Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Arrasadla
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Fregelas, primera semana de marzo

Opimio, al frente de sus tropas, elevado sobre un magnífico corcel blanco, salivaba de orgullo.

¡Quién se lo iba a decir!

A comienzos de año había iniciado su pretura. Hasta aquí, todo en orden y según lo esperado.

Su prepotente alegría, en cambio, se había frustrado de plano cuando en el sorteo de pretores había triturado sus molares —de pura rabia— al conocer que no asumiría el mando de ningún gobierno provincial, privándosele de la oportunidad de arrasar alguna miserable tribu celta o lusitana con la que alimentar su fortuna con un cuantioso botín y regresar a Roma cual triunfador lanzado al consulado.

Así las cosas, sumido en una desolación devastadora, había tenido que asumir la pretura urbana y sus tediosas funciones judiciales en las que lo más apasionante iba a ser dictar edictos y enjuiciar conflictos sobre robos de cabras y herencias de casuchas en el campo.

Pero hete aquí que la combinación de la incomprensible rebelión de Fregelas y la ausencia de los cónsules le habían elevado al éxtasis más lujurioso y a la asunción divina de un mando militar, sustituyendo en un visto y no visto las leyes por el gladio; la toga por la capa púrpura.

¡Qué placer!

Y ahora, en lo alto de una colina, escrutando a lo lejos los muros de Fregelas junto al río Liris, todavía retumbaban en sus oídos los aplausos del Senado puesto en pie tras haberle encomendado el mayor de los castigos que podía caer sobre una ciudad: su destrucción para que lo único que creciera sobre sus cimientos fueran hierbecillas asilvestradas.

Con todo, no iba a ser tarea sencilla. Fregelas era una urbe grande de imponentes murallas con torres cada cincuenta pasos. El río Liris la protegía por dos de sus lados, defendiendo los muros en los restantes sectores no menos de cinco mil defensores frente a los doce mil de su ejército pretoriano, número en realidad insuficiente, especialmente cuando por la urgencia en los preparativos no había podido traerse artillería y máquinas de asedio.

Chasqueó la lengua y torció el morro.

—Acerquémonos —expectoró.

Acompañado por sus tribunos militares, recorrió a paso lento todo el perímetro de la ciudad, eso sí, sin dejar de mirar hacia los adarves con la espalda muy recta y gesto de sumo desprecio, imaginando que Sexto Pacuvio lo miraba a su vez. Era lo que más le excitaba, y no porque lo conociera ni fuera alguien relevante en su vida. De hecho, Pacuvio era un ser intrascendente, una cucaracha más de la cocina más insana de los hogares itálicos, pero cabecilla al fin y al cabo de aquel levantamiento, razón más que suficiente para que quisiera cazarlo y meterle un pilum por la boca y otro por el culo, pero muy despacio, sin matarlo, solo con el objeto de proporcionarle el sufrimiento suficiente para que en su triunfo por las calles de Roma caminara mancillado como advertencia para el resto de los aliados. Nadie se reía de Roma ni de su Senado.

Sumido en su ambiciosa inquina, volvió a contraer los labios hasta ponerlos rígidos. Por mucha exhibición de crueldad que pretendiera mostrar, los lienzos eran realmente poderosos, lo que significaba que no iba a ser posible tomar Fregelas con la rapidez requerida, algo que podría animar a otros aliados a imitar la traición de Fregelas.

—Volvamos —siseó contrariado.

De nuevo en lo alto de la colina, bajó del caballo.

—Mi silla curul —ordenó para su mayor gloria.

Tras sentarse en la poltrona del imperio, estiró elegantemente una pierna y dobló la otra. Irguió la cerviz y sacó pecho. Puso cara adusta, apretó los labios, pero solo para sonreír de seguido, dejando enseñar sus caninos en una mueca intencionadamente lasciva.

—Demoled los puentes sobre el río Liris. Nadie saldrá ni vivo ni libre de esa ciudad. Borradla de mi vista —disfrutó al tiempo que sonaban las tubas de combate y avanzaban las líneas.