Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Una ciudad como estandarte
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Una ciudad como estandarte

Fregelas, una semana después

Numitor empujó las enormes puertas de la curia de Fregelas. Pese a hacerlo con fuerza, las hojas se movieron lentas y pesadas, dejando un pequeño hueco por el que coló su espigado cuerpecillo.

La sala se le apareció lóbrega y silenciosa, pero al fondo pudo distinguir un bulto encogido que rumiaba palabras ininteligibles.

Se acercó lo suficiente hasta que Pacuvio, con los codos apoyados en los muslos, retiró sus manos de la cara y lo miró con desgana.

Numitor respiró hondo. Aquel hombre ya no era Pacuvio. No había vanidad ni prepotencia en su rostro, sino simple destrucción y desesperanza, aderezadas con una extraña y rabiosa frustración.

—Pacuvio…

—¿Se ha rebelado alguna ciudad? —le interrumpió, hundiendo su mirada en el suelo.

—Ninguna.

—Nos han dejado solos… ¡nos han traicionado!

Numitor no contestó de inmediato, dejando que los ecos del arrebato de Pacuvio se apagaran lentamente.

—Al final, todas esperaron a ver cómo reaccionaba Roma.

—Y ha reaccionado siendo simplemente ella, Roma —gimoteó Pacuvio, lleno de dolor—. Hace apenas unos días soñaba con morir siendo ciudadano romano, uno más de aquellos que dominan el mundo, y ahora estoy aquí, en esta maldita curia, solo, dando mis últimas bocanadas de aire. Qué ingenuo he sido. ¡Por todos los dioses, qué ingenuo he sido! —reventó, renovando su desgracia.

—Opimio partió de Roma hace dos días al mando de dos legiones. No lleva consigo alas itálicas —informó Numitor.

—Porque va a destruir esta ciudad.

—¡Pues rindámosla antes de que sea tarde! —saltó Numitor con la esperanza de encontrar una salvación—. ¡Hemos luchado con ellos! ¡Nos conocen! ¡Nos perdonarán!

—No.

—¡Pacuvio, esto ya no tiene sentido!

—No.

—¡Es un suicidio! —chilló Numitor, pasando al desgarro.

—No.

—¡Nos vas a sacrificar a todos! —aulló Numitor, provocando esta vez que Pacuvio abandonara su letargo depresivo y que, puesto en pie con una agilidad impropia de sus carnes, lo agarrara del cuello con brutal potencia.

—Pacuvio… —balbució Numitor con la garganta cerrada.

—Vamos a mantener las puertas cerradas —aseveró Pacuvio en un mortífero susurro—. No es ningún sacrificio, porque nosotros ya estamos muertos, ¡todos los estamos! ¡Tú, yo, tus hijos, todos! Pero no ha de ser en vano, porque yo sé que llegará el tiempo en el que toda Italia se levante en armas contra Roma por su prepotencia. ¿Y sabes qué estandarte llevarán entonces los itálicos a la batalla? ¿Lo sabes? El de Fregelas, mi buen Numitor, ¡el de Fregelas! —repitió, exaltado, y lo soltó con un violento empujón.

Numitor se llevó las manos a la garganta, retrocediendo.

—¡Has perdido el juicio!

—Eso solo lo dictaminará la historia. Vete de aquí. —Y se sentó de nuevo hecho un ovillo en una de las bancadas de la curia de Fregelas.