Cómo saben que llegaba? —balbució Cayo.
—Todos lo saben —contestó Matón, eufórico.
Poco después, la nave atracaba en el muelle, deslizando los marineros una rampa que golpeó aparatosamente en tierra firme.
—Tú primero —le dijo Matón a un Cayo incapaz todavía de reaccionar. El ruido y los cánticos eran tan atronadores que incluso la embarcación, y la tierra misma, temblaban. Allí donde pusiese la vista encontraba ciudadanos enloquecidos subidos a los tejados y azoteas de los almacenes, o asomados a las viviendas del puerto, ocupando todos los espacios, asfixiando los atracaderos y las calles que descendían. Miles de ciudadanos con rostros entusiasmados seguían agitando los brazos y daban saltos, gritando de manera caótica hasta que poco después un solo canto dominaba de nuevo todas las gargantas: «¡Graco, Graco, Graco!».
—Bienvenido a Roma —oyó que le chillaba Matón, imponiendo su voz a unas muestras de fervor como nunca antes habían visto.
Unos minutos más tarde, Cayo abandonaba Ostia elevado sobre su caballo, lo que no fue tarea sencilla. La multitud quería tocarlo, abrazarlo o incluso besar sus pies. Y Cayo, superado por aquellas muestras de devoción, apenas podía contener que las lágrimas inundaran sus ojos.
El recibimiento posterior no fue una excepción.
De hecho, el camino hasta Roma por la vía Ostiense fue igualmente apoteósico o, lo que era lo mismo, veinte millas de ciudadanos agolpados al borde del camino. Muchos ya estaban allí, pero otros venían corriendo desde los campos y desde las villas. No había quien no quisiera verlo en una algarabía de gritos, buenos deseos y flores lanzadas a su paso.
Cayo, embobado, trotando sobre la grupa de su caballo, miró a Matón, que marchaba a su lado.
—¿Tanto me aman? —preguntó sin poderlo creer.
—Tanto como el pueblo es capaz de amar a un Graco. Sois los tribunos del pueblo. Saben que regresas para darles una vida mejor.
Cayo respiró profundamente, inhalando la atmosfera del ager romanus. Las murallas servianas estaban ya a la vista. Roma estaba a su alcance. Flaco tenía razón. Sus caballos eran la esperanza de una nueva República. Y el pueblo, el mismo que había adorado a su hermano, le auparía ahora hasta la cima del orbe. Que temblara el Senado.