Un simple recuerdo
Fregelas, al alba
Opimio entró en Fregelas cuando el firmamento comenzaba a anaranjarse. La devastación de la ciudad no había terminado. Muchas casas ardían envueltas en llamas mientras otras se derrumbaban ya calcinadas. Las calles estaban llenas de muertos, ya fuesen hombres, mujeres o niños, mutilados algunos, decapitados muchos, violados otros en una orgía de sangre y destrucción.
—Roma debe actuar con la máxima severidad. Hay que dar ejemplo —había ordenado Opimio al comienzo de la noche.
En una de las calles todavía había combates. Contrariado, torció por una esquina y se metió por otra calle donde sus hombres lanzaban a los niños por las ventanas, cortaban las piernas de los defensores y transgredían sin piedad a niñas y mujeres a la vista de todos, en grupos o en solitario. Sus legionarios se divertían porque él así lo había ordenado.
Sorteando cadáveres y gritos de terror, alcanzó por fin el foro, dirigiéndose a una de las grandes domus que allí se alzaban.
—No está aquí. Está en la curia —le informó un centurión, y le señaló el edificio que albergaba el Senado local.
Opimio viró hacia su nuevo destino. Otro centurión y un par de manípulos custodiaban la entrada.
—Está dentro. Está solo —le dijeron.
Opimio asintió y entró en la curia, tenuemente iluminada.
Cerró las puertas a su espalda, sobreviniendo el silencio. El terror de la matanza era un rumor lejano. Allí dentro solo había paz.
Caminó hasta el fondo de la sala y fue a sentarse en la primera bancada, muy cerca de Pacuvio, como si fuesen dos viejos amigos en una conversación sobre cualquier disquisición filosófica.
Así permanecieron un rato, hasta que Opimio quiso.
—¿Crees que ha merecido la pena? —preguntó rimbombante, mirando distraídamente la sala—. Hace unos pocos días os gobernabais internamente con vuestro propio Senado y vuestras propias leyes. Sin embargo, ahora, Fregelas no será más que un simple recuerdo. Nadie más volverá a habitar estas casas y sus campos serán ager romanus. Vuestras tumbas y antepasados se difuminarán en el olvido, al igual que vuestros lares familiares. Todo va a extinguirse por vuestra necedad.
Pacuvio, que se mantenía erguido y con los brazos cruzados, se mantuvo imperturbable y mirada en el infinito.
—¿Y para vosotros ha merecido la pena? —repuso con desdén.
La pregunta sorprendió a Opimio.
—¡Que absurdo! ¡Por supuesto que sí! ¡Nadie más volverá a intentarlo! —reaccionó airado. Pacuvio sonrió, siempre con mirada perdida—. ¿De qué te alegras? —se encabritó Opimio, dando un salto y poniéndose en pie.
Pacuvio rotó su cuello y lo encaró con ojos centelleantes.
—Aquí no hay más necedad que la que demuestran los senadores de Roma —masculló iluminado, y añadió—: Tú y los tuyos de zapatos rojos quedaos con todas las tierras de Italia, con toda la riqueza de la conquista y con vuestra ciudadanía, porque cuanto más atesoréis más grande será la explosión de la codicia. Por fortuna, uno de los vuestros sabrá aprovechar tanta estulticia y os empujara al vacío de vuestra propia podredumbre. Cuídate de Cayo Sempronio Graco, amigo Opimio, porque él será el comienzo de una nueva Roma.
—¡Ja! ¡Es él quien debería cuidarse! —desdeñó Opimio.
—Qué ilusos y mediocres sois.
Opimio exhibió la mejor de sus sonrisas de desprecio.
—Qué hermoso lucirás en mi triunfo —expelió satírico.
—No tendrás ningún triunfo, idiota. No somos extranjeros. El Senado no te lo concederá por mucho que patalees enrabietado.
Era suficiente para Opimio. Giró sobre sí mismo y salió de la curia con grandes pasos, dirigiéndose al centurión.
—Sacadlo de ahí dentro. Vejadlo todo cuanto queráis, pero lo quiero vivo. Le espera un gran final.