Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Dos semanas después
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Dos semanas después

Opimio, siempre desde su colinita y con sus posaderas pretorianas bien pegadas a la silla curul, lo contemplaba todo con ojos de demencia.

Era imposible entrar en Fregelas.

Por muchos ataques que lanzara, por muchas escalas que coloraran sobre los lienzos, no había forma de expugnar las defensas. Sus legionarios caían por decenas en una inagotable lluvia de dardos, glandes de honda, proyectiles, flechas, piedras, muebles y cuantos objetos pudieran despejar las murallas. Incluso en una ocasión había caído desde los adarves contra un manípulo entero una colosal estatua en mármol de Pericles, matando al instante a toda la compañía legionaria.

Fregelas se defendía con todo.

Y Opimio gritaba cada vez más.

—¡Tomadla! ¡Tomadla u os colgaré a todos de vuestros escrotos enrojecidos! —les pedía con delicadeza y afecto a sus tribunos militares y centuriones, los cuales, naturalmente, asentían y corrían al combate para ascender ellos mismos por los muros y escalas, pero sin éxito. No había forma de poner un pie dentro de Fregelas e incluso algunos creían ver al propio Sexto Pacuvio asomado a las murallas con sus partes al aire para orinar sobre los de abajo.

—¡Arrasadla! —regurgitaba Opimio ya medio ronco al conocer detalles como aquellos. Le era humanamente insoportable.