Soy necesario
Finales de marzo
Opimio sufría ya de espasmos terribles. Ya no era solo que sus legionarios no eran capaces de borrar de la faz de la tierra aquella humillante insurgencia, sino que, para colmo de males, hasta los propios fregelanos se habían atrevido a salir de la ciudad por sorpresa, dar unos cuantos soplamocos a un par de manípulos desprevenidos —que serían oportunamente disciplinados—, enseñar sus culos y defecar con toda calma al tiempo que gritaban: «¡Así huele vuestra ciudadanía!».
Era inaguantable.
Era insufrible.
Era humillante.
Ante todas estas razones solo podía hacer una cosa, lanzar por los aires todo lo que pillara a mano a lo largo y ancho de la tienda de mando, ya fuesen papiros, cálamos, bustos, estanterías y banquetas.
Y precisamente en uno de estos ataques de ira se afanaba con todo esmero cuando una apacible noche se le presentó una sombra que le heló el cogote. No supo por qué la guardia había dejado pasar sin aviso a aquel espectro, pero ya era tarde, allí estaba, mirándole con sus penetrantes ojos negros y con cara irónica.
—¿Qué haces aquí, Carbón? —le dijo entre dientes.
—Es un espectáculo ver volar tantos objetos. Especialmente emocionante ha sido la parábola que ha dibujado en el éter ese busto de Marte Invicto —se mofó Carbón, y señaló la cabecita, tirada en el suelo.
—¿Qué haces aquí? —reiteró Opimio en un peligroso gruñido.
Carbón borró de su cara todo sarcasmo.
—¿Y tú? ¿Tú qué estás haciendo aquí de mérito? —repuso de pronto, hiriente—. ¿Acaso quieres que toda Italia siga el ejemplo de Fregelas al descubrir que Roma no es capaz de tomar una miserable ciudad? —dicho lo cual, sin dar tiempo a nada más, miró hacia atrás y dio dos sonoras palmadas.
Opimio, sorprendido por tanta insolencia, se limitó a seguir con la mirada la del propio Carbón, comprobando que un hombre de orejas mordidas y marcada cicatriz desde la barbilla hasta el cráneo entraba al pretorio dando empujones a dos jóvenes con las manos atadas por detrás. Estaban tan amoratados de golpes que no era posible discernir su edad, pero no llegarían a los dieciocho años.
Opimio, sin comprender nada, miró a Carbón.
—¿Qué es esto? —eructó.
—Es tu triunfo sobre Fregelas.
—Carbón…
—Está bien, está bien —rio este al tiempo que levantaba las manos como señal de fingida disculpa—. Son los hijos de Numitor.
—¿Numitor?
—¿No lo conoces? —remedó Carbón.
—Por supuesto que sí —murmuró Opimio con infinitita paciencia—. Lo que quería decir es qué que hacen en tu poder —gruñó.
Carbón sonrió de oreja a oreja y señaló con el pulgar al hombre que estaba a su espalda, el que había traído a los jóvenes.
—Escápula tiene unos recursos inagotables, muy superiores al de tu estúpido Atilio el Númida, que solo sabe ir dejando cabezas de caballos por el suelo. ¿En serio? ¿Se te ocurrió a ti o al orejas de paquidermo? —ironizó, sin perder de vista a un Opimio que se iba poniendo de todos los colores—. Yo creía que tu amiguito de estragos también gozaría de buenos medios y de mejores ideas, pero ya veo que no le llega a mi Escapula ni a la altura del prepucio.
—Ni a la altura de mi dedo pequeño del pie —rectificó de inmediato Escápula—. Mi prepucio, como mi falo, me llega al tobillo.
Carbón lanzó una breve carcajada antes de volver a hablar.
—Tienes razón, amigo mío —le dijo—, perdona mi ignorancia, ¡que estúpido soy! —exclamó, y se dio un golpecito en la cabeza.
Opimio ardía. Pero no era tonto.
—¿Me lo puedes traer? —preguntó a regañadientes.
—¿Traer? ¿A quién? —se hizo Carbón el ingenuo.
—Carbón…
—De acuerdo, de acuerdo. ¿Podemos? —le preguntó Carbón a Escápula, siempre a su espalda y sin dejar de mirar a Opimio.
—Puedo —oyó que confirmaba.
Carbón asintió y dibujó entonces una sonrisa de oreja a oreja.
—Os los dije —siseó feliz.
—¿Qué nos dijiste? —preguntó Opimio, y lanzó un resoplido.
—Que yo iba a ser necesario —rezumó de placer, y se marchó, dejando atrás un odio tan grandioso como la mole del volcán Etna.