El regalo de los dioses
Roma, un día antes de la votación
—Señor…
El esclavo dudó si llamarlo o no nuevamente. Era noche cerrada y su señor roncaba como un hipopótamo. En verdad que nunca había visto ninguna de aquellas bestias, pero sí representaciones en tablillas cartaginesas de las que deducía que aquellos animalotes debían de emitir feroces sonidos como los que hacía en aquel preciso instante Pompeyo.
—Señor…
Pompeyo dejó de roncar, pero no de ronronear.
—Señor…
Su amo comenzó a gruñir. El esclavo dio un paso atrás.
—Señor… —insistió temerariamente.
Fue suficiente. Pompeyo elevó su tronco en un movimiento letal.
—¡Sirio despreciable! ¡Deja de atormentarme! —le abroncó.
—Es que…
—¡Es que qué!
—En el atrio espera Lucio Opimio.
—¿A estas horas de la noche? —chilló Pompeyo enfurecido.
—Ha dicho que es importante… Que Fregelas se ha sublevado…
—¿Cómo? —gritó Pompeyo, y pegó un brinco.
—Es lo que ha dicho…
—¡Aparta, idiota! —farfulló Pompeyo, quitándose de encima de un manotazo al esclavo y corriendo hasta el atrio.
—¡Cuéntame! —apremió a Opimio en cuanto lo tuvo a tiro.
Este, que descansaba tranquilamente pero con semblante triunfal en una columnilla del atrio, sonrió como muestra de placer asesino.
—La ayuda de los dioses nos has sido dada a través del imbécil de Sexto Pacuvio —siseó lujurioso.
—Entonces, ¿es verdad? ¿Fregelas se ha sublevado?
—Lo es.
A Pompeyo se le iluminaron los ojillos.
—¡Rápido, a casa de Flaco! ¡Cuéntame los detalles por el camino!
—Pompeyo… —rumió Opimio, señalándole con gesto divertido—, tal vez deberías respetar la dignidad de un censorio.
Pompeyo, que ya estaba con un pie en la calle, se miró a sí mismo, vestido como estaba con una simple túnica corta y con sus piernecillas blanquecinas al aire.
—¡Sirio estúpido, tráeme la toga!
Poco después, Pompeyo y Opimio quemaban el suelo bajo sus pies en busca de la domus de Flaco, muy cerca de allí.
—¡Gracias, Pacuvio! —aulló Pompeyo en la noche en estado orgiástico—. ¡Nos serviste para acabar con la ley agraria y no has servido para fulminar la propuesta de ciudadanía! ¡Me parto de risa! —añadió exultante mientras Opimio lo acompañaba con mirada enloquecida al frente, imaginando el destino último de Pacuvio y de Fregelas.