Al amanecer
Flaco cruzó su casa de lado a lado con grandes pasos y se plantó en el portón de la entrada, deteniéndose en el escalón que lo elevaba sobre el pavimento de la calle. Cuatro esclavos completamente pálidos se apresuraron a señalarle lo que había en el suelo, algo que, en cualquier caso, saltaba a la vista, dos cabezas seccionadas de caballo, una de adulto y otra de un potrillo, sobre un enorme charco de sangre.
Flaco inspiró profundamente y se llevó las manos a la cara. Sobre la cabeza grande había clavado un grueso pergamino en el que podía leerse: «Marco Fulvio Flaco». En la cabeza del potrillo, otro pergamino en el que se leía: «Marco Fulvio Flaco hijo».
Flaco volvió a respirar con fuerza y miró a lo alto, al cielo de Roma, anaranjado en el alba.
—Señor… —oyó que le decía un esclavo—. ¿Qué hacemos?
Flaco volvió a llevarse las manos a la cara, pero esta vez para frotársela con ahínco. Después, no tuvo duda.
—Llevad una a la casa de Pompeyo y dejadla frente a su puerta. La otra tiradla contra la puerta de la casa de Opimio —ordenó.
—¿Y cuál les dejamos? ¿La grande o la pequeña?
—Me es indiferente —porfió en un letal susurro, y se adentró en su domus apretando los dientes.