Levantamiento
Fregelas, tres días antes de la votación
Pacuvio, altivamente absorto, miraba desde la presidencia las baldosas marmóreas del suelo de la curia de Fregelas. Las habían colocado hacía pocos días y brillaban grandiosas, recordando a todos que la ciudad ya no era una simple colonia latina de los tiempos de la expansión romana en territorio campano, sino una pequeña Roma en sí misma, floreciente, bella y civilizada. Allí ya nadie se sentía latino o itálico. Allí todos nacían ya romanos de los pies a la cabeza.
Levantó la mirada. No solo los fregelanos ansiaban succionar las tetillas de la loba capitolina y saborear la leche de Rómulo y Remo. Porque la convocatoria era un nuevo éxito. En las bancadas laterales de la curia decenas de pares de ojos de los notables de numerosas ciudades latinas y de comunidades itálicas de los marsos, los samnitas o los lucanos esperaban que hablase. Iba a ser breve, porque breves eran las arengas de la pasión. Y él, por descontado, era el hombre ideal para aquella tarea encomendada por los mismísimos dioses. ¿Quién si no?
Se puso en pie e inicio su particular filípica.
—Amigos todos —retumbó, pomposo—, ha llegado el día de que dobleguemos la terquedad insultante del Senado. Porque todos sabemos que los senadores se niegan rotundamente a darnos lo que ya debería ser nuestro por mucha tenacidad que demuestre el cónsul Flaco, pálido este cuando a los pies de su propia casa le dejan en la cobardía de la noche sendas cabezas de caballo en atención a él mismo y a su hijo. Sí, también amenazan a su hijo, ¿es que no lo sabíais? —interpeló provocativo al ver las caras de sorpresa y escuchar los murmullos de indignación.
Cuando se hizo el silencio de nuevo, continuó:
—¿Y sabéis qué creo yo? ¿Lo sabéis, amigos míos? —declamó, elevando la voz al tiempo que caminaba hasta colocarse en medio de las bancadas—. ¿Aún no lo sabéis? —insistió, y arqueó hacia abajo las comisuras de sus labios hasta que, de pronto, explotó cual fumarola de los Campos Flégreos—: ¡Lo que yo pienso es que nunca nos darán la ciudadanía si no alzamos nuestras voces! —bramó, venido arriba—. ¡Nos seguirán humillando una y otra vez y nos dejaran en nuestras casas cabezas sangrientas si lo ven oportuno! ¡Eso es el Senado de Roma, una asamblea de asesinos! ¡Por ello solo nos dejan una opción! ¡Una sola para que no nos ahoguemos en la humillación y atiendan lo que es justo! ¡Esa opción es evidente! ¡Levantémonos como un único muro de escudos y pila! ¡De este modo yo os digo que ellos cederán! ¡Yo os prometo que si todos os rebeláis por esta causa tan justa, ellos no podrán detener nuestro deseo!
—¿Te has vuelto loco? —le increpó como una centella alguien sumergido en los graderíos—. ¿Hablas de levantarnos en armas contra Roma?
Pacuvio se giró como una fiera, buscando al deslenguado.
—¿Loco yo? —rio ofensivo al no encontrarlo—. ¡Loco es el que cree que Flaco sacará adelante la rogatio! ¡Fabios, Cornelios, Sulpicios Galbas, Hostilios, Valerios, Julios Césares, Livios, Cecilios, Junios o Postumios! ¿Os suenan estas familias? —canturreó enardecido—. ¡Son el corazón del Senado, y todas ellas, todas, van a votar en contra! ¡No seáis pusilánimes! ¡Así como los plebeyos de Roma tuvieron que levantarse en innumerables ocasiones para igualar sus derechos a los patricios, nosotros debemos hacer lo mismo! ¡Un cónsul nos apoya! ¡Levantémonos! ¡Separémonos de Roma, pero solo para volver como romanos! ¡No son necesarias las armas! ¡Solo gritar que no les obedeceremos hasta que nos den lo que es nuestro!
—¡Tiene razón! —gritó de pronto el representante de Beneventum.
—¡Venusia lo hará! —aulló otro.
—¡Y Praeneste!
—¡Y Lucera!
—¡Sessa también!
—¡Y los samnitas!
Y así sucesivamente, en un oleaje embravecido en el que ya no podían distinguirse las ciudades y comunidades sublevadas.
Pacuvio, en medio del canto coral, elevó los brazos como un augur poseído por la voz de los dioses mientras no dejaba de rotar sobre su propio eje con una sonrisa de gigantesca prepotencia.
—¡Roma cederá! ¡Dentro de pocos días seremos ciudadanos romanos! —profetizó en un éxtasis colectivo—. ¡Cerremos nuestras puertas! ¡Expulsemos a los ciudadanos romanos de nuestras casas y ciudades! ¡Cantemos por nuestra victoria! —celebró sin dejar de girar como una peonza con toga, lo que no impidió que en una de las vueltas viera a Numitor en una esquina de la curia cabeceando como un buey y con una mano tapándose la cara. ¡Por todos los dioses, qué mojigato era!