Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) La puerta de la traición
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La puerta de la traición

Fregelas, una noche después

Numitor salió de su domus cuando la oscuridad se abatió sobre Fregelas. No iba solo. Lo acompañaban siete hombres de su clientela, todos ellos de buen porte y puñales escondidos bajo las capas.

Pese a que de noche estaba restringida la circulación por las calles y eran numerosas las patrullas de guardia, nadie le importunó, no a él, uno de los principales hombres del Senado local de Fregelas.

Numitor, con mirada inquietantemente perdida hacia el frente, recorrió el trayecto que separaba su casa de la puerta este de las murallas como un alma atormentada, destruido en su fuero interno por su propia debilidad de carácter, siempre sujeto a la autoridad de otros hombres, sin que en su vida se hubiera atrevido a levantar la voz ni una sola vez.

Era un cobarde, un miserable cobarde condenado ahora a traicionar a los suyos a cambio de la vida de sus hijos. ¿Con qué dignidad iba a ser capaz de vivir el resto de su existencia? ¿Podría amanecer cada mañana y pronunciar su propio nombre y el de su familia?

Se detuvo un instante. El grupo lo hizo con él. El tormento daba paso a la rabia por ser tan frágil, tan manejable, tan ingenuo. No era un hombre en ninguno de los sentidos de la palabra. Era una vergüenza y ni sus propios hijos querrían mirarlo a la cara nunca más.

Arrancó de nuevo. Todos lo hicieron tras él. El portón no quedaba lejos. De hecho, podía verlo ya junto con la guardia bajo la luz anaranjada y oscilante de las antorchas del puesto. Todo estaba tranquilo.

Pacuvio. Ese y no otro fue el nombre que se le incrustó en la cabeza al tiempo que aceleraba sus pasos. Que se fuera al Averno. Él y la ciudadanía lo habían matado. Porque estaba muerto. Al menos sus hijos vivirían y tal vez en un futuro no muy lejano podrían gritar a los cuatro vientos que eran ciudadanos romanos. Era lo justo. Moría por ello.

—¿Quién va? —oyó que vociferaba el jefe de guardia.

—Yo, Quinto Numitor —contestó.

El guardia se relajó, como los otros seis que vigilaban la puerta.

—Esta noche está todo en orden —informó distendido.

Numitor se acercó hasta el soldado y posó su mano izquierda en su hombro. El guardia lo miró extrañado.

—Lo siento —farfulló Numitor, antes de sacar la daga de debajo de la capa y clavársela en el pecho con brutal fuerza.

El resto del retén tampoco pudo reaccionar, acuchillados todos por la pequeña tropa de Numitor.

Comenzaron entonces a oírse gritos de alarma de los soldados que estaban apostados en lo alto de la muralla. Pero Numitor permanecía quieto como un poste, petrificado.

—Quinto —oyó que lo llamaba uno de los suyos—. ¡Quinto! —lo reclamó de nuevo a pleno pulmón.

Numitor respiró hondo y asintió.

—Abrid el portón.

Poco después, una riada de brillos legionarios irrumpía en la ciudad como una serpiente hambrienta.

Numitor vio que se le acercaba un centurión con el gladio blandido. Negó pausadamente. Era un necio, pero sus hijos vivirían.

Antes de que el centurión se le echase encima, tomó tranquilamente la espada del guardia al que acaba de matar, se puso de rodillas, dirigió la punta contra su pecho y se abalanzó sobre ella.

Pronto sintió el frío del miedo y la concentración de la sangre en su interior. Pero no se le soltó el vientre.

Al menos sus hijos vivirían.

Ellos sí serían ciudadanos romanos.

Esa era su esperanza.