Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Está preparado
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Está preparado

Caralis (Sardinia), finales de marzo

Las puertas se abrieron con pausa, iluminando tenuemente la oscuridad penetrante y silenciosa en la que Cayo se encontraba.

Entró con cautela, escudriñándolo todo a su alrededor, pero sin temor, comprendiendo que en aquel lugar de débiles luces anaranjadas no habitaba ningún mal. Bien al contrario, adosada a una de las paredes de la sobria habitación, elevada sobre un pedestal marmóreo, le observaba serena y hermosa una estatua alada del dios del sueño, Somnus, pero también, justo a sus pies, alrededor de una mesa rústica y sencilla, hacían lo propio dos hombres sentados en toscos taburetes, luciendo imperiosas togas, mirándole ambos amablemente, invitándole a entrar.

Cayo avanzó muy despacio, tratando de contener los latidos de su corazón, como temiendo que, si se apresuraba, aquellos númenes se esfumarían en aquel éter subterráneo. Porque no le cabía ninguna duda de que aquellos dos hombres solo podían ser almas del inframundo, pero no malignas, sino benefactoras. No podía ser de otro modo cuando a quienes tenía delante no eran otros que su abuelo Escipión Africano y su hermano Tiberio, el segundo con el mismo aspecto de la última vez que lo había visto antes de su marcha a Numantia. Su abuelo, no obstante, no era un anciano, mostrándose como un hombre maduro en edad censoria, poco más de cincuenta años.

—Hermano, ¡qué alegría tenerte aquí! —exclamó Tiberio.

—Te estábamos esperando —añadió su abuelo.

Cayo se sintió bien, arropado en un lugar lleno de dignitas. En aquella sala no era un peregrino, sino un aliento más de la mansión familiar de la grandeza.

Se sentó enfrente de los dos. Su abuelo y su hermano seguían observándolo como si conocieran todos los misterios del universo, pero confortables, profundos, con más orgullo en el caso de Africano; con inflexible justicia en el caso de su hermano Tiberio.

—Nos estábamos preguntando si estás preparado. Ya tienes veintiocho años —oyó que rumiaba su abuelo sin quitarle de encima sus inquisitivos ojillos escipiónicos, aquellos con la penetrante seguridad que exhibía su madre Cornelia.

—La tarea es peligrosa, incluso irreflexiva —masculló Tiberio.

Cayo sintió esta vez que el corazón le daba un vuelco. Dudaban, su abuelo y su hermano dudaban de él. Y no le era agradable.

—Tu padre nos acaba de decir que él siempre actuó con moderación, firme en sus convicciones, pero con mesura —añadió su abuelo—. Y yo sé que es así. Siempre fue así.

—¿Mi padre está aquí? —titubeó Cayo.

—Acaba de marcharse —le dijo Tiberio.

Una nueva losa aprisionó el pecho de Cayo. No recordaba nada de su padre. Había muerto cuando era demasiado pequeño. Solo sus bustos y su imago le permitían hablar con él, aunque fueran simples ensueños. No habían sido pocas las veces que había tenido en sus manos su máscara funeraria creyendo que le inspiraría desde la cera endurecida. Quería estar con él, escuchar su consejo, su voz, e incluso sus dudas, cualquier cosa con tal de tenerlo cerca.

—Si das este paso ya no habrá marcha atrás —advirtió Tiberio.

—¿Estás seguro de asumir este destino? —inquirió su abuelo.

Cayo se irguió sobre su taburete. No había bajado al inframundo o a lo que fuera aquello para que le hicieran vacilar.

Nadie lo haría.

Miró fijamente a su abuelo.

—¿Y no salvaste tú temerariamente a tu padre, mi bisabuelo, en la batalla de Tesino, con tan solo dieciocho años, arrancándolo de los brazos de la muerte? ¿Y no te concedieron el mando de las legiones de Hispania con apenas veinticuatro años sin tener la edad requerida? —arremetió.

—Si los quirites lo aprobaron es porque tenía la edad necesaria.

—Como yo la tengo también —contestó Cayo entre dientes, sin importarle lo más mínimo que le estuviera hablando al Africano.

Dicho esto, se giró hacia su hermano con el rostro apretado.

—¿Y no volverías tú a aprobar todas y cada una de tus leyes y a someter al Senado como lo hiciste aun cuando supieras que te esperaba la muerte? —le increpó rabioso—. ¿Cambiarías algo?

—Yo actuaba con el apoyo de grandes como Claudio, Craso y Escévola, pero tú, hermano, tú estás solo —replicó Tiberio.

Cayo se estiró aún más.

—¿Solo, dices? Pues yo te digo aquí y ahora que Claudio, Craso y Escévola podían ser grandes de Roma, pero tú y yo cruzaremos las fronteras de las inmortalidad de un modo que ellos jamás soñaron alcanzar —afirmó con colosal potencia, esperando que sus palabras despeinaran a su abuelo y a su hermano, obligándoles a retractarse de sus dudas, nada de lo cual, sin embargo, ocurrió, pues allí permanecían imperturbables y atemporales.

—Parece que está preparado —le dijo, eso sí, Tiberio al Africano.

—Sí que lo está. Tiene la sangre de los Graco, pero también la mía corre con fuerza por sus venas —decretó su abuelo con orgullo.

—Pero no le dejan regresar. Lo retienen en Sardinia. El Senado prorrogará el mando a ese tal Orestes cien años si es preciso. Temen a Cayo más que a nada en el mundo —lamentó Tiberio.

Su abuelo Escipión Africano, en cambio, adoptó un gesto de desaire e indiferencia, mirando a Tiberio.

—Yo no labré mi fama plegándome a los mediocres. Y tu hermano debería hacer lo mismo y hacerse al punto a la mar. —Y se giró para clavar sus ojillos escipiónicos en Cayo—. ¿Estás de acuerdo, nieto?

Cayo abrió los ojos. Estaba amaneciendo. El rostro inquisitivo y autoritario de su abuelo flotaba todavía en su mente ensoñadora. Dejó su cama y dio dos palmadas. Su esclavo Europo, el de mayor confianza, entró en el cubiculum, ayudándole a vestirse. Hecho esto, abandonó sus dependencias y salió a la plaza de armas, cruzándola en diagonal hasta llegar al pretorio. Los guardias le dejaron pasar y subió al segundo piso. Orestes, al que le gustaba trabajar al alba, ya estaría en su despacho.

Cayo, circunspecto, detuvo sus pasos frente a la puerta del tablinum. Los dos legionarios que hacían guardia no movieron un músculo, pero sí lo miraban. Y lo hacían con aliento, con apoyo, sufriendo ellos mismos, conscientes de que su cuestor bullía de cólera un día sí y otro también, y era tratado con indigna injusticia.

La razón era bien conocida para todos: no le dejaban abandonar la isla. Orestes se lo negaba ya desde hacía meses, pero ahora era también, de nuevo, el Senado, que en su ruindad había decretado licenciar y relevar al ejército, pero que el cónsul permaneciera un año más en Sardinia, ¡otro más!, y con él un Cayo rabioso que ya no podía más.

—Hoy sí es el día —se atrevió a murmurar uno de los guardias.

—Lo es —confirmó el otro.

Cayo asintió agradecido, abrió la puerta y entró.

Orestes, detrás de su escritorio, levantó la mirada, pero solo para entornar los ojos y resoplar aparatosamente antes de hablar.

—¡Por todos los dioses, Graco, sabes que no puedo! ¡Por mucho que te aprecie, debes permanecer conmigo! —clamó desquiciado.

—Hoy no he venido a pedir permiso —espetó Cayo.

—¿Ah, no? —dijo Orestes totalmente descolocado.

—No.

—¿A qué entonces?

—A comunicar al cónsul que voy a zarpar mañana mismo.

—¡No puedes hacer eso! —reaccionó Orestes entrando en pánico.

Cayo se encogió de hombros.

—No, no puedo, pero voy a hacerlo —dictaminó, giró en redondo y se marchó, dejando atrás a un Orestes paralizado, que no se atrevió a hacer nada —so pena de que el ejército lo desollara—, ni ese día ni al siguiente cuando Cayo, por en medio de un enorme pasillo de legionarios que lo aclamaban con locura, se acercó hasta el puerto, cruzó la pasarela que lo separaba de la nave preparada al punto de la mañana y se colocaba en el castillo de popa, bien seguido siempre de su fiel esclavo Europo.

Otro hombre fue a unírsele de inmediato, enseñoreando una alegría que no le cabía en el pecho. Matón bullía de excitación. Era un orgullo ser amigo y fiel acompañante de Cayo.

—¿Partimos? —preguntó exultante.

—Partimos.

Matón infló sus pulmones.

—¡Largad velas! ¡Rumbo a Roma! —aulló como poseído.

Y la embarcación, sacudida por las hileras de remos, dejó atrás por fin Sardinia y a un ejército de ciudadanos soldados que babeaban con la simple presencia de Cayo. Por él, lo harían todo.