El miedo suelta el vientre
En un corral cerca de Fregelas, una noche después
Entrar y salir de una ciudad asediada no era una misión difícil si solo lo hacían dos hombres y uno de ellos era Escápula.
Apenas llegó la noche, fueron capaces de escalar la muralla, saltar al otro lado sin ser detectados, encontrar la casa del hombre al que buscaban, plantarse en su dormitorio como si fuesen enviados de los dioses llenos de parabienes, convencerlo de que debía acompañarlos tras narrarle vívidamente la precaria situación de sus desaparecidos retoños, volver a salir de Fregelas —pero esta vez por un pequeño portón junto al río Liris— y caminar en la penumbra hasta un establo abandonado situado a medio camino entre el campamento romano y la ciudad.
Cuando Numitor —bien acompañado por Escápula y otro matoncillo— entró en la destartala edificación, a punto estuvo de desplomarse en una escena de lo más angustiosa. Sus dos hijos estaban colgados del techo, medio muertos, molidos a palos y con las caras deformadas a golpes. En uno de los lados, de pie, Carbón le contemplaba con un rictus indecoroso. Y al otro lado, sentado, Opimio hacía lo propio con un semblante tan altivo como demente. No había nadie más en aquel establo. Ni apenas luz más allá de dos antorchillas.
—¡Por todos los dioses! —aulló al ver a sus hijos.
—Sujetadlo —ordenó Opimio al instante. Escápula y su colega obedecieron a la perfección, golpeando a Numitor por detrás de las rodillas. Las piernas del fregelano se doblaron y cayó postrado.
—¡Por todos los dioses, apenas son unos niños! —chilló Numitor.
—¿Unos niños? —saltó Opimio con cara de sorpresa, girándose para mirarlos—. Yo diría que no, pero vamos a comprobarlo —dijo y se acercó a uno de ellos, tirándole de la túnica manchada de sangre con tal fuerza que la rasgó por completo, dejando al muchacho desnudo—. ¡Oh, no diría que es un niño! ¡Veo que tiene una verga bien grande rodeada de una buena mata de pelo! ¿Cómo se llama este hijo tuyo? —preguntó con buscada indecencia.
—Padre… —tuvo fuerzas de gemir el muchacho.
—¡Es solo un niño! —aulló Numitor, completamente desgarrado.
—¡Te he preguntado que cómo se llama!
—Lucio, se llama Lucio. Tiene solo diecisiete años…
—Bien, ¡comprobemos al otro! —exclamó Opimio con indiferencia, y se acercó para repetir la misma acción, dejándolo también desnudo y con todas sus partes a la vista—. ¡Otra buena verga y otra buena mata de pelo ensortijado! ¡No me parece un niño, mi buen Numitor!
—Por favor…
—¿Y este cómo se llama?
—Marco…
—Nombres ambos muy romanos, ¡muy bien Numitor!
—Por favor…
Opimio regresó a su silla curul.
—Tenía entendido, mi apreciado Numitor —prosiguió en un bisbiseo—, que eras un buen hombre, pero un buen hombre no pierde a sus hijos. ¡Fíjate ahora en qué estado más lamenta…!
No pudo seguir, distraído por un ruido anal y un olor subsiguiente de lo más característico. Opimio rotó el cuello en busca de aquello.
—Edepol! ¡Se ha cagado encima! ¡Tu hijo Marco se ha cagado delante de nuestras mismas narices! —exclamó Opimio antes de soltar una carcajada que, para su disgusto, no fue secundada por Carbón.
Al dejar de reír, con una mueca ahora de asco, se centró de nuevo en Numitor, que con la cabeza baja apenas podía sostenerse.
—Os lo ruego…
—¿Sabes por qué se suelta el vientre de este modo? ¿Lo sabes, amigo Numitor? —siguió Opimio a lo suyo.
—No… No lo sé —masculló el fregelano.
—¿No lo sabes? ¿Nos has leído a Aristóteles? —inquirió y fingió sorprenderse—. ¿No has leído sus libros titulados Problemas físicos?
—No, no los he leído…
—¡Numitor, deberías hacerlo, son deliciosos! ¡Te los voy a contar!
—Yo estoy deseándolo —dijo de pronto Escápula.
Opimio se arrancó en su narrativa.
—Según narra Aristóteles, el vientre se suelta cuando se sufre de un miedo inminente, lo que produce en el cuerpo mucho frío que a su vez acumula la sangre en el interior y la aleja de la piel —expuso con toda naturalidad—. Por ello quienes tienen pánico comienzan a ponerse pálidos, ya que se quedan sin sangre en la cara. Pero es la mezcla de ese frío y de la sangre la que mueve el vientre y lo estimula. ¿No te parece maravilloso? ¡Ahora mismo en tu cuerpo y en el de tus hijos el vientre estará de lo más movido! —concluyó, y se quedó mirando al fregelano como si allí no pasara nada.
Numitor levantó la cabeza poco a poco, con los ojos hinchados por el lamento. Sus hijos habían desaparecido un día antes. Desesperado, creyendo que habrían muerto en la defensa de la ciudad, había removido sin descanso montoneras de cadáveres. No encontrarlos le había dado un soplo de esperanza, porque tal vez estuviesen heridos, o desorientados. Sin embargo, aquello superaba todas las desgracias y maldiciones que los dioses podían descargar sobre un solo hombre. Maldita ciudadanía, maldito Pacuvio y malditos todos. Nunca había estado convencido de la deriva de Pacuvio. Roma no perdonaba. Roma era implacable.
—¿Qué queréis? —dijo con un hilo de voz.
—Mañana por la noche abre las puertas de Fregelas —contestó Opimio como una centella.
—Me pedís la traición.
—Te pedimos que salves la vida de tus hijos.
—Hazlo, Numitor —intervino Carbón con frialdad—. Todo esto ya no tiene ningún sentido. Estáis solos. Ninguna ciudad os ha apoyado.
Numitor miró a sus hijos. Los dos estaban conscientes y le miraban a su vez con dificultad, atrapados los ojos por carnes inflamadas.
—Padre… —balbució esta vez Marco.
Numitor asintió.
—¿Dejareis libres a mis hijos?
—Lo haré —dijo Opimio con rotundidad.
—¿Y la ciudad será respetada?
—Tienes mi palabra.
Numitor cabeceó resignado.
—Mañana, en la segunda guardia, abriré la puerta este —suspiró.
Opimio, sonriente como un lucero, se puso en pie.
—Que vuelva a Fregelas —le ordenó a Escápula.
—Tus ordenes son deseos para mí —canturreó este, levantando a Numitor y llevándoselo del establo.
Ya solos, Carbón se dirigió a Opimio.
—¿Pero tú tienes palabra? —le dijo con un tonillo mordaz.
—¿Tener qué? —ironizó Opimio.
Carbón dejo escapar una risita.
—¿Qué vas a hacer con ellos? —Señaló a los muchachos.
—Matarlos, ¡qué pregunta!
—¿Y con el padre?
—Matarlo en cuanto abra las puertas, ¡qué pregunta!
—¿Y con la ciudad?
—Arrasarla, ¡qué pregunta!
—Nos odiarán —pareció dudar Carbón.
Opimio, en cambio, dueño de aquella noche, no titubeó.
—Mientras teman, que odien —sentenció.