Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Regalos de sangre
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Regalos de sangre

Roma, cuatro días antes de la votación

Quinto Atilio se rascó con fuerza uno de sus enormes pabellones auditivos y después se metió el dedo meñique en la oreja. Hurgó repetidamente, extrajo después el dedo y se miró la yema, pero solo para acabar chasqueando la lengua. En mitad de la noche de Roma no se veía absolutamente nada.

—¡Eh, tú, excremento social, acerca la antorcha! —le dijo de malas maneras a uno de sus esbirros, tomando ya como si fuese suyo el cariñoso nombre con el que los llamaba su señor Lucio Opimio.

El excrementillo social, un personaje con el labio cortado al que le faltaba una oreja y tres dedos, acercó la llamita, momento en el que Atilio pudo ver para su deleite que en la punta de su dedo meñique un enorme pedazo de cera producto de sus oídos lo llamaba a gritos. Con una enorme sonrisa se metió el dedo a la boca y lo chupó relamiéndose.

—Ahora sí —dijo satisfecho—. Vamos —ordenó.

Su pequeño grupo de sicarios, tres hombres contándole a él mismo, uno rubio, otro moreno y otro pelirrojo, se puso en movimiento, surcando de esquina en esquina las oscuras calles altas del Palatino, arrasadas en la soledad, el silencio y la negrura completa.

Avanzaban con el sigilo de las ratas nocturnas, las mismas que fueron encontrando por el camino y que, con ojos brillantes a la luz de las antorchas, se les ponían a dos patas chillando histéricas. Atilio no tenía corazón, no desde luego para las ratas, a las que iba dando magníficas patadas, riendo después orgulloso al verlas volar en hipnótica parábola.

Por fin llegaron a su destino. Miró a todas partes. No había nadie, y si lo hubiera lo acuchillarían. Miró a uno de sus hombres, al rubio.

—Déjalas aquí, a los pies del portón —le susurró.

—¡Ya era hora! ¡Pesan más que mis huevos! —protestó el rubio.

—Y que tus sesos. Que las dejes —repitió Atilio.

—¡Esto apesta! —bufó el rubio.

—Que las dejes.

El rubio, que traía un voluminoso saco a su espalda, se lo quitó de encima con esfuerzo y dejó caer pesadamente su contenido.

—Pinchadles los carteles —exigió Atilio a continuación.

Así lo hicieron el rubio y el pelirrojo.

—¿Nos vamos ya? —protestó el pelirrojo.

Atilio, que sujetaba ahora la tea, la acercó a los bultos. Les dio unas pequeñas pataditas para colocarlos mejor y sonrió. El trabajo estaba bien hecho. Su señor quedaría complacido.

—Nos vamos —Y se perdieron en la noche de Roma. Ya ni las ratas salieron a despedirlos en su nuevo callejeo.