Más allá del mar Tirreno
Caralis (Sardinia), mediados de junio
Matón interceptó a Cayo en cuanto lo vio aparecer en la plaza que antecedía a los cuarteles militares del ejército en Caralis. Lo hizo con gesto serio, o eso parecía, oponiendo su mano derecha levantada al aire para frenar el impetuoso avance de su amigo.
—Has incumplido tu juramento —le dijo rotundo.
Cayo le miró con gesto divertido.
—¿Qué juramento no he respetado? —inquirió mordaz.
—Juraste regresar a Caralis muy pronto. Intuyo que no ha habido ningún motivo para quebrar nuestra confianza. Las ciudades del norte de la isla solo demandaban la atención del cuestor de Sardinia durante el invierno, pero no hasta el comienzo del estío —le explicó Matón sin perder su aparente seriedad.
Cayo tardó poco en reaccionar.
—¡Oh, te equivocas, mi querido amigo! —rio—. ¡Sí que he cumplido mi juramento!
—No sé de qué modo.
—Te lo voy a explicar.
—Soy todo oídos.
Cayo cabeceó sonriente antes de adoptar un gesto pícaro.
—Juré, en efecto, que regresaría a Caralis muy pronto, pero así lo hice. Recuerda que cuando partí de aquí a comienzos de año tuve que volver ese mismo día porque había olvidado mis tablillas con las cuentas del ejército. Por lo tanto, regresé muy pronto, tal modo dije, dando cumplimiento a mi juramento, algo sagrado para un romano —se despachó con todo sarcasmo.
Matón, fingidamente taciturno, fue dibujando una sonrisa de oreja a oreja hasta que explotó en una estentórea carcajada.
—¡Eres un embaucador! ¡Pero aun así me alegra mucho verte de nuevo, Cayo Sempronio Graco! —celebró al tiempo que se daban un fuerte abrazo de profunda amistad labrada en la campaña de las montañas Insani—. ¡Acompáñame! —le dijo, cogiéndolo ahora del brazo—. Tenemos mucho de que hablar. ¡El vino de la taberna de los tribunos y centuriones es de lo mejor que encontrarás en millas a la redonda!
—Pues resulta que regreso sediento.
—Entonces no encontrarás un lugar mejor.
Poco después, los dos amigos, bien regados de vino, charlaban animosamente. Se contaron chismorreos. Matón le adelantó las operaciones pergeñadas por el cónsul Orestes para aplastar los últimos focos de resistencia sarda, apenas ya unos pocos reductos arrinconados en las profundidades del interior. Y el propio Cayo contó sus andanzas en el norte de la isla durante el invierno y hasta su regreso a los cuarteles.
Matón lo escuchó todo con atención, pero conforme transcurría la conversación pudo concluir que Cayo aún no lo sabía. Cada vez era más evidente y debía decírselo por mucho que le costase.
—No lo sabes, ¿verdad? —expulsó al fin.
Cayo elevó una ceja. No le gustaba aquel tono.
—¿Saber qué?
—Lo de Fregelas.
—¿Qué pasa con Fregelas?
—¿No llegó la noticia al norte?
—Al norte no llega nada. ¡Por Hércules, Marco!
Matón dejó encima de la mesa la copa de vino y carraspeó antes de hablar.
—Imagino que no te sorprenderá saber que Flaco presentó una propuesta de ley para conceder la ciudadanía romana a los aliados.
—Continúa.
—Pero no salió bien, Cayo, no salió bien. La oposición del Senado fue tan vehemente que Fregelas decidió sublevarse apenas dos días antes de la votación de la rogatio. Es posible que Fregelas pensara que otras ciudades latinas e itálicas la seguirían, porque, de lo contrario, no se comprende semejante estupidez. Pero lo hicieron. Flaco fue enviado a luchar cerca de Massilia mientras el Senado ordenaba como ejemplo futuro la aniquilación de la ciudad. Fue arrasada hace más de tres meses, matando a muchos de sus habitantes y vendiendo al resto…
Matón pausó la narración. Cayo ya no le escuchaba. Su mirada estaba perdida en algún lugar inescrutable. Eso sí, sus ojos clavados en el infinito ardían con fuerza asesina.
—Cayo… —farfulló Matón, impresionado.
Su amigo desplazó los globos oculares dentro de sus cuencas.
—¿Quién lo hizo? ¿Quién destruyó la ciudad?
—Lucio Opimio. Se sabe que consiguió la traición de Quinto Numitor tras chantajearle con la vida de sus dos hijos adolescentes, a los que dio muerte de todos modos en una muestra de crueldad y perfidia sin límites. Opimio vejó toda la ciudad, no solo a los senadores, Cayo, a todos, hombres, mujeres y niños. Se dice también…
—¿Qué se dice también?
—Se dice que Carbón le acompañaba. Su esbirro Escápula se fue de la lengua en una borrachera colosal en un antro de la Subura.
—¿Y cómo te has enterado de todo eso? ¿Cómo sabes que es verdad? —inquirió Cayo, intensificando su ira contenida.
Matón frunció los labios.
—Lo de Fregelas lo sabe todo el mundo. Y lo de la traición… —Nueva pausa—. Todo el mundo tiene amigos en la Subura, Cayo, amigos que no titubean al escribir cuando hay buena carnaza que contar.
Cayo no dijo nada. Se limitó a resoplar aparatosamente y a mesarse los cabellos con signos de letal hartazgo.
—Cayo… —trató de calmarlo Matón, pero solo consiguió que unos ojos inyectados en sangre se le clavaran como puñales.
—Este es el Senado, siempre el Senado de Roma —susurró Cayo entre dientes, mortecino, peligroso incluso por lo que pudiera hacer—. Es el símbolo de la codicia y del egoísmo más putrefacto. Los padres de la patria —dijo con un retintín asesino— jamás compartirán nada, aun cuando todos los que le rodean mueran pisoteados en el fango. Nunca devolverán las tierras que roban del ager publicus, como tampoco renunciarán al poder absoluto de las magistraturas. Cuando ellos temen perder sus privilegios, matan, simplemente matan. Mataron a mi hermano. Mataron a los que lo apoyaban. Han matado Fregelas. Y nos matarán a todos si es necesario, a todos. Ellos matan —dijo reiterativo con tal peso y poderío que bien podía partirse en dos la isla de Sardinia.
—Solo una vez han fallado… —murmuró Matón.
Cayo se puso violentamente en pie.
—Y ese ha sido su mayor error. Si yo hubiera muerto aquí, nada de lo que está por venir les sucedería. Y ahora tengo obligaciones que cumplir. Debo informar a Orestes de la situación del norte —dijo con una sombra encima de su cabeza.
—Ve, Cayo, ve —dijo un comprensivo Matón.
Cayo abandonó la taberna, destrozando el suelo bajo sus pies, aunque siendo realmente consciente de que no era el mejor momento para reunirse con Orestes. Por ello, se dirigió a sus aposentos.
Allí abrió la puerta de su despacho y la cerró dando un portazo. Se sentó frente a su escritorio. Sobre la mesa le aguardaba la correspondencia recibida en su ausencia, varios rollos. Furioso, les dio un manotazo, cayendo todos al suelo, todos salvo uno. Lo asió dispuesto a lanzarlo por los aires, pero en el último momento advirtió que era de Flaco. Sin pensárselo rompió el sello, desenrolló el papiro y leyó, respirando como un toro minoico.
Cayo, amigo mío:
No me andaré con preámbulos ni te hablaré de Fregelas, ya que todo lo sabrás. Solo te diré que me vi obligado a salir de Roma para luchar contra un miserable pueblo ligur o galo —da lo mismo, era una tribu insignificante—, pero solo para no verme compelido a dirigir mis legiones contra aquellos a quienes quería cuidar y favorecer. Ya casi lo tenía. Lo tocaba con las yemas de los dedos. Tocaba ya la victoria de mi rogatio hasta que el imbécil de Pacuvio decidió sublevarse. No tuve otra opción, Cayo, ¡no la tuve! Ardo en furia, porque me vi forzado a abandonar Roma. Me duele todo y hasta la cicatriz me abrasa como nunca. Esta misma carta podría inflamarse espontáneamente por el fuego de mis manos, el mismo que, estoy convencido, te consumirá ahora a ti mismo.
Cayo, nada justifica la crueldad del Senado con Pompeyo a la cabeza y un ser abyecto como Lucio Opimio, que tuvo el cinismo de pedir al Senado que le concediera un triunfo por su enorme gesta sobre Fregelas. Los padres conscriptos más veteranos, inspirados por fin por los dioses, se negaron en rotundo, accediendo únicamente a que Pacuvio fuera estrangulado en el Tullianum. Ese fue su gran final. Murió en la fría y oscura humedad de una cavidad en la roca capitolina. ¿Esta es la virtud de Roma? ¿Era necesario que arrasaran una ciudad solo por ansiar la ciudadanía romana? ¿Solo porque querían ser como nosotros? Es repugnante.
Llegados a este punto, Cayo, mi querido Cayo, aún recuerdo cuando nos asomamos al foro desde mi peristilo el día que expulsaste a Carbón de nuestras vidas —ahora me alegro aún en mayor medida— y te quedaste mirando el foro. Nada me dijiste durante un rato, pero yo vi tus ojos, vi cómo lo mirabas todo. Sé que en aquel instante, aborreciendo la violencia, buscabas entonces gestas y hazañas; buscabas labrar tu dignidad para regresar con la fuerza suficiente con la que asaltar aquello que sabes que lleva tu nombre, el tribunado de la plebe. ¿Lo recuerdas? Yo sí. Y yo lo sé. Yo sé que todo lo atesoras ya, fama, respeto, nombre y valor. ¿Qué más puedes pedir?
Cayo, hasta hace muy poco tiempo pensaba que el rayo que todo lo transformaría era la ciudadanía. Me equivoqué. Eres tú. Eres la chispa que se avivará con un simple soplo. Durante todos estos años has sido parte de Claudio, de Carbón y de la mía incluso. Pero es tu momento, el tuyo. Libera ya tus caballos, aquellos que Claudio te pidió retener una mañana de hace ya ocho años. Suéltalos. Desbócalos. El pueblo seguirá enloquecido esos corceles como lo hace en las carreras del Circo Máximo.
Ha llegado tu momento y tienes más fuerza que nunca. El Senado quiso liquidarte en Sardinia. Fracasó. Y el Senado te retiene en Sardinia usando como pretexto el proconsulado casi vitalicio de Orestes. Pues que fracase también. Arrolla. Escucha la voz de tu hermano. Sé como lo fue él. Sé el tribuno de todos. Vuelve y funda una nueva Roma. Destapa la caja de los truenos que has preparado durante años. Házselo pagar a todos. Te lo ruego, regresa. Solo tú puedes hacerlo. Eres Cayo Sempronio Graco.
Cabalga.
Preséntate a las próximas elecciones a tribuno de la plebe.
De tu amigo,
Marco Fulvio Flaco
Cayo dejó el rollo encima del escritorio, se puso en pie, activó sus piernas, dejó atrás sus dependencias privadas y salió a la plaza de los cuarteles militares, anexa a las instalaciones portuarias.
No se detuvo allí. Se encaminó hacia uno de los extremos del puerto de Caralis, donde podía respirar sin el ajetreo de los legionarios, marineros y comerciantes pululando por todas partes.
Se asomó hasta una dársena y levantó la vista. Frente a sus ojos emergió el mar Tirreno. Cerró sus párpados y respiró con fuerza.
La furia y la indignación no cesaban. Pero algo inmenso crecía en su interior y pugnaba por salir despedido. Ese algo llevaba ya muchos años constreñido y esperando su momento.
Y ese momento había llegado.
Sabía qué hacer y cómo hacerlo.
Siempre lo había sabido.
Sabía cómo hacer justicia y que Roma no fuera tragada por las letrinas del Senado. Sería con la ley y sin violencia, pero sería.
Volvió sobre sus pasos, entró en el pretorio con aplastante firmeza y se plantó delante de Orestes.
Fue breve y expeditivo.
—Quiero volver a Roma. Exijo que me licencies.
Y Orestes comenzó a tartamudear.