Poco después
—Señor…
La esclava hispana, ya muy veterana en la casa de Flaco, lo llamó de la manera más delicada posible. No era fácil que su amo conciliara el sueño aquellos días. Se mostraba muy inquieto, especialmente desde lo de las cabecitas seccionadas, y no hacía más que trabajar en el discurso previo a la votación de la propuesta de ley que tantos quebraderos de cabeza estaba causando en Roma.
—Señor… —insistió la esclava.
Flaco abrió un ojo.
—Himilce… ¿Qué quieres?
—Dos senadores demandan verle.
Flaco pegó un salto, no por susto, sino por hastío. Sin saber por qué, intuía de qué senadores se trataba.
—¡Júpiter, libérame de esta pesadilla! —protestó, antes de lanzar un largo resoplido.
—¿El amo les atenderá?
—Que me esperen en el tablinum —condescendió, iracundo.
Poco después entraba en su despacho, donde quienes imaginaba, Pompeyo y Opimio, le aguardaban ya sentados en sendas sillas de tijera.
Flaco fue a sentarse a una cátedra, hecho lo cual los escrutó con semblante adusto e infinitas ganas de darles una patada y echarlos a la calle, más si cabe porque lucían unas sonrisitas hirientes de esas que solo merecían un bofetón a mano abierta.
—Ya os los he dicho y os lo reitero —se arrancó aun así con proverbial paciencia—. Por muchas cabezas de caballitos con las que me obsequiéis, no retiraré la rogatio.
—Nosotros no tuvimos nada que ver con eso —espetó Opimio, creyéndose su propia mentira.
Flaco, atónito, no quiso entrar en el debate.
—No retiraré la ley —se limitó a negar de nuevo.
—¡Oh, claro que lo harás! —entró en liza Pompeyo con un tonillo de lo más irónico, provocando que Flaco ladeara la cabeza, muy serio, pero sin abrir la boca, lo que al pelirrojo le permitió continuar—: Y te voy a dar buenas razones para ello, mi buen cónsul. La primera —se apresuró a listar—, porque ayer Fregelas se rebeló contra Roma. Ha expulsado a las autoridades romanas y ha declarado su propia res publica en tanto no se le conceda la ciudadanía. ¿Qué te parece?
Flaco, completamente emboscado, deseando en realidad abrir la boca por la estupefacción, no reaccionó.
Pompeyo, eufórico, prosiguió:
—La segunda razón para que retires la propuesta es obvia, pues el levantamiento es solo culpa tuya. Bueno, tuya y de Cayo —matizó con regodeo—. Por supuesto, vosotros dos sois los instigadores de la revuelta, y así vamos a denunciarlo públicamente. ¿Crees que el pueblo lo creerá? ¡Sin duda es de lo más plausible!
Flaco seguía hierático, incapaz de parpadear.
Pompeyo no paraba.
—Y la tercera razón, mi buen cónsul —reiteró en su burla—, es simple y llanamente la generosidad del Senado. Sí, has oído bien, nuestra generosidad —insistió al ver que a Flaco le empezaba a temblar un párpado—, porque tu deber ineludible como cónsul en Roma no sería otro que tomar el mando del ejército y aplacar la revuelta. ¿Te lo imaginas? ¡Tú aplastando a aquellos que querías proteger! —dijo, y lanzó una grotesca carcajada.
Flaco continuaba inerte.
—Pero, ¡oh, sorpresa! —celebró Pompeyo al parar de reír—, resulta que hoy hemos tenido conocimiento de que Massilia,42 una de nuestras mejores ciudades aliadas, nos ha pedido ayuda tras ser atacada por los saluvios, esas bestias medio galas y ligures que merecen sin duda que el cónsul Flaco encabece las tropas, marche de Roma de inmediato sin hacer votar su ley y ponga en orden aquellas salvajes tierras. Incluso tal vez merezcas un triunfo por ello… —Pompeyo dejó la frase en suspenso, con fingido rictus reflexivo, hasta que sonrió de pronto y clavó sus ojillos en Flaco—. ¿O prefieres rendir Fregelas? Te damos la opción de elegir. Tú decides.
Flaco, sintiendo que su cicatriz palpitaba furiosa, se limitó a ponerse en pie y caminar hasta la salida del tablinum. Antes de marcharse detuvo sus pasos y volteó parcialmente la cabeza.
—¿Qué haréis con Fregelas?
—Arrasarla hasta sus cimientos, por supuesto —rio Pompeyo.
—¿Y quién lo hará? —preguntó Flaco, temiendo la respuesta. Su colega consular no estaba en Roma.
Pompeyo sonrió de oreja a oreja.
—Alguien que está en esta sala, y no somos ni tú ni yo —anunció con indisimulado sarcasmo.
Flaco no pudo evitar ponerse de todos los colores. Aquello era una calamidad indescriptible.
—Salid de mi casa —farfulló, apretando la mandíbula con tal tensión que bien podía arenar sus molares.
Pero Pompeyo no había terminado en su diversión.
—Nos iremos si nos dices una sola cosa más. ¿Cuál fue el acuerdo con Pacuvio? Porque no me cabe la menor duda de que algo le pediste a cambio a ese animal itálico —dijo con enorme lascivia, encontrando únicamente el silencio de Flaco. Y Pompeyo sabía interpretarlo a las mil maravillas—. ¡Le pediste que renunciaran a su oposición a la ley agraria! ¡Eso le pediste! —eructó en una tremenda carcajada—. ¡Hemos cazado dos pajarillos a la vez! —persistió en su bufonada—. ¡Opimio, vamos a acabar con la ciudadanía y con la ley agraria al mismo tiempo! ¡Por Venus, estoy convulsionando de placer!
—Salid de mi casa —martilleó Flaco, y se perdió en la oscuridad de su domus en una noche tan negra como su alma, dejando atrás las risotadas de Pompeyo y Opimio.